Pascual García (pasgarcia62@gmail.com)

El paisaje mediterráneo del Castillo estaba formado, en su base, por cambrones y cardonchas, sobre todo en verano, cuando el estiaje secaba las boteas y la hierba en general y la tierra parecía erizada por un lamento de sed inabarcable. Como los cambrones suelen aparecer en mi obra, alguna vez me han preguntado por su naturaleza: Arbusto de hasta dos metros de altura, con tallos glabros (sin pelos), en ocasiones algo glandulosos cuando jóvenes, muy ramificados e intricados, de extremo muy agudo, acabados en espinas rígidas; esta es la definición que encuentro en la Wikipedia, aunque buena parte de nuestra infancia la pasamos transitando por el laberinto de su ramaje y las cavernas que formaban de un modo caprichoso en los terraplenes y los ribazos de aquella tierra de aluvión sobre la que ahora se levantan magníficos y altivos pinos plantados hace más de treinta años en el territorio de Las Torres.


Pero los cambrones eran nuestros lugares preferidos para escondernos y las cardonchas liberaban sus vilanos en pleno julio y agosto, y nosotros soplábamos aquellas sutilezas y recogíamos las semillas por puro gusto, por llevarlas en el bolsillo y dejarlas caer en cualquier parte, como un botín especial de aquel espacio esquilmado por la pobreza.
Recuerdo el paisaje reseco del verano, el calor y las avispas merodeando peligrosamente entre los cardos borriqueros y nuestro empeño cerril en no dormir la siesta y permanecer bajo el sol despiadado del verano la mayor parte de la tarde, subiendo y bajando por las cuestas de aquel barrio enhiesto y accidentado, buscando entre los desperdicios, atentos a cualquier novedad o cazando mariposas que siempre acabábamos por liberar, mientras una generosa flotilla de aviones, vencejos y golondrinas cruzaba el aire sobre nuestras cabezas, limpiaba la atmósfera de insectos y nos llenaba la tarde de una música evocadora que nunca más olvidaríamos.
Los cambrones y las cardonchas eran el emblema de una tierra muy humilde, en la que apenas arraigaba nada de provecho, aunque a veces mostraba la belleza recóndita e inesperada de sus flores más recatadas con una ternura exclusiva y emocionante.
Era tan bello un cardo coronado por aquellos pomos violáceos, que el viento de la tarde despojaba e iba esparciéndolos con la magia de la casualidad, en tanto nosotros ayudábamos también a la polinización, mientras tirábamos con suavidad de la seda de los vilanos y diseminábamos su grano en la tierra recalentada de agosto.
Eran días y tardes interminables en el desierto escolar del verano y nosotros no teníamos actividades extraescolares, porque por aquellos años no había nada de esto; así que nos reuníamos en Las Torres a cualquier hora del día y matábamos el tiempo de cualquier modo, mientras oteábamos un horizonte de cipreses más allá de las cañadas junto a las tumbas de un cementerio recoleto y habitual.
Los cambrones se convertían a veces en habitáculos arbitrarios, casi por debajo de la tierra, donde fundábamos territorios fabulosos para jugar durante días, apostados entre su ramaje áspero y protector, mientras que las cardonchas eran el símbolo de una estética, retorcida e infértil, que otorgaban la nota colorida y fastuosa de un barrio acostumbrado a la sobriedad y a la escasez.
Resultaba curioso ver las altas y profusas plantas erizadas de espinas y omnipresentes en el paisaje de la tarde y los sarmientos ovillados y ocres emergiendo de los ribazos y sujetando la tierra contra la erosión del agua violenta de las tormentas y el efecto devastador de nuestras correrías y de nuestros saltos.
Eran, en el fondo, el signo explícito de una forma de vida menesterosa y estoica, decidida a resistir todas las penalidades del mundo.
Aquellos cardos y aquellos cambrones poblaron el jardín desamparado de mi infancia y le otorgaron, sin duda, su carácter y su firmeza.