JOSÉ ANTONIO MELGARES/CRONISTA OFICIAL DE LA REGIÓN DE MURCIA

Como es sabido, el 8 de diciembre de 1854, el papa Pío IX proclamó el Dogma de la Inmaculada Concepción de la Virgen María, sin embargo aquella proclamación no fue algo improvisado ni precipitado, sino el fruto de un largo proceso de siglos, en cuya defensa los frailes franciscanos tuvieron un papel muy importante.

En 1618 fue nombrado obispo de Cartagena el franciscano Antonio Trejo, paladín de la defensa de dicho dogma, quien fue enviado poco después de su toma de posesión a Roma, por el rey Felipe III, para ofrecer al Papa la adhesión española al proyecto, ya largos años acariciado por la Iglesia Católica. A su regreso construyó, a su costa, el retablo en mármoles polícromos del trascoro de la Catedral de Murcia, dedicado precisamente a la Inmaculada, para el que trajo desde Madrid la imagen que aún hoy se conserva en el lugar designado por el citado obispo.

En 1624 visitó Caravaca, se postró ante la Vera Cruz y se interesó por las obras de construcción del nuevo santuario, comenzado siete años antes. Su visita, sin embargo, la aprovechó para obtener de la Clerecía local y también del Concejo, la jura del Dogma, es decir: el compromiso solemne, y por escrito, de la sociedad local representada por los clérigos y los regidores (o concejales que ahora diríamos).

En efecto, el día 3 de noviembre de dicho año 1624, hechas las oportunas diligencias, y consensuados los términos del acto a celebrar, se reunió en la iglesia de la Concepción, primero con toda la clerecía local, y después con los representantes del pueblo en el Ayuntamiento; y en acto público y solemne, les pidió juramento de “defender, leer, predicar y enseñar pública y particularmente, que la Virgen Santa María, Madre de Dios, fue inmaculada y bendita entre todas las mujeres, siendo preservada, por singular privilegio divino, de la mancha del pecado original”. Lo jurado se elevó a la categoría de “ley estatuto que valga y tenga fuerza para siempre. Y que en ningún tiempo sea contratado para cargo eclesiástico en capellanías u oficios, quien en adelante no hiciere el dicho juramento”. La promesa la hicieron todos ellos postrados ante una imagen de la Virgen María, y el texto del juramento se colgó en los muros del templo, donde imagino perviviría durante años. Actuaron como testigos (como era preceptivo siempre que se celebraba un documento público), Juan Navarro Arbizú, Juan Caja de Mora y Juan Musso Muñoz. Los clérigos caravaqueños que participaron en el juramento fueron los licenciados Cristóbal Juárez, teniente de Vicario, en nombre del Vicario Santiaguista titular Alonso Pizarro Navarro. Juan de Robusanes (vicario episcopal), Diego Rodríguez, Andrés del Puerto, Ginés Caparrós, Ginés de Morales, Diego de Reina, Juan Flores, Domingo de Salcedo, Jerónimo Marín de Robles, Ginés Miravete Marín, Gonzalo Torrecilla, Francisco Álvarez, Francisco de Herrera y Diego de Robles, todos ellos presbíteros residentes en la ciudad y el campo.

A continuación, en el mismo lugar, y ante el mismo prelado, hicieron similar juramento los regidores, o concejales, encabezados por el gobernador local Gaspar de Salcedo, el capitán Diego Muñoz Girón, Pedro Jiménez, Miguel del Amor, Fernando de Monreal, Juan Muñoz de Robles, Diego Godínez y Jacome Bracamonte. El Procurador Síndico General Sebastián Torrecilla y el alguacil Pedro González de Mendoza.

La fórmula del juramento de los munícipes varió poco respecto de la de los clérigos. Dicen corporativamente hacerlo en nombre de la villa a la que representan, en nombre de la cual…”Hacemos ley y estatuto que valga y tenga fuerza para siempre; y en ningún tiempo sea admitido en nuestro Ayuntamiento ningún señor gobernador, alcalde mayor, regidor, jurado, escribano, alguacil o cualquier otro cargo que no hiciere el mismo juramento”.También hicieron su promesa los representantes del poder civil arrodillados ante una imagen de la Virgen, y también el texto de la misma, firmado por todos ellos, se colgó en los muros del templo no sabemos por cuanto tiempo. Actuaron como testigos los mismos tres señores que lo hicieron con los clérigos y actuó de notario Antonio Salmerón de Morales.

El Obispo no hizo sino repetir en Caravaca lo que ya venía haciendo en la capital y resto de los pueblos de la Diócesis de Cartagena desde la celebración de un sínodo diocesano celebrado en Murcia el 28 de mayo del año anterior, en el que se decidió seguir en la línea marcada por el ya fallecido rey Felipe III y su hijo, felizmente reinante Felipe IV de Austria, ambos muy devotos y fervientes defensores del Dogma de la Inmaculada, para cuya proclamación aún faltaban casi doscientos cincuenta años.

La fiesta de la Inmaculada Concepción, hoy un tanto devaluada en Caravaca, fue una de las más importantes del calendario litúrgico local, siempre celebrada en la iglesia del hospital de su nombre hoy parroquia de la Glorieta, organizada por una poderosa cofradía que en su día encargó el retablo mayor a Blas y José Sáez, y la escultura de su titular a Francisco Fernández Caro en 1792 (en sustitución de otra más antigua desaparecida), la cual fue restaurada en 1882 constituyendo una de las piezas más valiosas, desde el punto de vista artístico, del conjunto monumental de Caravaca, ante la que rezaron nuestros padres y abuelos, y en torno a la que se celebró su fiesta principal cada 8 de diciembre, como ahora se sigue haciendo aunque de manera más austera que otrora se hizo.