José Antonio Melgares Guerrero/Cronista Oficial de Caravaca y de la Vera Cruz.
El diccionario de la Real Academia Española define la palabra zahorí como la persona a quien el vulgo atribuye la facultad de ver lo que estCon su hija y el Dr. Guerreroá oculto, aunque sea debajo de la tierra. Este es el caso de José María Sánchez Marín, conocido popular y cariñosamente en Archivel como el Caracas, porque de adolescente compró un cerdo a un vendedor de ganado de origen desconocido que respondía al mote de El Tío Caracas.
Caracas nació a mediados de septiembre de 1920 en el Campo de Arriba de Archivel, transcurriendo sus primeros años en la Casa del Cano donde sus padres José Sánchez López (el Cano) y Juana María Marín Díaz eran labradores del tío Bartolo Castillo.
Sin formación escolar alguna hizo el servicio militar en el regimiento de caballería de Bétera (Valencia) donde demostró su habilidad en el tiro y donde descubrió sus facultades como zahorí al profundizar, junto a otros, en la construcción de un pozo cuyas aguas regaban una huerta en cuyo cultivo se empleaban los soldados sin servicio de armas.
Aunque su actividad laboral siempre estuvo vinculada a la agricultura, la apicultura y la ganadería como encargado del propietario Manuel Hervás Martínez en su finca de San Javier, también tuvo su propia experiencia como emigrante, trabajando varios años en Francia en la fábrica de conservas vegetales que su patrón Jean Pelissier regentaba en Valreas, Departamento 84, comercializando los productos como Conserves Alimentaires Pelissier. Así mimo se empleó en la vendimia y en la recolección de aceituna en el país galo.
Instalado de nuevo en el barrio archivelero de Noguericas, comenzó su actividad como zahorí haciendo un pozo en la ya mencionada finca de S. Javier, para su propietario y exalcalde de Caravaca Manuel Hervás, del que obtuvo 14 litros por segundo, y otro en tierras de su propiedad al que obtuvo 75 litros. Su habilidad como zahorí le proporcionó nuevos encargos en la finca de Fuente Álamo y junto al Cerro de las Palomas, en el cortijo de El Palomar, para José Albarracín, el Mecánico. Con posterioridad hizo otro en el barrio de Las Casicas, trabajando unas veces en colaboración con otro conocido zahorí de apellido Pinares y otras en solitario.
A sus más de noventa años y con serios problemas de audición, el Caracas afirma que tras el Diluvio Universal, las baldomeras del mismo se constituyeron en montañas. Su experiencia le dice que hay que buscar el agua en las faldas de los montes, en sitios donde hay losa de piedra caliza, huyendo de los de piedra viva, que ocultan menos agua. Donde hay piedra hay agua, afirma con rotundidad. La profundidad se comprueba sobre la marcha, habiendo sitios a donde es más fácil llegar que otros.
Aunque no siempre utilizó la vara verde y el péndulo como herramientas de trabajo, sí que se valió de ellas en muchas ocasiones. En el primer caso, al coger la vara por los extremos de la misma sentía una vibración mayor al aproximarse a un lugar por donde discurría una corriente de agua subterránea, vibración que desminuía en intensidad al alejarse del acuífero. La utilización del péndulo la aprendió en un libro con que le obsequió la esposa del propietario agrícola Diego Jiménez Girón, al que acompañaba un péndulo. La técnica del péndulo es así mismo sencilla. Se ase la cadena de la que pende con dos dedos. El péndulo debe caer a plomo. Al llegar al sitio deseado, el péndulo se adelanta y va señalando el camino, deteniéndose al llegar. Si te pasas se vuelve, afirma Caracas. El péndulo en cuestión sirvió a nuestro hombre para sacar agua en cantidad considerable en la Cañada de los Domingos, en finca entre Archivel y El Roblecillo.
Elegido el lugar, el trabajo de excavación es diferente si se trata de un pozo artesiano o no. En ambos casos se trabajaba golpeando una gran barrena, con la ayuda imprescindible de el líquido (seguramente ácido sulfúrico que facilitaba una empresa química de Valencia) que se encargaba de disolver la caliza y que proporcionaba, en cubas, Antonio Trigueros, de aquella ciudad.
El pozo artesiano facilitaba la obtención del agua por presión, como se sabe; mientras que la fabricación de un pozo normal ofrecía mayor dificultad pues había que ir profundizando y cimbrando la pared simultáneamente. La excavación se hacía ablandando la tierra con agua, disolviendo la piedra con líquido y golpes de barrena, utilizando a veces dinamita y bajando y subiendo al nivel de excavación mediante escalas de cuerda.
El trabajo del zahorí consistía en indicar el lugar idóneo para encontrar el agua, y el de pocero en construir el pozo; pero uno y otro oficio se unían en Pinares y El Caracas, quienes no presupuestaban previamente la obra, sino que trabajaban a jornal, invirtiendo el tiempo que fuera necesario hasta encontrar el agua, la cual se encontraba siempre, variando en cambio la profundidad y la cantidad, no siendo a veces la cantidad obtenida suficiente para su explotación.
El Caracas afirma que aquel era un trabajo arriesgado, para el que era preciso no tener miedo y contar con gran fortaleza física. Con el tiempo, las cosas cambiaron. Se ayudaron de motor para achicar el agua y el barro, lo que antes se hacía con cubos y cuerda desde el exterior. Se utilizaron barrenas mecánicas para horadar la piedra, y el viejo sistema de cordelería se sustituyó por maquinaria como la que recientemente ha trabajado en Topares. Sin embargo, el conocimiento de la zona y la habilidad innata son ingredientes imprescindibles que ha de manejar el zahorí, al margen de otros conocimientos científicos actuales, los cuales no siempre son precisos y también se equivocan.
En el otoño de la vida, José María, El Caracas, habla con seguridad y precisión de su oficio. Recuerda los consejos del ingeniero D. Miguel Mata durante sus estancias estivales en su finca de La Fundación y, hasta hace pocos años, aconsejó a quienes lo requerían por su experiencia, para pinchar la tierra en busca de aguas subterráneas. Recuerda, también, el jornal inicial de cinco duros diarios por el que trabajaba, con el que hizo el capital suficiente para colocar a sus hijos al frente de un restaurante en Mallorca; y aguarda, con sonrisa franca y manos abiertas, la salida del sol que cada día le devuelve, en su casa de Las Noguericas, recuerdos, vivencias y experiencias aparcadas en la alacena de la vida. Entre ellos el de su mujer Antonia Pérez Sánchez, con quien contrajo matrimonio en 1945 y con quien trajo al mundo seis hijos: Encarnación, Juana, José, Ascensión, Juan y Antonia.