Pascual García (garciapascual@hotmail)

Cara al sol y con las camisas usadas de ir a la escuela, jugar en la calle y trabajar en la huerta con nuestro padre pasábamos algunas tardes de invierno los muchachos del Castillo, contándonos historias, que en algo se parecían a aquellas aventis de los personajes de la novela de Juan Marsé “Si te dicen que caí”, porque también con ellos compartíamos un pasado ruinoso, un presente de carencias y un destino de incertidumbres, pero como ellos recurríamos a la imaginación para sobrellevar la monotonía de las jornadas. En la sombra hacía el frío de las suyas, porque hasta muy entrada la primavera, casi en verano, el clima de Moratalla era continental y montuno, arisco y gélido. También las mujeres pasaban las tardes enteras en Las Torres, sentadas en pequeñas sillas de anea, que ellas mismas traían de sus casas, frente a la vista espléndida de la sierra de El Cerezo y la más fúnebre del cementerio, mientras se afanaban en sus costuras habituales y hablaban sin parar de todo lo humano y lo divino. Y el tiempo se paraba, o eso parecía, al menos.

En los inviernos rigurosos de aquellos días buscábamos las baldosas, los escalones y los poyos bendecidos por el sol efímero de las últimas horas del día. Como animales en busca del calor necesario para que la vida circulara por nuestras venas, nos reuníamos en torno a los juegos que nos obligaban a saltar, a correr y, de paso, íbamos calentándonos de un modo paulatino hasta que el anochecer nos dispersaba en busca del bocadillo de la merienda.

Aunque en los meses del verano nos azotaban alguna vez esos aires ardientes del desierto, las noches eran frescas y los vecinos salían a la calle a disfrutar de la fiesta gratuita del buen tiempo, de la alegría de las trasnochadas tibias. Los hombres madrugaban para ir al tajo y volvían a casa a media mañana, sudorosos y estragados por el esfuerzo de la faena. Después de comer, tomaban la siesta en la penumbra agradable de los dormitorios, cuyas viejas paredes de adobe aislaban la casa de la intemperie del clima.

En general, evitábamos el sol y soportábamos de mejor grado el frío, aunque en invierno buscáramos los rincones cálidos donde más tarde llegaba el atardecer y apurábamos los últimos minutos, mientras el viento cerril del Norte nos vapuleaba sin misericordia. Donde yo nací, siempre soplaba el viento. Por eso, nos resultaba sencillo volar las cometas y las mujeres tendían la ropa con la certeza de que se secaría en el trance de su charla vespertina, aunque ya era casi de noche cuando recogían las costuras y las sábanas tendidas  y se marchaban a casa con la silla que habían traído.

Hacía frío, sin duda, pero vivíamos cara al sol, cada cual con la camisa que su madre le había comprado, sin bordados rojos y sin deseo alguno de que la muerte nos hallara pronto. Aunque habíamos cantado el himno falangista alguna vez en la terraza del Grupo Escolar Juana Rodríguez en los viejos tiempos de don Miguel, nunca entendimos del todo aquella cursilada heroica: Formaré junto a mis compañeros/ que hacen guardia bajo los luceros ni otras zarandajas seudopoéticas de este jaez. Seguramente todos los himnos son falsos y pretenciosos, pero algunos encierran el germen del mal, porque nada bueno vaticinaban las últimas palabras de aquella letra: Arriba escuadras a vencer/ que en España empieza a amanecer. Aún tardaría algunos años en venir el alba definitiva a nuestro país sin necesidad de escuadras, batallones o regimientos, pero en las Torres las mujeres han persistido hasta hoy cara al sol, sentadas en sus sillas de anea, frente a la sierra, que terminó quemándose, por cierto, un día de mala suerte, y las muchachas continúan saltando a la comba en alguna calle angosta o en un patio festoneado de macetas con sus faldas plisadas y sus camisas blancas, mientras que nosotros, despeinados y sucios, chutamos con furia una pelota de plástico en un simulacro de fútbol y en un callejón empinado, que es todo cuanto tenemos y aún nos basta.

Acaece la noche y hace frío incluso para nosotros, los más aguerridos, los que nunca gastamos chaquetones ni gabardinas ni trencas ni guantes, sino que nos las arreglamos con los recios jerséis de pura lana que nuestras madres nos tejen en las tardes de invierno, sentadas cara al sol, hasta que llega la hora de la merienda y nos llaman a voces, mientras se va diluyendo la última luz de la tarde y sucede, de repente, la noche.