C.G.R.

Caperucita Química se despertó una estupenda mañana de un sábado cualquiera, cuando notó un agradable olor. No todas las mañanas se despertaba y notaba aquel olor tan satisfactorio. Bajó a la cocina y se encontró a su madre preparando un bizcocho de flúor, estroncio y níquel con pepitas de calcio.

Comprendió que era para su abuelita, Marie Curie, la cual estaba enferma y padecía un constipado de dióxido de carbono. Su madre le colgó la cesta al brazo y Caperucita Química emprendió su viaje para llegar a casa de su abuelita y entregarle el delicioso manjar que su madre había preparado.

Cerró la puerta de su casa, no sin haberse despedido antes de su madre. Ya divisaba el bosque de probetas, tubos de ensayo y matraces aforados, el cual debía atravesar para llegar a la colina en la que descansaba su abuelita. Estaba nerviosa porque en el periódico habían estado comentando que una especie de ser misterioso había emergido de uno de los experimentos fallidos de un químico importante de Austria y se había introducido en ese bosque.

Se adentró en éste temiendo que se le apareciera dicho ser misterioso. En el camino vió hierro, francio, rubidio y más elementos de la tabla periódica. Había probetas enormes, matraces e incluso llego a ver un vaso de precipitado. Parecía que su paso por el bosque no iba a ser perturbado, hasta que, desde un árbol, una masa viscosa le cortó el paso. Era rosa, azul y amarilla, como si fueran colores pastel. El monstruo empezó a hablar en una lengua extraña que Caperucita Química no conocía. Estaba muy asustada y salió corriendo hacia la casa de su abuelita mientras que el monstruo no miraba.

Subió la pequeña colina de carbono y se plantó delante de la puerta de su abuela, la cual estaba hecha de magnesio, litio y cinc. La abrió y se encontró a su pobre abuelita tendida en la cama dándole la bienvenida. Caperucita Química le entregó la cesta con el bizcocho de flúor, estroncio y níquel con pepitas de calcio y Marie Curie se enorgulleció de su nieta por ser tan valiente de atravesar el bosque con aquella masa suelta. Las dos se sentaron en la cama y Caperucita le contó todo lo que había pasado mientras se comían el bizcocho.