GLORIA LÓPEZ CORBALÁN
La suya es una historia donde se entremezcla el talento con el amor y la locura con el arte. El nombre de Camille Claudel (Villeneuve-sur-Fère, 1864) ha trascendido al tiempo, muy a su pesar, más por ser musa y amante del escultor Auguste Rodin que por su talento artístico.Camille Claudel y su familia

Auguste y Camille se encontraron por primera vez en 1883 cuando el escultor, entonces 43 años, visitó el taller donde ella, de 19, trabajaba. A la joven le había costado mucho esfuerzo que sus padres, de origen modesto, aceptaran su vocación en un tiempo en que las cosas no eran fáciles para una mujer, menos si pretendía ser artista y aún peor si se decantaba por la escultura. Aquel primer encuentro en el taller, rodeada de figuras a medio terminar, el polvo flotando en el aire, fue impactante para el ya maduro artista. Camille le deslumbró. Pero no sólo fue su belleza, le fascinó su obra. Nada más ver sus yesos descubrió en ella un alma gemela. No pasó mucho tiempo antes de que Rodin le propusiera trabajar en su taller. La única mujer entre sus alumnos, rápidamente convertida en objeto de burlas. Pasó de ser musa a amante, su rostro, su talle, sus formas, pronto fueron reconocibles en sus esculturas, para escándalo de su familia. Robaban tiempo a sus vidas, quedándose un poco más tarde que los demás en el taller para poder estar solos, hasta que en 1886 Rodin alquiló una casa donde establecieron un taller privado que, sin embargo, no fue un hogar común. Él nunca abandonó (quién sabe si obedeciendo a la ternura, al amor o a la culpabilidad) a quien fue su paciente y fiel compañera, Rose. En su pequeño reducto de creación, ambos trabajaban de igual a igual. Pero fuera de esas cuatro paredes, ella era sólo la alumna de Rodin, o peor, su amante. En general, las críticas fueron positivas pero no vendía. Todo lo contrario que Rodin: tiene muchos encargos, expone con Monet…
Camille se sentía humillada, quería demostrarle al mundo que sí, que era una mujer, pero también una gran escultora. En 1894 se inicia un progresivo distanciamiento de la pareja, que se convierte en una ruptura definitiva a finales de 1898. Ella era presa de los celos, artísticos y amorosos. Era consciente de que Rose siempre se interpondría entre ellos: Rodin ni siquiera se planteó dejarla cuando estuvo embarazada de un hijo que nunca llegó a nacer (Rodin la obligo a abortar). Se estableció por su cuenta. «Se me reprocha (¡espantoso crimen!) haber vivido sola», escribiría en 1917. Pasó así unos años de febril dedicación a la escultura en los que apenas salía de casa, abandonada de sí misma y sufriendo penurias económicas. Finalmente cayó enferma, pero la muerte se volvió esquiva. Comenzó a sentir miedo, apenas comía y destruyó a martillazos sus propias obras. Eran los primeros síntomas de una demencia que tenía como eje de sus iras a Rodin, al que tanto amara. El 3 de marzo de 1913 moría su padre, la única persona en la que Camille encontró algo de comprensión. Una semana después, su madre la arrastra a un sanatorio ante la opinión médica de que sufría severos trastornos mentales que la hacían peligrosa para sí misma y para los demás. Camille vivió en la más extrema soledad, su madre solicitó que no se le permitiera recibir visitas ni mantener correspondencia. Así, en total abandono, con la mayor parte de su obra destruida por sus propias manos, olvidada por todos, murió en el sanatorio de Montdevergues (al que había sido trasladada en 1914) el 19 de octubre de 1943. Había pasado 30 años encerrada.