PASCUAL GARCÍA

Nunca oculté mi predilección por esta calle de Moratalla, aunque nací, me crie y me hice un hombre en el Castillo, en concreto, en el número 8 de la Calle Castellar, y los que vengan leyendo esta columna, que aparece semanalmente hace ya casi una década, se habrán percatado de que jamás renuncié a mis orígenes.


Pero la Calle Mayor, desde la Plaza de la Iglesia hasta la Glorieta, pasando por El Goterón, La Farola y La Cuesta de Los Caños, ha sido desde antiguo, lo reconozco, mi debilidad, como lo fue de mi madre, cuyo único sueño, además de ver prosperar a sus hijos, consistió en poseer una casa nueva que no tuviera demasiadas escaleras y a la que se pudiera acceder desde una calle llana y, a ser posible, en el centro, porque mi madre era de esas personas a las que les gustaba vivir donde vivía mucha gente, en el cogollo de las poblaciones, allí donde el tráfago de las gentes y el bullicio atraían a la vida como si todo el tiempo la tuvieras al alcance de tu mano.
Y en la Calle Mayor pasaba eso, aunque algunas casas también tenían escaleras, pero uno podía sacar la mano por una ventana y tocar la fiesta, las procesiones, las carrozas, el bufido de los animales o el temblor de los tambores en Semana Santa, aunque eso llevara aparejado los inconvenientes y el fastidio del ruido constante en los días de fiesta y de las juergas de algunas noches.
Mi padre compró la casa del Castillo con un sentido rural de la existencia, porque en ese entorno podía tener corrales con animales, ovejas, cabras o gallinas y desde allí era sencillo el acceso a la huerta y al campo. Su mente y su temperamento eran campesinos en su plenitud y lo urbano, aunque no le disgustara del todo, le parecía más extraño y más ajeno a él; en cambio, mi madre era hija de un pequeño artesano, pero con un espíritu más abierto y cosmopolita, observadora, inteligente, pendiente de los cambios y gozosa de presenciarlos de primera mano. De manera que su lugar había sido el centro.
La Calle Mayor, que hoy no vive sus mejores días, ha representado siempre lo más castizo, histórico y granado de Moratalla, no solo porque cuelgan en ella escudos y blasones sobre dinteles de casas que, a nadie se le escapa, tuvieron tiempos de gloria y aún merecen ser contempladas con detalle, sino porque toda ella respira un aliento de nobleza y de serena autenticidad, porque sus dimensiones fueron concebidas para aquellos siglos en los que los hombres y las mujeres se paseaban en carruajes si tenían alcurnia o sobre animales de carga, en carretas de labor o a pie, si no poseían linaje claro ni dinero para aparentarlo.
Yo, que soy un enamorado absoluto del casco viejo de Moratalla, he pensado siempre que, de residir allí, no dudaría en comprar alguna de estas casas, rehabilitarla y vivir en ella, pero aun así, me quedaría el problema de un espacio para el coche, un aparcamiento en las afueras del casco, no demasiado lejano pero que me permitiera dar un buen paseo y olvidarme del auto, entrar en el pueblo andando y cruzar su Calle Mayor hasta el mismo centro del mundo para cualquier compatriota: La Farola o La Plaza de la Iglesia, esa ventana a la huerta y a la sierra, con un horizonte inmenso, imprescindible para poner en orden las ideas, para tomar aliento y continuar cuesta arriba hasta lo más alto.
Gente del centro y gente de las afueras es lo que ha habido siempre, los que se arriman a la vida con fervor y los que se protegen de la misma, y yo he sido siempre de los primeros.