Pascual García (pasgarcia62@gmail.com)/ Francisca Fe Montoya

A Fátima

Los viejos de antaño caían, de repente y misteriosamente, en la cama, al menos eso era lo que decían sus más allegados: mi padre ha caído en la cama o mi madre ya no se levanta de la cama y, por ende, todo debían hacerlo a partir de ese día en el mueble más cómodo de la casa, pero también en el más dependiente, porque cuando uno está postrado en él, necesita de alguien cercano para seguir el ritmo de la vida diaria.


Caer en la cama era casi la antesala de la muerte; entonces no sabíamos que determinados órganos vitales, como los riñones, empezaban a funcionar mal, porque el enfermo apenas se movía y un día cualquier se anunciaba su deceso.
Lo tengo en la cama, respondía una vecina de mi madre a la pregunta por la salud de un pariente, y mi madre lamentaba de verdad tal circunstancia porque conocía, como todas las mujeres, los rigores y las servidumbres de un estado así. Eran las mujeres las que se ocupaban de un hermano deficiente o de un cuñado tullido, de la abuela nonagenaria y extraviada en la penumbra de la memoria o de un hijo que nació mal y no se recuperó nunca. Nadie mostraba un espíritu de sacrificio semejante como ellas, las diosas de la casa, de la enfermedad y del cuidado de los más necesitados. Parecían frágiles y amedrentadas, pero lo llevaban todo, al marido, a la turbamulta de hijos y al enfermo en cuestión. Todo les atañía, todo era de ese ámbito laboral, tan generoso y tan ambiguo, que se denominaba sus labores.
Por fortuna, algunas cosas han cambiado de un tiempo a esta parte, y la llegada de inmigrantes del tercer mundo y el estimable nivel de vida del que hemos estado disfrutando en los últimos años y del que todavía queda algo a pesar de la crisis, nos han permitido cambiar algunos hábitos del pasado y propiciar que las mujeres descansen en parte de la onerosa faena de enfermeras a tiempo completo.
Las pensiones de los ancianos están creando empleo y riqueza; las principales calles de nuestros pueblos y ciudades se han llenado de hombres y mujeres que empujan la silla de ruedas de un viejo y lo acompañan algunas horas del día, mientras que por la noche no los dejan solos tampoco y, por un pago conveniente, duermen en alguna habitación contigua y velan su delicado sueño.
Al margen de asilos y residencias en los que casi nadie está dispuesto a entrar, aunque en ocasiones no haya más remedio, la compañía de seres de otras razas y de otras religiones les concede el privilegio de permanecer en sus casas hasta el último día de sus existencias, rodeados de amigos y vecinos, instalados en la costumbre de la memoria y entre las cuatro paredes que han constituido su hogar desde siempre.
Nada más adecuado para el anciano que otorgarle el beneficio de un hábito de vida al que viene aferrándose desde hace tantos años. Los horarios de sueño, comidas y entradas y salidas son los mismos y los familiares se hallan seguros porque no están solos y pueden visitarlos cuando quieran.
Y, si caen en la cama, técnicos especialistas en estas circunstancias podrán ocuparse de ellos con mayores garantías, mientras la familia prosigue con sus trabajos y con su rutina y visita al abuelo cuando lo estime o le apetezca.
No todo lo consigue el dinero, es verdad, pero hay algunas cosas que las hace más fáciles y más humanas, que las dignifica y las embellece.
Mientras veo el trato que les dan a los ancianos y a los impedidos estos nuevos compatriotas, recuerdo el trabajo ímprobo de tantas hijas y de tantos hijos y la agonía de sus enfermos que ocupaban el espacio sagrado de la misericordia cristiana y de la compasión y que ahora ocupan el territorio humanitario del amor familiar y de la ayuda solidarios, del intercambio entre necesitados de un lugar y otro del planeta, de nuestro interés y de su necesidad, o viceversa.
A todos ellos vaya mi gratitud inmensa en estas palabras de homenaje.