TERESA CALVACHE
Mis tíos, Juan Sequero y Pepa Ramírez se fueron a vivir a la esquina de la muerte. Se le llamaba así porque en invierno no había quién pasara por allí de las corrientes que se formaban entre las dos calles y el frío que hacía. Era una casa con varias plantas. En el bajo pusieron la confitería, y en el último piso el obrador, donde a mi tío se le ocurLa joven Teresa Calvacherió la fabulosa idea de bañar las famosas yemas de Caravaca con chocolate. Había una terraza que se comunicaba con el obrador y con los tejados de la calle Mayor y la Plaza del Arco.
 Un lunes de mercado a mis primos les regalaron un pato. Éste, de mascota pasó poco a poco a participar en los juegos preferidos de mis primos. Mi prima Paquita era la organizadora del juego de correr por los tejados detrás del pato. Una vez estaban todos en la terraza soltaban al pato, y sus hermanos Jose y Juanito, y sus primos lo seguían de tejado en tejado, teniendo que agarrarse, a veces para no caerse, a las chimeneas.
 El juego se iniciaba en la terraza de El Bolo, mi tío, que como estaba liado trabajando en el obrador ni se enteraba. Se pasaban por la de mis tíos Joaquín y Pepa que tenían una tienda de tejidos enfrente de la iglesia de El Salvador, después a la casa de Gustavo y Pepita, a continuación a la de Diego Marín, que también tenía la tienda en el bajo, y después a la de Amadeo y Pepa. En este tejado había una tapia muy peligrosa y era la que más éxito tenía. Esta tapia daba por una parte a la calle Mayor y por otra al patio de la casa en el que el hijo de Amadeo preparaba corridas de toros con sus amigos. Cuando llegaban al tejado de Tomás Marín en la calle Mayor 17, se volvían corriendo levantando los brazos al igual que el pato levantaba las alas.
 La otra meta se encontraba en la plaza del Arco, en la casa de Pepe Nevado y Adela Medina. Loli, su hija, que los veía correr por los tejados desde su torreta se echaba las manos a la cabeza persignándose para que no les pasara nada, pero se quedaba con la gana de correr con ellos porque su madre no la dejaba jugar a un entretenimiento tan poco femenino.
Un día, mi primo Jose Ramón y su hermano Juan Antonio se subieron al tejado a jugar. Jose Ramón, al que le encantaban los pájaros, al salir del colegio había cogido su canario y lo llevaba en el bolsillo del pantalón. Pero una vez en el tejado cuando llegó a la tapia de Amadeo el sastre para no chafar el canario se lo dejó a su hermano para que se lo cuidase. Juan Antonio que era más pequeño, tuvo un despiste y se le escapó el pájaro que vino a caer a la chimenea de Pepita Guerrero… cayendo sobre la cabeza de su moza, María. Ésta, cuando vio al pájaro revoloteando por encima de ella daba unos gritos enormes y decía: -Estoy harta de vosotros, me vais a romper todas las tejas. Os prometo que cuando se os escapen las gallinas me las voy a comer yo. Y con el pollo rojo no contad…. Sinvergüenzas!
Jose Manuel el bolo, hermano de mi prima Paquita, ayudó a su primo José Ramón a rescatar el pájaro. Pepita Guerrero, la dueña de la casa donde se encontraba el pájaro dándose capones en la cocina, los tranquilizó. Ella, que se estaba haciendo primores de lana en la elegante boutique que tenía en el bajo junto con su marido Gustavo, y con la educación que la caracterizaba, les sugirió a los chavales que para rescatar el canario tenía que ser con tranquilidad para que no se asustara, el pobre animal. Mari Tere, la hermana pequeña de Paquita, como su primo Juan Antonio no dejaba de llorar, lo quería consolar y convencerlo de que no había pasado nada que no se pudiera solucionar, pero él se sentía culpable y su llanto se hizo interminable.

Aparte de este grupo en el que todos eran familia, había otro de amigos que también tenían capricho por correr tras el pato. El hijo de Diego Marín, llamado también Diego y cuya casa era una de las metas, intentó hacer un trato con mi prima Paquita para que le alquilara el pato una hora por la tarde cuando salieran del colegio, diciéndole que le pagaría veinte céntimos reunidos entre todos los compañeros y un chusco para el pato. Pero Paquita dijo que con su pato no se negociaba, que se lo dejaría si lo trataban bien, aunque el chusco lo aceptaba para dárselo mojado en leche. El diario y famoso chusco lo ponía Alfonso El Chusco , cuyo apodo le venía de su padre porque habiendo trabajando en un horno ( el de la Josefina) era el encargado de repartir por las tiendas y como la gente esperaba impaciente para cenar con el pan caliente con lo que fuera, cuando le veían aparecer decían: ¡ Ya viene el chusco!
Diego, todos los días en cuanto aparecía Alfonso, le preguntaba si había traído el chusco y éste le contestaba que como se le iba a olvidar lo más importante. Otro amigo que acudía a la cita era Juan Antonio Piqueras, siempre cargado de libros, y entre ellos El Quijote. Ramoncín, El Pera, le decía:- No te preocupes por los libros, déjalos en mi tienda que con Juanita y Felipe vigilando no hay quién se lleve nada. Pero como Ramoncín se lo decía riéndose y en plan de chiste, con esa gracia especial que lo caracterizaba, Piqueras no se fiaba. Así que Felisín, el hijo de Valentín de las patatas, encontró la solución y le dijo: No te preocupes Piqueras que si alguien toca los libros me traigo un saco de patatas del almacén de mi padre y le estamos tirando patatazos hasta que suelten los libros. Piqueras les dijo: mejor nos subimos los libros al tejado y nos comemos las patatas, fritas o cocidas o como sea.
En eso aparecieron Diego Manero y Pepe Ferrer con los tirachinas en las calcetas y los huesos de *aratón, para correr por los tejados tras el pato. Pero cuando llegaron al sitio más peligroso, Diego decidió esperar junto a la chimenea comiéndose un gran bocadillo de atún muy sabroso y llenándose de manchas de aceite el jersey de rayas verdes y amarillas. Como buenos amigos le ofreció bocadillo a Pepe. Pero éste le dijo que no se podía perder la carrera del pato –Salva era el director de la carrera y vigilaba que el pato no sufriera daños- ahora que estaba funcionando bien el tirachinas con los huesos de aratón. Era en la puerta de Pepe “de las Confecciones”, donde se juntaban para organizarse y pensar lo que harían después.
Acabada la carrera quisieron convencer a Herminio “Con Ole” que pasaba por allí para que se trajera un cerdo de los de su padre y correrlo por los tejados. Pero él les dijo que eso era imposible pues los cerdos eran muy torpes y se caería a la calle Mayor y él no podía permitir eso con lo que quería a los animales. Pero siempre había algún niño que se quedaba con la gana de correr el pato, entre ellos Alfonso Morenilla, pues estaba ocupado pensando en el romancero, y Bernabé.
 Jose Antonio López “Jata” cuando los veía jugar por los tejados pensaba que era una lástima que perdieran el tiempo así, ya que él quería convencerlos para hacer una obra de teatro y así posiblemente alguna se aficionara y podría ser artista. Pero Manolo Guerrero Sánchez le quitaba la ilusión diciéndole:- Pero es que no ves que poca sensibilidad tienen. Míralos, están hechos unos burros corriendo por los tejados detrás de un pobre animal ¿Dónde se ha visto eso?
Jata:- Pues yo voy a insistir, creo que haría con ellos una zarzuela, a beneficio de las fiestas de Mayo, y así recaudaríamos para los premios de los caballos del vino. Seguro que sería un éxito.
Medina se reía, y Jata le decía muy serio: Pero no los oyes, mira que voces cuando gritan, son maravillosas, eso es justo lo que yo necesito…
Y así corriendo de un lado para otro el pato se hizo famoso fuera de casa, porque dentro era otro cantar, y nunca mejor dicho. Mi tío Bolo descubrió enseguida las dotes musicales del patito, pues como andaba por el obrador como “Pedro por su casa”, estaba mi tío haciendo yemas y le cayó en la membrana de la pata una gota de azúcar caramelizada haciéndole su primera perforación con el consiguiente graznido. El pato no dejaba de graznar y mi tío de chillar diciéndole: “Te quedan dos siestas, como sigas así vas a acabar en la olla”. También estaban Emilio López Robles y Juan Fernández, que jugaban a ser periodistas, y Carlos Roca, que se encargaba de ayudarles sacando retales de su Calle Mayor, para que se las pusieran y así darles seriedad.
Sus serenatas eran interminables pues no le gustaba quedarse solo ni por la noche ni por el día. Cuando la familia se bajaba del obrador a comer al comedor y él se quedaba solo en el obrador, empezaba su concierto y ahí estaba mi tío instando a su hijo:_Juanito sube y bájate al pato que no me entero de las noticias. Entonces se ponía al lado de mi tío y los dejaba tranquilos. Y por la noche no te digo las que montaba, pero claro no iba a dormir con mi tío, así que mi prima Paquita después de dar mil vueltas con él descubrió que le gustaba dormir en el cajón de salar los jamones. Esa fue su salvación, y la del pato.
Fue pasando el tiempo y el animal no sólo graznaba cuando se quemaba o lo pisaban, sino que empezó a comportarse como un animal de compañía. Cuando alguien subía al obrador se tiraba a picarle como un condenado. Y así fue como consiguió alargar su vida y conseguir un nombre, siendo bautizado por mi tío como Beethoven. (Acompañó a mis primos durante toda su infancia hasta que se hizo mayor y caminaba cojeando como un abuelito con sus patas que parecían un colador, pero al emigrar mis tíos a Benidorm alguien lo echó en la olla, y así sin que mi prima Paquita se diera cuenta acabó la vida de un ser especial)

* Yo no sé lo que es un aratón, ni lo encuentro en el diccionario. Según mi madre un pequeño fruto color lila de algún arbusto.