JOSE MANUEL KOPERO

Después de una infancia de fe ciega, una adolescencia a las puertas del seminario y una entrada a la adultez agitada, siento que he perdido algo: al padre que todo lo ve y todo lo oye. Claro que, para ser sincero, he de confesar que no he estado mal. A ver, mi vida ha seguido en su línea, con los cambios propios de la edad, con los conflictos internos y toda la pesca. Relajado a ratos, alterado en otros momentos. El caso es que anoche me sorprendí a mí mismo diciendo: «necesito un dios, me da igual cuál».

Pedí consejo y un amigo muy cachondo me recomendó rezarle a un gato. Otro a una lámpara. No se trata de rezar, se trata de confiar en que todo va como debe ir, en que la vida tiene sentido, que alguien vela por mí y en aquello de que el sufrimiento es útil para mi evolución personal y algún fin mayor que vete a saber tú en qué desencadenará.

Por mucho que a algunos les pique, en la iglesia no encuentro a Dios. No veo la representación viva de Jesucristo. Tampoco la muerta. Y en este caso no solo me refiero a la persona o al ente, sino a su filosofía y sus enseñanzas, que son las que importan. ¿Dónde están? Allí no. Y en su ausencia se hace destacar la del de arriba. Acudir a los ritos religiosos en su búsqueda es inútil, al menos para mí. ¿Recordáis la película Contact? Pues me siento un poco Jodie Foster esta mañana.