Pedro Antonio Martínez Robles

Jamás me gustaron las sandalias, pero aquel verano en que mis padres me compraron un par de esas que llaman anatómicas, debo reconocer que me sentí satisfecho al recibir en mis pies cabos aquellas plantillas que se alzaban de sus suelas como una bendición y que fueron capaces de ofrecerme una comodidad nunca antes sentida con ese calzado. Comencé a pasearlas con cierto placer y mucho esmero en su conservación. Yo no tendría más de 10 o 12 años, y en aquel tiempo, a diferencia del que hoy corre, en el que es raro no disfrutar de un armario colmado de más de una decena de zapatos variados para auxiliarnos según lo exija la ocasión, todo andaba escaso, pero sobre todo el calzado, pues con un solo par para el invierno y no siempre otro para el verano debíamos atravesar la temporada y a veces más de una, con frecuentes visitas al zapatero remendón. Aquel verano, a poco de estrenar mis flamantes y cómodas sandalias, mis padres organizaron un domingo de visita a la piscina municipal para disfrutar de un día de baño y esparcimiento con sus hijos. En una capaza mi madre llevó el refrigerio que había preparado con la intención de comer algo a mediodía y prolongar hasta media tarde la sesión del baño. Me acuerdo que dejé las sandalias muy bien colocadas cerca de donde mis padres se habían instalado y me metí en la piscina durante varias horas con la despreocupación propia de mis 10 o 12 años. A media tarde, cuando mis padres decidieron que era hora de regresar a casa, busqué las sandalias para calzarme, pero las sandalias no estaban en el lugar donde yo las había dejado. Miré a mis padres y mis padres me miraron a mí. Ellos no las habían tocado. Registré hasta el agotamiento todos los rincones que rodeaban la piscina hasta que, desolado, tuve que admitir que aquellas sandalias anatómicas que ni siquiera había llegado a sudar ya no volverían a calzar mis pies. Quizá no recordara hoy aquel suceso si no hubiera sido porque nadie, ni siquiera mis padres, me prestaron auxilio para regresar a mi casa calzado de nuevo, y me acuerdo que tuve que hacer aquel camino de vuelta con mis pies descalzos pisando sobre un asfalto más ardiente que las brasas de una fragua. Entonces no me pregunté si mis padres andarían consternados al verme en aquella situación; sin duda alguna, lo estarían, pero no me dijeron nada. Hoy comprendo, a más de medio siglo de aquellos días, que hay lecciones que duele más administrarlas que sufrirlas. De cualquier modo, aún no sé si pude sacar algún provecho de aquella humillante travesía, pero me queda el consuelo, ahora que lo pienso despacio, de suponer que aquellas sandalias que despertaron en mí un gusto fugaz y engañoso por ese tipo de calzado, pudieron acabar entonces en los pies de alguien que quizá las necesitara más que yo.

 

 

 

19 de febrero de 2020