Jose Manuel Kopero

No sé tú, pero yo estoy muy cansado del olor a marihuana que se respira en las calles de nuestros pueblos y ciudades, además de ver a niños de trece años fumando y adorando la hoja de maría como símbolo de salvación. Las cartas sobre la mesa, no nos engañemos. Sabemos de sobra quién la fuma, quién la vende y, apurando un poco, quienes la mueven. Es fácil identificar traficantes locales, camellos de niños y consumidores veteranos. Ellos mismos se identifican. Pregúntales y te lo dirán, puede que incluso sin preguntar. Sin embargo, ahí están. Es un negocio bastante rentable en mi barrio.

Ocurre lo mismo con la venta de alcohol a partir de ciertas horas. ¿No hay una ley que lo prohibe? Se la pasan por el Arco de Tito, como también lo de no vender a menores de edad. He estado en los botellones de Bullas en más de una ocasión y puedo afirmar sin riesgo a equivocarme que, por norma general, los asistentes tienen entre trece y dieciséis años. También hay adultos, pero son minoría. Los padres de esos críos saben que van allí, pero se consuelan diciendo: «No, si mi hijo no bebe». Me extraña que puedan creerse eso, y más cuando yo les veo ponerse ciegos hasta vomitar.

Lo que no entiendo es cómo, si todos conocemos este tipo de prácticas ilegales, no se hace nada para evitar que siga ocurriendo. Si es que ni se esconden, es ya vox populi. Estaría bien que los ayuntamientos y las fuerzas del orden tomaran medidas, aunque eso enfadara a algunos en beneficio de todos. Al fin y al cabo, es la sociedad que estamos creando y es la sociedad que tendremos. ¿Nos importa o seguimos fingiendo no ver? A mí se me hace muy difícil mirar a otro lado, y más teniendo en cuenta que es algo tan evidente, notable y molesto.