ANTONIO F. JIMÉNEZ
Bookends me da frío. Ahora, en verano, me viene genial escucharla. La canción dura lo que tardo en subir y bajar las escaleras de mi casa. Suficiente. A veces, mejor que el viento incesante es la brisa breve e inesperada en la noche estival. Como si alguien nos soplara de repente en la nuca. Una caricia del tiempo. Así es Bookends. En español, sujetalibros. La hiBookendsstoria entre una contraportada y la nada. Bookends. Año 1968. Una canción incluida en el cuarto disco, con título homónimo, de Simon & Garfunkel. Time it was, and what a time it was, it was…
Antes de que llegue, uno ve el verano como una hamaca a lo lejos; pero nada más tirarse en ella, la mente se cansa pronto y escruta los recuerdos más frescos de nuestra memoria para defenderse del sol excesivo. En estos días de soles dañinos, en estas noches de lunas lunáticamente enormes, Bookends, la canción digo, puede ser acaso el mejor refresco para el alma veraniega. Aunque Bookends no me parezca una canción genuinamente otoñal, hace, de todas formas, que el amarillo casi blanco del verano se vaya amustiando conforme suenan los acordes arpegiados de la guitarra de Paul Simon.
Bookends. Sujetalibros. A uno se le entornan los ojos. Las voces de Simon y Art Garfunkel se oyen como si cantaran en susurro, casi en silencio. ¿Quiénes sino hubiesen escrito una canción llamada The Sound of Silence? Sus voces estaban predestinadas a unirse desde el origen de los tiempos. Bendita fusión. Bookends, en verano, da frío. Es el contrapunto armónico de la meteorología estival. Lo digo por si alguien quiere refrescarse. Pero ya en el caso de que alguno ande en desamores, mejor que no la escuche. I have a photograph preserve your memories. They’re all that’s left you. Un sujetalibros siempre asume la carga de una historia.