Basilio Pujante Cascales

Dicen que la mejor manera de conocer un país es visitarlo con algún nativo, o bien, hacerlo en solitario para poder interactuar con la gente del lugar. Esta regla no escrita del perfecto viajero sigue David Roas en su último libro, Bienvenidos a Incaland, una crónica de su estancia en Perú. Así, en la primera partePortada de Bienvenidos a Incaland del volumen se deja acompañar por amigos peruanos que lo guían por Lima; mientras que en la segunda viaja en soledad a Cusco, la antigua capital del imperio inca.
En la sección limeña del libro, el narrador se topa con las particularidades de la vida en el Perú, esencialmente con su gastronomía y con su tráfico. Con el tono entre delirante y sarcástico que destila todo el volumen, asistimos a la demencial, desde el punto de vista europeo, danza de coches, furgonetas y autobuses que hacen de cualquier trayecto por Lima una suerte de ruleta rusa. Los amigos peruanos preparan al visitante una peculiar ruta turística que los llevará a visitar más bares que museos, aunque será en uno de ellos donde perpetren el robo de la máquina de escribir de Mario Vargas Llosa. Esta gamberrada derivará, gracias al efecto del alcohol, en una alucinada aventura que convertirá al Nobel peruano en el protagonista de El Padrino y de Pulp Fiction. La primera parte se completa con un capítulo en el que el narrador se pierde en un barrio limeño y con varios textos breves, titulados «Idiosincrasias limeñas», que quizás desentonen con el resto.
En la segunda parte del libro, Roas nos narra su estancia en solitario en la ciudad de Cusco. Se trata éste de un enclave eminentemente turístico en el que hordas de visitantes extranjeros buscan la esencia del Perú inca y colonial. La pluma del narrador barcelonés se muestra aquí mucho más acerada que en la primera sección del libro y las páginas están repletas de un sarcasmo que ya encontrábamos en obras anteriores de Roas. Además de las críticas a la Iglesia y a la conquista española, los principales dardos van contra los turistas, especialmente norteamericanos, que pululan en torno a la Plaza de Armas cusqueña. Estos visitantes deambulan por el centro de la ciudad como si de zombis se tratara, así los retrata Roas, comprando compulsivamente y vistiendo ridículos chullos (gorros andinos). El protagonista se empeña en marcar continuamente las distancias con estos idiotizados visitantes, pero no siempre lo conseguirá y sufrirá la obstinada persecución de una niña que le reclama insistentemente un dólar por haber fotografiado a su llama.
Este parque temático en el que se ha convertido el centro de Cusco, el «Incaland» al que el título hace referencia, tiene su continuación en el famoso Machu Pichu. Tras un largo viaje en tren y una peligrosa ascensión en autobús, el narrador llega al monumento más famoso de Perú, pero allí no se produce la epifanía que tantos turistas buscan, precisamente por la masificación. Roas, descreído y harto de las aglomeraciones a esa altura del viaje, decide volver al pueblo a beber cerveza.
Se trata éste de un libro sarcástico, divertido, repleto de referencias históricas y culturales y que prende en el lector el deseo de visitar Perú, aún a riesgo de encontrarse con una llama, ese inquietante animal que acosa al autor durante buena parte de su periplo.