PASCUAL GARCÍA

Tuve con las bibliotecas siempre una relación muy particular, porque no me he sentido a gusto del todo en ellas, a pesar de que en mi casa almaceno cerca de diez mil volúmenes y de que el rincón en el que escribo está constituido básicamente por libros, y que, al fin, me han acompañado durante toda mi vida desde muy niño, aunque entonces contaba con unos pocos tomos tan solo. Será porque las bibliotecas me han amedrentado siempre; la solemnidad excesiva, el silencio, el olor a papel envejecido, el exceso de cultura, una aureola entre sagrada y misteriosa han dotado a estos lugares de una peculiaridad desagradable, ajena a mi informalidad manifiesta. En cambio, nunca he estado fuera de sitio en un bar, en una taberna o en una cafetería. Los he tenido como ámbitos naturales, donde en su día podía fumarme un par de cigarrillos, tomarme un café o beberme unas cañas; además, podía hablar en voz alta y gastar bromas   de todo tipo. Vamos, que he sido más un hombre de bares que de bibliotecas y, cuando me contaban que determinados autores habían escrito su obra en alguno de estos lugares, me parecía tan normal, tan adecuado que no podía imaginar otro sitio mejor. En los bares estaba la vida, los conflictos sentimentales, los dramas familiares y las alegrías compartidas.

Así trabajaba el novelista murciano, genial y aún por descubrir del todo, Miguel Espinosa, así lo hacían los poetas franceses de finales del XIX y los españoles de principios del XX, porque en los bares encontraba uno aquel espíritu desasosegado de una idea o de una sensación que cruza por delante de nosotros y que no tenemos más remedio que llevar al papel, pues forma parte de la vida y nos inquieta de un modo intenso.

Ahora bien, a mediados de los setenta descubrí en Moratalla un pequeño refugio con libros  junto a la Iglesia de la Asunción, y me fui aficionando a ir por las tardes y a mirar los lomos deteriorados de los volúmenes, no muchos para una biblioteca pública pero más que suficientes para mí. Abrí sus páginas y ojeé aquellas palabras con aroma a tiempo que me saltaban a la cara.  Leí sin control durante meses y entretuve con ello las horas ociosas del verano y las tardes monótonas del invierno, cuando salía de la escuela. Claro que he jugado mucho en la calle, que me ha gustado y me gusta salir de la casa y tomar el aire, pero aquel tiempo de mi primera adolescencia está asociado para siempre con mis visitas a la biblioteca de Moratalla, con los hallazgos en aquel espacio tapizado de libros, acogedor y con ese prestigio de los lugares que nos otorgan una identidad diferente y nos convierten en personas de calidad.