Pascual García

Nada más curativo, entrañable y verdadero que el beso de una madre, aunque deberíamos emplear en este caso el plural, es decir, los besos de una madre, porque son racimos de explosiones en la cara, en la frente, en la cabeza, porque suelen cubrir el cuerpo menudo, tierno y desnudo del bebé, que sonríe satisfecho ante la avalancha de la madre, desatada de amor y de requiebros. Suenan a franqueza y a orgullo, desbordan los límites de la discreción y hacen caso omiso del mundo que los rodea.

El primer beso en la boca nos lo dio una muchacha en un lugar oscuro, con música estridente y ruido de conversaciones y tabaco. Sabía a chicle de menta y olía a colonia de niña. De repente se abrieron sus labios y entramos en un ámbito de humedad y de sabores carnales, como recién llegados a la habitación lujosa de un hotel. Le seguimos el juego de la lengua y de los labios, insistimos en un rito casi interminable que nos excitaba sin duda, porque era el primer beso a una extraña, el contacto de nuestros labios y de nuestra saliva con la boca de una muchacha que nos había seducido. Podríamos decir que fue una boca maestra, la boca que nos sustrajo de la niñez y nos empujó a la adolescencia y al temblor del sexo.

Hubo otros labios y ninguno besó igual. Los recuerdo tímidos y recatados, poco propicios a la comunión absoluta, o elegantes y tan escrupulosos que apenas depositaban un soplo de beso en nuestros labios sorprendidos, pero los hubo atrevidos, desaforados incluso, nacidos de labios entre los que soñamos desaparecer de este mundo para siempre y de buena gana. Había en ellos una determinación animal, profunda y cálida, sin complejos y, sin embargo, no renunciaban a la ternura y al terciopelo de la humedad y del mimo.

En mi familia y en mi casa besábamos con estruendo, repetidamente, casi con codicia. Varios besos en cada mejilla para despacharnos a gusto, sin cicatería, porque éramos de campo y de pueblo y no escatimábamos afecto ni parábamos mientes en falsas finuras. Besar era un acto sagrado de familia y se llevaba a cabo con llaneza y generosidad.

Ahora los amigos se dan un pico, una suerte de aproximación al beso, un roce de labios que busca y no logra la boca. Es un quiero y no puedo o, al revés, un puedo y no quiero, según se vea. A nuestros hijos los seguimos besando con fruición, pero recelamos de las mujeres que nos besan en la frente, porque es un beso fraterno y un tanto cobarde, y evitamos, si es posible, el beso a otros hombres, no por homofobia, sino por auténtica ausencia de deseo. Por eso alargamos la mano con franqueza y prontitud, con ese gesto viril y cabal que nos enseñaron de pequeños y al que muy pronto se habituó mi hijo.

Hay besos de compromiso, besos blancos que no dicen nada porque son únicamente un gesto en movimiento, un roce de la costumbre inapreciable, pero hay labios en los que uno se perdería por completo, bocas que eligió para pasar toda la vida, besos de película que poblaron nuestros sueños de pequeños, lenguas y labios que consolaron nuestra mísera adolescencia y nuestra solitaria juventud. Y luego están los viejos besos de la infancia, los que se llevaron para siempre los abuelos o el último que le di a mi madre, ya de cuerpo presente y con la piel todavía tibia.

Pertenezco a una generación que tuvo la suerte de tener acceso al misterio de la piel desde muy joven, porque crecimos en una estrecha alianza con libertades sin número y ruptura de vanos y antiguos prejuicios. Estamos en condiciones, pues, de no escandalizarnos por nada, hasta extremos muchas veces ridículos, pero, en fin, para bien o para mal uno no elige el tiempo en el que nace y se cría, y así están las cosas. He visto mucho cine y he leído algunos cientos de libros. Un beso de amor y tornillo solía clausurar una película como es debido, es decir, con un final feliz; y las mejores novelas del siglo XX,desde Lolitay El cuarteto de Alejandríahasta El amor en los tiempos del cólerarebosaban de besos y actos de amor que no podremos olvidar nunca porque constituyeron parte de nuestra mejor educación sentimental.

A esta altura de mi vida, en que todo empieza a escasear de un modo alarmante, lamento sólo los besos que no me dieron o los que no di yo.