Pascual García (garciapascual@hotmail.com)

En raras ocasiones franqueábamos de niños los límites del barrio del Castillo. Adentrarse en territorio extraño era como cruzar una frontera desconocida sin papeles y convertirnos en ilegales casi de un modo inmediato. En realidad, no temíamos nada grave, pero salirse de las calles a las que pertenecíamos entrañaba un cierto sentimiento de indefensión, como si de repente nos encontráramos al albur de otras leyes y de otros hábitos, y empezábamos a percibir la mirada curiosa e impertinente de los otros y nos sentíamos, en seguida, extranjeros, bichos raros, unos auténticos intrusos en un país diferente.

Moratalla, como la mayoría de los pueblos y de las ciudades, estaba compuesta de barrios, más o menos delimitados, con sus propios rasgos de identidad, sus perfiles arquitectónicos, su sociología particular y su nivel económico propio. Había zonas de cierto señorío, con sabor antiguo e hidalguista como la Calle Mayor, desgraciadamente ya en decadencia; territorios donde la pobreza de las calles y de las casas resultaba tan evidente como el carácter trabajador de sus habitantes. Los Pinos y el Castillo pertenecían, sin duda, a ese ámbito, aunque entre ambos existiese una serie de calles en torno a la fuente del Cañico, que poseían unos rasgos bien diferenciados. Por otro lado, Los Bancales, tan próximos a la huerta que regaba el agua del río Alhárabe, pese a estar poblados por gentes laboriosas y humildes, destacaba en ellos su condición de propietarios de la huerta y esa impronta los distinguía de las calles más altas, donde abundaban los jornaleros, los que se buscaban la vida en el monte, cortando leña o ajorrando o se marchaban a otros países en las temporadas de la vendimia, la manzana y otros productos agrícolas. Su índole de hortelanos y de dueños de sus bancales de regadío les otorgaba cierta superioridad.

La Calle Mayor seccionaba la estructura urbana del pueblo casi por su mitad y establecía un rango de clase, que era fácil percibir en las fachadas blasonadas, en los escudos y, sobre todo, en los escaparates de las tiendas de ropa, en las cajas de ahorro y en los bancos, en los balcones abundantes, que en los días de fiesta se llenaban de banderas españolas y de colchas bordadas con esmero. Además, para más inri, la calle, coqueta y alargada, tenía su fin en La Glorieta, donde se encontraban el cine Trieta y un par de casas más de tronío y donde confluían todos los festejos.

Las Casas Baratas, aun a costa de su nombre, albergaban una clase media emergente, que disponía de ciertas comodidades domésticas y que, de un modo progresivo, alcanzaría las ínfulas de zona residencial hacia la que terminaría dirigiéndose todo el pueblo como en un movimiento urbanístico calculado e imparable.

El Castillo, en cambio, pese a su proximidad a la fortaleza medieval y su génesis histórica indudable, estaba formado por las distintas callejuelas y callejones que ascendían desde La Plaza de la Iglesia y de la Calle Mayor en dirección a lo que, en algún otro tiempo, tuvo que ser el centro neurálgico de la villa, pero que con el paso de los siglos había ido degradándose de un modo paulatino hasta aquel conglomerado caprichoso de viviendas sencillas y escuetas donde vivían trabajadores y braceros. Entre las vistas espectaculares a las sierras y a la cañadas, Las Torres constituía un punto privilegiado desde el que los muchachos oteábamos el mundo ancho, desconocido y sorprendente a nuestro alrededor. Era una especie de atalaya de los sueños casi a la altura del cielo.

Todas y cada una de aquellas ciudadelas o agrupaciones urbanas tenían para nosotros, los muchachos que jugábamos a la bola o a la vaca al salir de la escuela, un significado nítido y establecido de acuerdo a unos prejuicios o ideas previas que no siempre se ajustaban a la realidad. De modo que eran frecuentes los enfrentamientos entre barrios, los insultos de unos y otros, el descrédito de algunos territorios y la envidia que despertaban unos pocos. El hacha de guerra solía estar siempre levantada y las escaramuzas eran corrientes. Con el pretexto de un partido de fútbol o de un encuentro fortuito extramuros muchachos de bandos diferentes se enzarzaban en peleas territoriales que no poseían, desde luego, justificación alguna.

Aunque bien pensado, tampoco era tan distinto de nuestro actual guirigay autonómico, no el de la correcta y deseable organización política con el respeto general a todas las ideologías e identidades culturales, sino ese más profundo y más grosero del desprecio al extraño, al vecino o al que vive en otra región, cualquier otra región. Siempre fue peor el otro o, más bien, siempre albergamos recelo o temor al que no es como nosotros, y por eso siempre nos protegimos contra su presencia con las armas de una soberbia muchas veces infundada.

Entonces y ahora alimentábamos una discordia basada en un nacionalismo cerril, como lo son todos, los grandes y los pequeños, porque se necesita un nivel de civilización y de tolerancia notable, una cultura importante y un humanismo generoso para entender que sólo somos habitantes del mundo, nada más y nada menos, eso sin atender a la circunstancia de que muy pocos astrónomos dudan ya de la existencia de vida en el universo infinito. En comparación con estas dimensiones, los barrios de Moratalla ocupaban y ocupan todavía un sitio de privilegio únicamente en mi memoria sentimental.