04Pascual García

La costumbre de tomar un café por la mañana y un par de copas de coñá, unas cervezas en el aperitivo antes de la comida, media botella de vino mientras damos cuenta de nuestro menú diario, unos cubatas a media tarde después del café y las copas de la noche en alguna cafetería escuchando música y charlando no parece constituir a bote pronto una exageración alcohólica diaria, sino más bien una rutina asumida. Digo esto porque así se lleva a cabo en este país desde hace mucho tiempo, y no sólo en Moratalla. Bien mirado y si pedimos consejo médico, se trata en el fondo del mejor salvoconducto para entrar en las listas de alcohólicos anónimos. Quien esté libre de pecado que tire la primera piedra, desde luego.

En este pueblo los bares siempre han merecido un capítulo aparte, antes por supuesto de que llegaran las modernas cafeterías, los pub y las discotecas. Desde la Plaza de la Iglesia en adelante, nos encontrábamos muy pronto con La Caraba, donde servían unas estupendas y variadas tapas que aromaban ese tramo de la Calle Mayor, pero más allá estaba el verdadero nudo del negocio barista, en ese enclave peculiar formado por Los Alemanes y El Moreno, puerta con puerta, el corazón mismo de la calle principal, donde se aglomeraban los tamboristas en Semana Santa y los hombres en la Fiesta de la Vaca. El Moreno fue hasta su cierre un ejemplo de calidad, no sólo porque pinchaba la mejor cerveza del pueblo, servía las tapas más apetitosas, sino porque además daba el mejor café, el más aromático, con dos dedos de espuma y negro como la noche. Entrar en aquel estrecho callejón con barra en cualquiera de las fiestas suponía un verdadero suplicio, pero si lograbas que te sirvieran una caña y una sopa de huevo con sardina o carne mechada, todo el esfuerzo había merecido la pena. También Los Alemanes re distinguían por su riqueza gastronómica, y encima había bastante más espacio para desenvolverse.

Frente a La Farola se situaban dos clásicos en una zona que ocupaban casi todos los hombres del pueblo, pues allí se veía al conocido, se conseguía trabajo para el día siguiente o se hacía un trato. El Tarugo y El Mellinas siempre estuvieron especializados en hombres maduros y en ancianos, que solían jugar una partida al dominó o a las cartas mientras se bebían una botella de vino y picaban algo o tomaban la tradicional piti. Hemos de reconocer que las tapas de El Tarugo eran tan famosas como pantagruélicas y a un precio asequible; por eso, allí terminábamos recalando todos en un momento u otro.

Hasta La Glorieta sólo quedaba el bar del Pepe del Joaquín, en el que triunfó siempre el café, pues había empezado siendo un tostadero y el Pepe tenía una mano mágica para este maravilloso brebaje. Los hombres llenaban la sala por las tardes sentados a las mesas, departiendo acerca de todo y jugando al truque. El año en que volví a Moratalla después de haber terminado la Licenciatura, mis amigos y yo adquirimos la costumbre de acudir cada noche a jugar unas partidas al tute subastado y tomarnos unos cafés. Allí pasé buena parte de aquel curso solitario y desasosegante, que inicié haciendo gimnasia con mi hermana y acabé enrolado en la campaña contra la OTAN y aprobando felizmente las oposiciones de Profesor. Tal vez por esta causa le guardo cariño a este local que ya ha desaparecido.

Por debajo de La Farola existía otra ruta de bares. Estaban El Feo y Los Emigrantes donde solía ir mi padre, pues había en ellos ambiente de marchantes de ganado y de cabreros, gente vociferante y de gestos desenvueltos, dada al alboroque después de cerrar un trato y al coñá mañanero, aunque en Los Emigrantes podía ver de vez en cuando a mi tío Rubio, el Carpintero, jugando al dominó cada tarde, circunspecto y con aquel gesto de dignidad que lo caracterizaba. Unos metros más abajo, ya desaparecido, se hallaba el emblemático Balta, que regentaba un panochista del mismo nombre y padre de una saga de panochistas excepcional.

Entre La Farola y este otro ramal de la Calle Mayor, se sitúa el Patio de las Ollas, donde estaba y sigue estando La Marranera, uno de esos bares de toda la vida, en el que apenas entraban los parroquianos de siempre, hombres mayores, ancianos, que tomaban un chato de vino y unos garbanzos torraos en la atmósfera densa y penumbrosa de un garito a prueba de bombas, y junto a él, el Bar Pepe, que frecuentábamos los zagales en mi época para bebernos unas cervezas y comernos una tapa de potaje mananino. Éramos apenas adolescentes y nos estábamos iniciando en las peores costumbres de una virilidad tal vez mal entendida, pues no faltaban entre sus ritos, el tabaco y el alcohol, pero nos limitábamos a sobrevivir en un medio rudo y poco dado a sutilezas pedagógicas.

El Bola era el último establecimiento en dirección a la Calle de Abajo, uno de esos bares, como el resto a los que he venido refiriéndome, que iniciaba la jornada a las seis de la mañana con los primeros cafés y las primeras copas y la terminaba a la una o a las dos de la madrugada con las últimas cervezas y las últimas copas. Bares de pueblo en los que solía recalar una clientela fija, hombres solitarios con frecuencia con la cara enrojecida y embotada por el alcohol y los ojos chispeantes.

Uno pasaba de un lado a otro de la Calle Mayor e iba percibiendo los efluvios de cada sitio, las imágenes que dejaban ver los ventanillos donde se empentaban los hombres, sonrientes y dicharacheros, con una caña eterna en la mano y un cigarrillo encendido en la otra. El ambiente de fiesta y el barullo de las conversaciones era parte de la calle, su particular banda sonora, y el olor del lomo a la plancha impregnaba el aire y nos abría el apetito a los muchachos que regresábamos de la escuela.

Ignorábamos en aquellos tiempos que el ángel oscuro de la cirrosis se cerniría, por desgracia, sobre algunos hasta borrarles del todo y para siempre la sonrisa de sus caras.