Manuel Gea Rovira.
Bajaste una mañana de abril por la calle del Cubo, cuesta abajo, al amparo de la vieja iglesia de La Soledad, cuando se restauraba con el político jumillano José Miguel Noguera y el ceheginero José Soria, tras los daños de un seismo. Saltastes el riachuelo Argos, por un puente de madera atado con cables a una argolla para que no se lo llevasen los pocos turbiones de avenidas que antes eran más frecuentes. Ahora tenemos alli el punto seguido de la que será avenida de circunvalación al casco antiguo, montada sobre enormes bloques de mármol blanco. Enfrente, un antiguo molino y la acequia que riega la feracidad de los huertecicos de hortalizas escondidos entre meandros del río y bajo las humildes y reformadas viviendas, del pintoresco casco viejo. Te admirabas con tu acompañante Enrique y Cristóbal, de un naranjo y un limonero tras el viejo tapial de huerto recoleto, reliquia botánica del noroeste, clima esquivo a los agrios, la raya del cultivo está entre Mula y Bullas. Varias casonas abajo de la antigua Sinagoga y del Hospital y sus callejuelas con la de dos caras de los Sandoval, cuatro plantas, ¡qué envidia de edificio dieciochesco, con losetas rojas en los suelos, escaleras de difícil, práctico y señorial diseño. Arriba un balcón de forja, todo enrejado, como una jaula con buche de paloma. La gente venía de la capital o la emigración, para adquirir algunos de estos privilegiados edificios, para un verano fresco y una invernada al calor del antiguo hogar de leña. Cehegín se vendía por su pintoresquismo, soledad, su serenidad de barrios sin circulación, los pájaros cantando en cada pequeño jardín con arbolado, mosaico de fachadas antañonas y rejas, poemario de aleros entrelazándose con las golondrinas, un sortilegio de colores restaurados en fachadas al amparo de la Europa que subvenciona. Hay caídas de calles para el espanto, y se puede andar por ellas sin perder el equilibrio. Ni en Cuenca ni en Toledo. Hay exhibición de macetas y flores en umbrales inéditos. Tiene que tener suerte Cehegín, es el mejor pregón urbanístico antiguo de la Región murciana, junto con Caravaca, Mula y Jumilla. que también son señoriales y nobiliarias, Lorca y Totana. Te convocaron como pregonero de Cehegín/1991 y a la entrega del escudo en oro al pregonero Azagra, obispo emérito, escuchaste un recital del actor Béjar, en el 250 aniversario de la Virgen de la Maravillas y dirigiste otro en la iglesia del convento. Era el día del Concurso de bandas de tambores y cornetas que hicieron paradas en la plaza del Mesoncico, cortesía a los enfermos del Hospital de la Real Piedad. Trepando las espectaculares y cómodas escalinatas viste la restauración de la iglesia de La Concepción, la que encerró el vengador-homicida Martín de Ambel, con su artesonado mudéjar. Echaste una mirada desde La Magdalena al fondo de la panorámica urbana con el hotel genial de La Muralla del castillo, centro neurálgico histórico, hoy día con espectáculos insólitos y emotivos como del pregón municipal del pintor Nicolás de Maya. Hoy, todavía te gritan los vencejos desde el Paseo de la Concepción, y una bocanada de oxigeno te aspira recuerdos moriscos entre dédalos de muralla escondida en las casas detrás del palacete de Los Fajardo restaurado por la Escuela Taller con el Museo arqueológico y su protohistoria. Recordaste el orfeón de Alfonso Gil en la iglesia del convento y el que canta la barroca música del Septenario en la Virgen de La Soledad.
Es difícil evadirte de los hechizos misteriosos del casco viejo ceheginero y sus recuerdos de la historia de Begastrí. Volverías al Santo Cristo en la visita de la imagen de Las Maravillas, mes de mayo para un Cehegín de difícil glosa, para un recuerdo y amor indeleble que luego el 25 de julio estallaría en un arrebol de emoción y amores a la divina princesa napolitana, Madre e hijo volviendo al lugar donde la recibieron para ser la Patrona hacía 275 años, que ahora instaura como celebración anual el entregado presidente de la Hermandad de la Patrona Aurelio Ruiz. Te enamora la tarde ceheginera, esa de lapislázuli, con el lujo de dos Peñas Rubias, una en Cehegín y otra en Caravaca, con sus reflejos esmeraldas y guirnaldas de rosas, la del rumor del agua en acequia que bordea entre el río y las casas, todo el casco viejo. La ribera de los antiguos molinos entre La Soledad y el santo Cristo, el sendero del agua encauzada en mini acequias cuidadas como viaductos secretos del fértil huerto, arremolinándose en las haldas de los muros del medioevo. Allí donde el ánimo sereno del ambiente tiene un no se qué de oasis y de convento. Ya se sabe, vas a Cehegín en todo tiempo, pero la tarde y la amanecida permanecen inmutables como paisaje y la quietud te serena el ánimo y como escribía el poeta murciano Házim, o Abul-l-Hasan al-Qartaynni, «pasábamos el tiempo descubriendo los deseos de nuestras almas, mientras las aves nos maravillaban con sus trinos… embriagándonos con el aroma de los árboles y flores.» Es el Cehegín de siempre, aunque todo cambie para quien no hace sendero sosegado, entre sus calles y piedras, al menos en los días de Fiesta septembrina…