Pascual García (pasgarcia62@gmail.com)

Hace poco más de un año que vivo conmigo mismo entre las paredes de un apartamento donde a buen seguro hallaron el secreto de la felicidad sus verdaderos dueños, los que me lo han alquilado a mí. Se nota porque en este tiempo he percibido las buenas vibraciones del espacio, la nobleza de la luz que entra de fuera tamizada por las cortinas de mi dormitorio y del salón. Desayuno y como junto al amplio ventanal que da a la avenida y que me permite la contemplación de un pedazo del cielo, en cambio ceno en la mesita baja frente al televisor, de un modo más desenfadado y frugal, porque las cenas las concibo como un corto refrigerio  antes del sueño. Entro y salgo de mi casa no sin antes saludar a los que me acompañan, tal vez heterónimos u otros alter egos, o viejos fantasmas que siempre han venido conmigo y que en este último trance me están ayudando a descubrirme, a aceptarme y tal vez también a perdonarme.

Reconozco que no ha sido fácil esta nueva etapa, este reencuentro con mi nuevo ser; yo, que apenas soportaba mirarme a un espejo y rechazaba la ilusión de las fotografías, pues como había dicho Borges: los espejos y la cópula son abominables porque repiten al ser humano. Lo de la cópula no lo habría dicho nunca yo, pero es verdad que he compartido con él cierta aversión a los espejos y a las fotos. Y, en cambio, vivir solo constituye básicamente una constante contemplación de ti mismo, aunque hables y te oigas hablar, aunque escribas y leas en voz alta lo escrito, pues cada paso que das, cada puerta que abres o cierras forma una estampa en la que no cesas de buscarte cada día.

También la literatura tiene mucho de gran espejo en el que nos miramos los escritores, porque es muy difícil esta tarea si uno no termina por reconocerse del todo, si no se analiza en profundidad, si no se observa detenidamente y acaba por darse su propio asentimiento. Te apruebas y te concedes tu beneplácito o, al menos, disculpas tantos desaciertos que en el pasado te perturbaron en demasía.

Una mañana te miras al espejo y te dices que tú eres así, el pelo y los ojos negros, el mentón ancho, el cuello corto y los hombros amplios, pequeño de estatura, la boca carnosa y la barbilla de trazo suave, un hombre en plena madurez, que tiene a veces el genio vivo, que conoce el fondo de la fatiga pero también ha llegado a la sala luminosa de ciertos placeres.

Admites que no siempre te trataste bien, que no siempre supiste tu verdadero valor, que no siempre creíste merecer la dicha, y que por eso perdiste en el pasado algún camino hacia la felicidad. Ahora que vives solo, que hablas solo, que duermes solo y que no cesas de estar contigo, lo sabes.

En este año, que te pareció infinito cuando firmaste el contrato de arrendamiento de tu vivienda, has aprendido más que en el resto de tu vida, pese a que has leído mucho menos y has amado lo justo, no más que lo que don Antonio confesaba con humildad y sabiduría en su famoso Retrato.

Ya sabes que hace muchos años cometiste un error    y que los errores se pagan. También sabes que nunca has esquivado el bulto y siempre has dado la cara. Sabes que no necesitas demasiado, que no te han faltado nunca los amigos, que te gusta tu trabajo y que te apasiona la lectura y la escritura.

Así que cada día, mientras te levantas, haces la cama y preparas tu desayuno, que te tomas junto a la ventana, te dices absuelto y libre que la vida es bella y merece la pena.