Ya en la calle el nº 1034

Aulas sin móvil, por Isabel Martínez Llorente

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Aulas sin móvil, por Isabel Martínez Llorente
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Hablan de nuevo, se miran a los ojos, desaparece el nerviosismo, vuelven a ser niños y adolescentes riéndose o contándose las inquietudes propias del tiempo al que pertenecen: son nuestros hijos, nuestros nietos, nuestros alumnos en el patio del instituto. Cuando escribo estas líneas llevamos apenas una semana viviendo en escuelas sin móviles. La Consejería de Educación de la Región de Murcia, prestando oídos a un movimiento generalizado que ya ha calado mucho más allá de las fronteras europeas, prohíbe el uso de este dispositivo en los centros educativos en las Instrucciones dictadas el 3 de enero de 2024. En este documento se reconoce ese “nuevo pararadigma (…) en la construcción de relaciones interpersonales”. Sabemos, con datos, que ha habido un incremento de casos de acoso escolar, que su uso influye de manera directa en los resultados académicos del alumnado.

Muchos de los docentes que trabajamos en centros en los que aún estaba permitido utilizar el móvil en recreos, volvimos el día 8 de enero expectantes. Pensábamos que se nos venía encima un periodo complejo para hacer cumplir la norma. Hemos vivido la ansiedad de alumnos que en vez de prestar atención a la pizarra desviaban la vista constantemente debajo de la mesa; los hemos visto sacar el móvil apenas suena el timbre del cambio de clase para esperar, mirando la pantalla, al siguiente profesor. En los recreos la tristeza se eleva en la percepción sensible de un adulto: era frecuente el grupo de niños sentados en el banco interactuando a través del aparato. Muchos estábamos alarmados. Pero quienes mandan, mandan. Y la prohibición expresa de un organismo oficial junto con la labor de “educación” mediática para ellos y para sus familias que se ha llevado a cabo desde prácticamente todos los medios de comunicación nos ha dado la sorpresa: ni una llamada de atención, ni un solo intento de transgredir la norma (al menos en mi instituto). El engranaje funciona si todos remamos en la misma dirección.

Y es que las personas tardamos muy poquito en acostumbrarnos a todo aquello que mejora nuestra condición vital: ¿qué experiencia puede resultarnos más auténtica que calibrar el calor de la mirada de un amigo?, ¿qué puede ser más gratificante que sentarte junto a tu grupo y reírte del mundo?, ¿cómo puede competir un objeto con la calidez de un hombro en el que apoyarte si el chico que te gusta no te ha saludado por el pasillo?, ¿cuántos vídeos de TikTok pueden sustituir el abrazo de quien te escucha porque la nota de ese examen no responde a tus expectativas? Y así podríamos seguir con un largo etcétera. El ser humano es un ser social por naturaleza, y en ese rito de la comunidad de pertenencia tenemos un gen que nos ha hecho desarrollarnos y seguir vivos como especie. El móvil es un dispositivo plano que no ofrece resistencia, que casi no pesa, es liso: la vida es dura, con aristas entre las que tenemos que aprender a surfear. Desde que nacemos nos acercamos al mundo a través del tacto: el bebé se lleva los objetos a la boca para conocerlos, después lo tocamos todo. Más tarde, comenzamos a comprender con la palabra. Y finalmente, interpretamos incluso lo no dicho, que es, acaso, lo más importante: la entonación de una frase, el guiño escondido, el doble sentido, la ironía, el humor… Nada de eso nos lo da una pantalla.

Abundan los estudios que constatan el perjuicio que causan entre los más jóvenes (y no tan jóvenes). Hace más de diez años que lo venían advirtiendo algunos especialistas. Ya en 2015 la conocida ensayista Catherine L’Ecuyer publicó una obra que rápidamente se convirtió en bestseller, Educar en la realidad, en la que daba cuenta de cómo las pantallas estaban acabando con una condición esencial para que haya aprendizaje y así promulgó que la crisis educativa era, en realidad, una “crisis de la atención”. La multitarea y la distancia con la que contemplamos el mundo, siempre irreal, a través de todos estos artefactos, han llevado a nuestros alumnos a un desapego alarmante por el conocimiento profundo. Internet con su hipertexto y las redes sociales con sus falsos amigos y sus vidas de revista nos han convertido en seres superficiales, tanto como el leve roce del dedo sobre la pantalla. No leemos libros, leemos titulares; no llevamos en la mochila La Odisea para mancharla de café, subrayarla y anotarla, sino que guardamos en la nube toda la biblioteca de Babel a la que nunca accederemos con el reposo que precisa la lectura profunda. Los actuales resultados del Informe PISA, la mayor evaluación internacional del mundo de la OCDE y de la UE para alumnado de 15 años en matemáticas, ciencias y lectura, advierten del retraso generalizado que hemos sufrido en estas áreas.

Los gobiernos han reaccionado, incluido el de nuestra comunidad. Más vale tarde que nunca. En los institutos volvemos a mirarnos a la cara: los poderes que nos gobiernan tienen voz y potestad para hacer las cosas bien, y así ha quedado demostrado con esta medida. Ojalá no hubieran tardado tantos años en ponerle el cascabel al gato.

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