ANTONIO F. JIMÉNEZ

Algunos atardeceres tienen el color de la piel del melocotón. Lo dijo Josep Pla, un lírico de prosas paisajísticas. Me acuerdo dAtardecer en Palafrugelle él estos primeros días de junio, cuando el reloj marca casi las diez de la noche y sobrevive todavía una luz que ya no encortina a los ojos. Solo una vida lenta puede pararse a rememorar un dulce melocotón mientras va a pie de Llofriu a Palafrugell, en el Bajo Ampurdán, y contempla el irse del día por entre los montes, o por entre aquellas casas de adobe de los payeses. Josep Pla escribía cuatro o cinco líneas cada día en una agenda que hacía las veces de diario. Destino lo publicó bajo el título de La vida lenta. Pese a ser despedidas del día muy concisas, Pla hace recuento de todo lo acontecido: sus lecturas, sus visitas, el paisaje de vuelta a casa, sus pensamientos amorosos. Ana Caballé, profesora y biógrafa, ha publicado Pasé la noche escribiendo. ‘Poéticas del diario español’, un diccionario que rescata y recopila ejemplos de la literatura del yo en un país como España, sin tradición autobiográfica. Leí en un escritor que el diario puede ser una buena manera de ejercitar la escritura. Pero eso no vale. Me suena igual que cuando se dice que el cuento es una especie de gimnasia para lograr el músculo de la novela. Cuatro líneas del diario de Pla, escritas sin previsión alguna de que nadie vaya a leerlas, están forjadas desde el mayor deseo literario. Y Samanta Schwebling dice que los cuentos huelen más a lírica. A Samanta la vi en un atardecer de Madrid pintado con el color todavía amarillo de un melocotón joven, como ella, y me acordé del limón de Hernández: Oh limón amarillo, patria de mi calentura. Si te suelto en el aire, oh limón amarillo, me darás un relámpago en resumen.