PEDRO ANTONIO HURTADO GARCÍA

Llegamos a centros oficiales de masiva asistencia. Encontramos de todo, aunque existe singular situación en los ascensores. Largas colas e impaciencia por tomar uno de los elevadores disponibles, mientras, fijamente, observamos, en el indicador superior, la planta por la que circula cada aparato para irnos aproximando al que, teóricamente, menos tiempo tardará en llegar.

Curioso y “divertido” resulta cuando aparece el desplazador vertical y nos apresuramos a querer entrar sin, previamente, dejar salir: ¡¡¡puntapié a la educación!!!. Lo singularmente profundo, llega cuando esa persona, que nunca falta en cada viaje, totalmente indocumentada, carente de información y creída en que todo lo sabe, anuncia que se alejen de la puerta para que cierre el habitáculo, algo que todos sabemos, pero el “falso ascensorista” se erige en capitán de la nave y, probablemente, daría lo que fuere por disponer, en ese momento, de gorra de plato y uniforme para suponerse, a sí mismo, una autoridad del vertical desplazamiento.

“A estas horas, programan parada en todas las plantas”, argumenta, tras observar que ha hecho “escala” en la primera, segunda y tercera altura, sin reparar en que pueden estarlo solicitando desde esos niveles, donde, por cierto, solicitan el servicio pulsando subida y bajada, despreciando la certera eficacia de la dirección deseada.

Si no ocurre así, va y espeta: “el nuestro, es directo”. Y se queda tan convencido. “¿Está pulsada la quinta planta?”, pregunta otro que anda despistado. El “ascensorista” le responde que “no hace falta”, mientras el elevador pasa de largo.

Incapaces somos de decirle al “enteradillo”: “cállese usted, porque nadie le ha preguntado”. Y, “para dar lecciones de exhibición, previamente, realice el cursillo de ascensorista”, porque me lleva usted en tensión. Buenos días.