Jesús Rodríguez Sánchez

A finales del pasado mes de octubre, se celebraron en Calasparra las I Jornadas Gastronómicas del Arroz de Calasparra. Entre las actividades programadas se realizó una charla en la que tuve el honor de participar junto al Ingeniero Forestal, Martín López Sandoval, la bióloga Ana Navarro Sequero y el fotógrafo y naturalista Francisco Campoy. El título, COTO ARROCERO DE CALASPARRA: UN HUMEDAL HECHO POR EL HOMBRE Y UN PARAISO PARA LA FLORA Y LA FAUNA.

Como dije entonces, considero que el Ayuntamiento, organizador de las Jornadas Gastronómicas, tuvo un gran acierto al incluir el valor medioambiental de este cultivo.

A diferencia de otros arrozales de España que se realizan sobre humedales naturales transformándolos, en el caso que nos ocupa, el humedal se crea adosado a otro ya existente, el propio río Segura, ampliando la zona en la que las especies de flora y fauna pueden instalarse o aumentar su distribución. Como creo que todo el mundo sabe, las tierras dedicadas al cultivo de este cereal cambian bastante a lo largo del año. En invierno los campos de cultivo están descansando y el aspecto que ofrecen es el de un barbecho con restos de la paja del arroz. Ciertamente no es su mejor momento desde un punto de vista natural. La explosión de vida se inicia en el momento en que empiezan a inundarse las cajas, en ese momento aparecen como por arte de magia, gran cantidad de invertebrados acuáticos entre los que se incluye un crustáceo, el Triops un bichito que desde el Triásico (220 millones de años), apenas ha cambiado su aspecto. A él se unen gusanos, mosquitos, cangrejos americanos y a continuación anfibios, reptiles, aves, mamíferos… en cantidades variables pero que en conjunto reúnen una enorme biodiversidad. El arrozal inundado y luego también en el proceso de desecación atrae animales de ecosistemas próximos dispuestos a alimentarse de otros. A aves migratorias que hacen parada para reponer fuerzas. Los mosquitos son consumidos a millones por todos, incluidos los murciélagos que cada noche llevan a sus estómagos enormes cantidades. Las funciones ecológicas del arrozal van incluso más allá puesto que depuran el agua, capturan dióxido de carbono de la atmósfera y lo convierten en biomasa, genera carbono orgánico que ayuda a mitigar el cambio climático. La cadena trófica (alimentación) es muy completa, plantas, fitoplacton, zooplacton, bacterias, moluscos y vertebrados que se alimentan de lo anterior y alimentan a los que están más arriba en la pirámide ecológica, garzas que se alimentan de peces, o rapaces que predan sobre aves más pequeñas; incluso las misteriosas nutrias se mueven a sus anchas sobre los campos arroceros. La flora propia de los humedales también acompaña y forma parte de todo este sistema biológico con plantas como espiguilla de agua, ova, anea, carrizo, baladre, zarzamora…, árboles como álamo blanco, fresno (en peligro de extinción) entre otros.

Arrozal de Calasparra (foto Jesús Rodríguez Sánchez)

En definitiva, que estamos ante una práctica agrícola que crea un espacio de gran valor ambiental, probablemente no reconocido al menos en la medida en que mejor se reconocen las cosas, con las ayudas económicas suficientes para las personas que generan y viven de esta actividad humana, agrícola y económica y que si bien tiene como fin principal el de permitir que alguna gente se gane la vida, no podemos ni debemos, y esto, no sólo a nivel local o regional sino sobre todo europeo, olvidar los beneficios ambientales que procura a la comunidad.

Por supuesto, no todo es felicidad en esta actividad; el cultivo del arroz podría mejorar su relación con el medio ambiente recuperando vegetación autóctona en rodales y rincones no cultivados y sobre todo resolviendo satisfactoriamente la eliminación de la paja del arroz.

Aprovechar este espacio para otras actividades de tipo educativo, formativo e incluso turístico ya sería de matrícula de honor.