Pedro Antonio Muñoz Pérez             

(pedroamupe@gmail.com)

El dicho es tan popular que lo he dejado a medias porque casi todo el mundo puede completar la estrofa. Pero no sonrían, estas rimas que hoy nos parecen folclóricas encierran una verdad histórica amarga y dolorosa. Por eso hay siempre cierto retintín malicioso en quienes las recitan a chacota y una sonrisa amarga de resignación en quienes se sienten (nos sentimos) todavía acomplejados por la carga insoportable del sufrimiento de nuestros ancestros. La pobreza, ya se sabe, es siempre un lastre humillante y vergonzoso. Acompáñenme en la búsqueda de algún rastro que justifique el origen de la maldición del “hambre vieja” a que alude esta dichosa coplilla.

Situémonos en unos tiempos, cualquiera de ellos nos vale hasta bien pasada la primera mitad del siglo XX, en los que una mala cosecha traía como consecuencia la falta de pan y la escasez de los bienes básicos de supervivencia, sin que fuera posible paliar las penurias con suministros foráneos. En los años malos, sobre todo si se encadenaban unos cuantos, la ruina era tan generalizada que dificultaba cualquier atisbo de solidaridad. El hambre siempre estaba al acecho, cuando no la hambruna, esa variedad feroz de falta total de alimento que conduce a la desesperación a través del debilitamiento físico, la enfermedad y el consiguiente aumento de la mortalidad. Y todo ello con la resignación como única forma de respuesta. Se entenderá el proverbial estoicismo de las generaciones antiguas, ese fatalismo de nuestros abuelos que, ante la adversidad, los llevaba a encomendarse al sea lo que Dios quiera.

El siglo XVII fue calamitoso. Una conjunción de causas naturales, una de ellas un súbito “cambio climático” que produjo una “pequeña glaciación” de consecuencias desastrosas: hielos y diluvios a destiempo, desajustes en los ciclos naturales de las cosechas…, trajo consigo una crisis demográfica y económica de larga duración.

El siglo XVIII no fue mejor. Largos ciclos de sequía se alternaron con plagas, la más devastadora fue la de langosta (1756-58) que afectó a nuestra zona, de manera que la economía, basada fundamentalmente en la agricultura y en la cabaña ganadera, sufrió serias turbulencias y no acabó de despegar. Si a eso unimos el problema estructural de la propiedad de la tierra y de los rebaños (la mayor parte pertenecía a grandes familias latifundistas de origen nobiliario) y la carencia de un tejido artesanal que sirviera de germen a una industria propia, así como una política proteccionista y gremial que impedía el desarrollo comercial (en manos de intermediarios de origen extranjero, genoveses, franceses…), tenemos las condiciones más adversas para que las crisis de escasez y carestía sacudieran periódicamente no solo nuestra zona, sino toda la región y el país entero, aunque aquí se notaran con mayor virulencia los estragos.

Esta pobreza estructural no se alivió ni se superó con el paso de los años. La nobleza terrateniente y el clero, y posteriormente la naciente burguesía que obtuvo la propiedad de la tierra tras las desamortizaciones, mantuvieron sus privilegios. La mayor parte de la población estaba formada por jornaleros y braceros analfabetos cuya única forma de sustento eran las peonadas eventuales, en un sistema de explotación que se perpetuaba sin posibilidad de mejora, con salarios ínfimos y en un contexto de vida miserable.

Bien entrado el siglo XIX, en El Observador (edición de Madrid), de fecha 6 de marzo de 1850, hemos encontrado una carta desgarradora sobre el azote del hambre en estas tierras, provocado por una pertinaz sequía. La misiva, que se publica sin firma, está fechada en Caravaca, el 27 de febrero, y lleva por título: El terrible azote del hambre nos acosa ya de una manera insoportable. Voy a transcribir parte de su contenido, suficientemente explícito: Personas de edad bastante avanzada cuentan no haber presenciado jamás un estado tan lastimoso. Los campos comprendidos en la jurisdicion de esta ciudad van quedando desiertos: en los partidos de Singla, Caneja,  Archivel y otros, aquellas personas que no han tenido suficiente valor para abandonar la casa en que nacieron, se las ve escuálidas buscar raíces y yerbas que cuecen sin sal, para comerlas sin aceite, ni pan.

Centenares de damnificados, provenientes también de Moratalla, Bullas o Pliego, se veían obligados a emigrar en busca de sustento. Lo que sigue es de una crudeza sin paliativos: Frecuentemente los vemos atravesar la ciudad desnudos, casi en cueros, en caravanas de diez y doce. Vemos una triste madre conducir de la mano dos ó tres hijos pequeños, á la vez que lleva á la espalda en una canasta al que tiene que alimentar con sus escuálidos pechos. Marcha a su lado el padre con semblante triste conduciendo también á la espalda otro niño ó los miserables trastos, únicos restos de su tal cual parada casa. Muchos de estos desgraciados se les ha visto llegar á la plaza de la Verdura, y coger con avidez las hojas de cardo, naranja y otros desperdicios, para comérselas en seguida. A toda hora nos piden limosna familias de seis y ocho individuos, notándose desde luego que la mayor parte nos son desconocidos, y que caminan en el estado mas deplorable.

En 1886, (La Paz de Murcia, 20 de julio), se vuelve a hablar de situación límite en Caravaca y su término. Los labradores y pegujaleros se vieron afectados por los efectos desastrosos de las tormentas, que se habían llevado las mieses en las cañadas de Tarragoya, La Almudema y Singla.

De nuevo, en 1897, el tema del hambre saltaba a las páginas de la prensa escrita. Esta vez en El Diario de Murcia (19 mayo), la crónica de Caravaca rezaba así: Sigue produciendo sus estragos entre los vecinos del campo y de la ciudad, la más terrible de las calamidades que pueden pesar sobre los pueblos, el hambre./ Para atenuar en la medida de lo posible tanta escasez de trabajo y sus naturales consecuencias, se constituyó la Junta de Socorros, y de hoy á mañana se hará la cuestacion entre los vecinos pudientes, para con la cantidad recogida, juntamente con el donativo de las dos mil pesetas del Gobierno (…) remediar por algun tiempo los horrores del estado de miseria en que viven estos desdichados braceros.

A principios del siglo XX, hay noticia de que la situación de indigencia en el colectivo obrero continuaba sin visos de remitir. En El Tiempo, 19 de marzo de 1915, aparece esta información: Los avisos del hambre. Comunican de la aldea de Singla que centenares de obreros sin trabajo y sin recursos, están decididos á venir á Caravaca en manifestación para pedir obras en que puedan trabajar y no se mueran de hambre./ A este número de obreros parados, habrá que agregar otros muchos, que quedarán sin recursos en el mes de Abril, cuando terminen las faenas del cáñamo. Si no se emprenden obras públicas en gran escala, se vislumbra un porvenir muy sombrío.

Y luego vino la guerra civil y la posguerra. Las cartillas de racionamiento, la autarquía, el estraperlo y la misma hambre de siempre. Dice Jesús Navarro Egea que en “los años 40-44 el sueldo de un jornalero (…) rondaba las 3,50-4,50 pesetas la peonada, lo que apenas daba para comprar pan, tasado el kilo en torno a las 13 ptas.” Y todavía habrá quien no le encuentre fundamento o crea que es un chascarrillo: Archivel y Barranda, Singla y Caneja… etc. Un respeto, señoras y señores, por quienes tanto padecieron, que los estómagos llenos no nos vuelvan olvidadizos.

 

  • En la fotografía un grupo familiar de trabajadores en una caldera de destilación de Archivel.