PASCUAL GARCÍA

Yo no sé si es el verano o la cercanía de las fiestas de la vaca, pero por estas fechas me entra un desasosiego de emoción, de temor ignoto, de misterio sorprendente, que viene del pasado, del solar de la infancia y se instala por unos días en cualquier casa donde me halle, en cualquier lugar donde resida, porque la inquietud viene de dentro y de muy lejos y circula por la sangre casi desde el nacimiento, anega el corazón por entero donde se acumulan los sueños de un muchacho extremadamente sensible pero muy pegado a la tierra y a sus arcanos ,extasía los sentidos que en esos instantes se encuentran en una fiesta permanente, embota el cerebro que ya es una algarabía de cohetes tracas, olores animales y montunos y nos acompaña hasta mediados de julio, casi al centro de la estación del estío, aunque he de confesar que en la noche mágica de San Juan, a pesar de que las fechas ya han cambiado, no puedo reprimir un estremecimiento intenso del alma, ese recuerdo obligado a los años en que las vacas entrarían al pueblo a la mañana siguiente y durante toda la noche el adolescente que era yo dormiría inquieto antes de que las campanas mágicas de la Iglesia de La Asunción anunciaran con su toque de arrebato, entre medroso, enigmático y solemne, que el peligro se hallaba cerca, que los animales llegarían en cualquier momento a Moratalla, que estaba a punto de empezar la diana y los pasodobles de la banda de música municipal.

A esas horas por mucho sueño o fatiga que uno llevase encima era inevitable saltar de la cama, vestirse presuroso, beberse la leche casi ardiendo que me había preparado amorosa y eficiente mi madre y salir pitando en dirección al pánico, al peligro y, en un alarde hiperbólico y literario, a la misma muerte quizás.

El resto sería el encuentro anual con viejos amigos que uno no veía apenas salvo de año en año y con los que era preciso compartir novedades y hascarrillos con los que combatíamos el miedo, la reiterada insistencia en chistes manidos, ocurrencias repetidas y antiguos comentarios de siempre y el inevitable susto, la inevitable carrera hasta el boquete o la reja más cercana, las risas, la emoción, el sudor pegajoso de julio, los abrazos, la algarabía masculina, el éxtasis en la cercanía y la contemplación de las vacas, los recuerdos, las calles sucias de excrementos de animales, otra vez la turba humana empujándote porque se habían movido los animales y el miedo era una corriente eléctrica que recorría la Calle Mayor desde el boquete de La Glorieta al de la Plaza de La Iglesia, hasta que poco a poco se producía una relajación ostensible y la música de los bares nos devolvía a la vida de la fiesta, un plato de costillas de cordero, una ensalada de tomate, cebolla y olivas con un buen chorro de aceite de oliva y sal, pan de horno y litros de cerveza y vino para regar bien la pitanza, porque el miedo era necesario combatirlo con los mejores alimentos  y con los vapores del alcohol.

La tarde es una pura murria, han encerrado a las vacas y a los mansos y está uno como vacío por dentro, sin alma, callejeando por el centro entre un puñado de amigos y sin saber bien si debe marcharse a casa a dormir la siesta o continuar la farra y empalmar el día con la  noche, que la vida es corta y el Santísimo Cristo del Rayo sucede solo una vez cada año.

Quedan todavía seis largos días de vaca, recuerda el adolescente que era yo, y se ríe complacido y pletórico.