Ya en la calle el nº 1034

Aquellas soledades entre Caravaca y Vélez Blanco

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Aquellas soledades entre Caravaca y Vélez Blanco
Aquellas soledades entre Caravaca y Vélez Blanco

A Paco e Isabel.

Hay paisajes que son para soñarlos y que quizás no existan, o no los hemos visto y los tenemos ahí, prendidos en nuestra imaginación por lo que quiera que sea, quizás porque no sean más que un mito, una quimera. Sin embargo, hay paisajes cuya verdad es descarnada, que inducen al sufrimiento, en los que intuimos que los hombres se han dejado el sudor y la energía, y hasta el alma. Paisajes que acumulan siglos de trabajo para obtener los frutos de la tierra y ahora los ves ahí yertos, inhóspitos, vulnerables a las iras de los fríos, de los vientos, y también de la avaricia de los hombres sin escrúpulos, que buscan las soledades del campo para formar los vertederos de las ciudades en las que fraguan sus riquezas.

En las lindes de los altiplanos esteparios del occidente caravaqueño con los de Puebla de Don Fadrique y con las torturadas montuosidades de Vélez Blanco los paisajes se descaran en su rotunda realidad y expresan los tiempos con transparencia, desde que la furia de la tierra los construyó, levantándolos de los océanos cretácicos y dotándolos de la paleta de colores que le dan calizas, yesos, margas y arcillas, hasta que los hombres y sus fieles animales de trabajo los labraron, talaron sus bosques y formaron el intrincado tablero rural que estuvo vivo hasta hace cuatro o cinco décadas.

En ese rincón de la tierra que digo nada es mentira, nadie dulcifica su dureza, y las gentes que lo vivieron tuvieron que dejarlo. Igual que en tiempos pasados se pobló de cortijadas y pequeñas aldeas, en tiempos recientes ha visto como una oleada de olvido ha cubierto la tierra de soledad, de construcciones abandonadas, y de restos de aquello que fue.

Sin embargo, si profundizas en el éxodo y encuentras a quienes lo engrosaron y rascas en ello aparece la emoción, porque lo humano nunca es inane, late en el tiempo hasta que la largura del olvido es tan grande que lo convierte en un erial. La vida emerge como esas iglesias enterradas en las aguas de los pantanos que se manifiestan en los tiempos de sequía.

En la aldea abandonada de Derde los que allí vivieron acuden cada año a su ermita a celebrar que existieron en ese sitio, en cuya escuela, construida por ellos mismos, alguien escribió en el amaestrado resquebrajado de una pared: “mi escuela”. En Bugéjar, también deshabitado, los vecinos se reúnen cada verano, celebran misa en la ermita de La Encarnación, bailan y en suma se resisten al olvido.

Aquellas soledades entre Caravaca y Vélez Blanco
 Recreación de Derde, el monte Gabar, y campos de Vélez Blanco. Por Juan Francisco Jordán Montes

A lo largo y ancho de este retal de España permanece a trozos el espacio productivo, pero la vida campesina que lo construyó en el transcurrir de los siglos solo se manifiesta en la herrumbre de algún arado que te encuentras entre los muros de un cortijo abandonado, o en los textiles en descomposición de la pleita que formó la última capa de los aperos de la vida.

O también en los sitios de tronío, como el Alcaide, que renombra al río Caramel apodándolo “río del Alcaide”, porque a un par de kilómetros del poblado y en su ribera está el molino, cuyas ruinas apenas sobreviven y eso que fue uno de los más importantes del lugar. El Alcaide tuvo que ser lugar de colonos y de señorío. Según Andrés Motos1, “Andrés el Bueno”, el Alcaide lo formaban ocho fincas con ermita propia, un pilar con dos caños de agua y el sobrante regaba una pequeña huerta y en el secano un majuelo de viña y dos bodegas en que se elaboraba un vino especial. La ermita la mandaron construir los señores y propietarios del lugar porque un día del Señor fueron los vecinos a la misa, a Derde, que era su parroquia de referencia, y se formó tal tormenta que mató siete caballerías y un cerdo. Ese día prometieron construir ermita propia, y así lo hicieron, y fue en honor a la virgen de Guadalupe, quizás porque el lugar está cerca de la cortijada de Guadalupe y de la robusta sierra del mismo nombre, cuyo último espolón vigila al poblado. Esa sierra y otras cercanas fueron lugar propicio para los lobos, a los que achacaban escabrosos sucesos, unas veces ciertos y otras no. Por allí cuentan que el último lobo que hubo fue el de la Culebrina, diputación lorquina que está allí cerca. Relata Diego Artero Reche2 que al lobo de la Culebrina lo mataron tendiéndole una trampa en la ribera del río Claro, utilizando para ello el señuelo de un corderillo.

En este entorno y en sus cercanías, por donde transita el histórico camino de Caravaca a Vélez Blanco, se ensanchan los campos, por Alcoluche –“el Coluche”-, los llanos de Abarca y la Hoya del Marqués, entre otros lugares que dieron buen trigo.

Pero mirando al norte la tierra se encrespa antes de los campos altos de Caravaca porque las fuerzas hercúleas que conmovieron el planeta durante la orogenia alpina hasta hace unos seis millones de años arrastraron potentes masas de rocas sedimentarias de origen marino hasta cesar en su empeño. En ese trozo del término de Vélez Blanco los hombres poblaron las serrezuelas y sus ondulaciones allí donde la Rambla Mayor y sus tributarios lo permitieron. Al pie de los calares de Manrubio o del Macheño, junto a los cerros, como el de Tello, entre las torturadas barranqueras de la Cueva Ambrosio o de la Solana de Pontes, crecieron carrascales, manchas de pinar o matorrales resistentes al frío y a la sequedad, pero también cortijadas que dieron cobijo a decenas de familias hasta que el terremoto del éxodo se las llevó a las ciudades del levante español o a los pueblos cercanos. Entre otras, a la de mi amigo Paco, Paco “del Cerro”.

Aquellas soledades entre Caravaca y Vélez Blanco
Cueva Ambrosio | Foto: Jesús López

Paco vivió, nació, se crio e hizo parte de su vida en El Cerro, que está en la diputación rural de Santonje. Desde muy joven, casi un crío, cultivó las tierras que llevaba su familia. Paco tenía cierta aversión por el pastoreo, que era lo que primero se encargaba a los zagales en esos tiempos. Se tenían que hacer responsables de los borregos o del ganado vacío, lo cual no era cosa sencilla. En invierno, al deshacerse la nieve y empezar a asomar las yetas de las cebadas, las ovejas se tiraban al bancal y no había manera de gobernarlas, y en otras estaciones del año pasaban cosas parecidas. Así que con catorce años le dijo a su padre: “Padre, usted ocúpese del ganado que yo voy a llevar la tierra”. Y así lo hizo. A esa edad formó su primer sementero. En qué se vio para ponerle el ubio a las mulas y para terminarlas de uncir; pero ni la labranza, ni la siembra, ni el acarreo de la mies, ni la trilla amedrentaban a Paco. Ni tampoco trabajar desde la salida a la puesta del sol cuando tenían que echar dos uncías en los días de labores más largas.

Aquellas soledades entre Caravaca y Vélez Blanco
Paco «del Cerro» en su cortijo | Foto: Jesús López

Pero todo no iba a ser padecimiento y trabajo. En esos años era corriente enjaretar buenos bailes de parrandas en los cortijos, a los que acudía la gente de esa comunidad rural y de otras vecinas, y de los bailes salieron muchos emparejamientos. Aunque Paco no tuvo que andar mucho para encontrar a la que sigue siendo la mujer de su vida, Isabel, del cortijo de La Loma, allí mismo, tirando para el estrecho de Santonje. Isabel destila bondad, como tanta gente de esa parte de Vélez Blanco, de Topares y de esos dispersos de los que hablamos. A veces me da por pensar que el terreno de donde es uno imprime carácter y por eso pienso que la gente en ese sitio es buena. Pero eso son ideas que a mí me dan y a lo mejor estaré equivocado, aunque en el caso que señalo doy fe que es así. Quizás por eso Isabel, de la Loma, y Paco, del Cerro, han mantenido esa lealtad mutua que subyace en la buena gente y que los hará solidarios hasta que el destino decida, de acuerdo a su caprichosa manera de ordenar el tiempo. Después de casados hicieron su vida y criaron a sus hijos en Caravaca, pero seguramente, para la eternidad, sus almas quedarán prendidas en los cerros y las llanuras onduladas del campo de Santonje.

1 ANDRÉS MOTOS FAJARDO (1980): Memorias. Texto transcrito y mecanografiado por Mariano Moreno Requena y Joaquín Pascual Sánchez Onteniente

2 RECHE ARTERO, D. (2014): El lobo de la culebrina. Relatos velezanos. Centro de estudios velezanos

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Un comentario

  1. No soy asiduo a este periodico digital la verdad, pero al ver la noticia no he podido obviarla y no leerla, este rincon del noroeste murciano es uno de mis favoritos sin lugar a dudas, como aficionado al 4×4 y a la moto de campo, me apasiona circular por esos caminos arcillosos de tierra blanca, con sus colinas y bancales, te puedes pegar horas sin repetir caminos, cruzando los pueblitos como los royos, el moralejo, la junquera…entre cereales y carrascas. Recuerdo la primera vez que pase por alli, era mayo y estaba el campo preciosos, al llegar a retamalejo y verlo todo abandonado, al igual que mancheño…me dolio tanto ver esos pueblos asi, como si hubiera sido mi hogar, ver esas aldeas vacias y los paisajes esteparios, dan una sensacion de soledad y nostalgia que siempre siento al visitar esos lares, me alegro que la gente mencione estas latitudes y que no soy el unico que les gusta, un saludo

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