Pedro Antonio Martínez Robles

Yo he visto a braceros fumar con delectación cuando fumar no constituía un hábito incontrolable, sino un rito que se cumplía sistemáticamente en determinados momentos; por ejemplo, a las dos horas de iniciarse en el tajo, o después del almuerzo, o al atardecer. Buscaban un lugar cómodo para sentarse, sacaban su pequeño libro y su petaca de picadura, y antes de ponerse entre los dedos la delgadísima hoja del papel de fumar, se limpiaban la palma de la mano en la pechera del chaleco o del blusón de faena, como lo hace Walter Brennan en la película de El forastero cuando, sentados ambos sobre las peñas de un declive montuoso, Gary Cooper le ofrece un mechón de cabello de la actriz preferida del viejo juez para intentar sobornarlo y eludir así la aspereza mortal de la soga en el cuello.

Esa manera de fumar en los braceros, o en los labradores, o en los agricultores hasta hace 35 o 40 años que yo presenciaba cuando era un crío, era una costumbre casi saludable y, ante todo, respetuosa. No fumarían más de media docena de cigarrillos de picadura al día, pero había en el desarrollo de ese ritual —desde el momento en que se sentaban para fumar, sacaban la petaca, se ponían el papel entre los dedos, vertían en él la picadura, ensalivaban el borde y liaban pacientemente el cigarro, le prendían fuego con el chisquero y se lo llevaban a los labios— una conducta íntima, personal, que hacía del momento un acto casi sagrado; algo así como atizar el fuego del hogar en las noches de invierno y soledad, o pasar el cepillo a un disco de vinilo antes de ponerlo en el giradiscos. Creo no equivocarme en lo que digo si digo que podía percibirse en estos actos una apacible comunión entre el hombre y la materia, o lo que es lo mismo, un encuentro del hombre consigo mismo, aunque el vehículo material (o precisamente por eso) fuera algo tan inconsistente como el humo exhalado, tan inaprensible como el fuego atizado, o tan inapreciable como el polvo en los surcos del vinilo. Pero el hombre, codicioso por naturaleza, acaba por malear todo aquello que le es dado para su disfrute, y ya no puede atizar el fuego, pues se calienta hoy con métodos en apariencia más asépticos pero mucho más impersonales, ni necesita limpiar los surcos del vinilo porque la música suena mejor (aunque, tal vez, se disfrute menos) en esos discos compactos que ahora lee un láser, y empezó a dejar de fumar en el momento en que convirtió el rito, con toda su carga de humanidad, en un hábito compulsivo e incontrolado, en un vicio deleznable.

Siempre nos pasa lo mismo: queremos bebernos toda la vida de golpe, y así no es de extrañar que nos vayamos ahogando cada día un poco más.