Aplausos para el nuevo cura de Bullas

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ANTONIO F. JIMÉNEZ
El ambiente no es esta vez de despedida, sino de acogida, pero el tiempo se ha removido y está el cielo tristón y pintado de nublos. Algunos hombres que esperan en la puerta de la Iglesia con el último cigarrillo conversan entre ellos y dicen que, si la cosa se tercia, algún chispeo caerá. Es 8 de septiembre. Se avecinan a Bullas el cambio estacional y el nuevo cura. La gAbrazado sacerdotesente anda nerviosa, porque lo novedoso es siempre inquietante.
En los bancos de la Iglesia de Ntra. Señora del Rosario no sólo hay bulleros expectantes esperando ver a su nuevo sacerdote, don Miguel Conesa. Han venido también cartageneros de la parroquia de Ntra. Señora de la Esperanza para despedirse definitivamente del que ha sido su párroco durante tres años. También vienen de Espinardo, la tierra de don Miguel, sus amigos y familia, que no quieren perderse la toma de posesión de su paisano en la parroquia de Ntra. Señora del Rosario, una «pequeña pero intensa parcela del Reino de Dios», en palabras de Lope Nadal, el seminarista de Bullas, que acogió a Don Miguel Conesa al final de la misa con unas palabras de esperanza y agradecimiento, y le confió la ayuda de todo el pueblo.
El altar está repleto de albas. Unas veinte. Hay más seminaristas que sacerdotes. Que no está mal, dice el Vicario Episcopal de Mula-Caravaca, don Jesús Aguilar, en su homilía. «Este año entrarán al seminario 39 jóvenes, que es sorprendente en comparación con otras diócesis. Aquí, Bullas nos ha dado y sigue dando muchísimos sacerdotes. Lo tengo claro: es la Virgen la que obra ese milagro. Don Miguel, al que conozco de siempre, es un enamorado de la Virgen María, que hoy celebramos el día de su nacimiento, por eso yo le pido esta tarde a Ella que proteja a vuestro nuevo párroco, que nace ahora a vosotros, y que lo cuide y lo acompañe en medio de todos», ha expresado Aguilar.
Sobre la mesa del altar, el nuevo párroco, don Miguel, firma la toma de posesión. Ha renovado sus promesas como sacerdote. Ya es el cura de Bullas. Todo el mundo aplaude con aplausos que retumban en las paredes, en los oídos, como gotones de lluvia. Afuera, dicen, chispea. Ya era hora. Mientras tanto, en el templo, al nuevo cura lo acoge en el altar el resto de ministros, que le dan el abrazo de bienvenida igual que cuando se lo dieron el día de su ordenación. Ahora, acompañado por el Vicario y dos seminaristas, don Miguel visita los lugares más importantes de la Iglesia. Primero el sagrario, segundo la pila bautismal y tercero el confesionario. Cuando pasa por al lado de la cámara de fotos, no rehúye ni se espanta. Mira con una sonrisa dulce y buena. Los que comulgaron con él dicen que tenía esa misma dulzura en el rostro mientras daba el cuerpo de Cristo. Después del himno a la Virgen del Rosario, que nos recuerda que pronto están aquí las fiestas de Bullas, don Miguel ha alabado a la Virgen y ha dicho que cuando el Obispo lo llamó para marcarle su nuevo destino, se acordó de su antiguo director espiritual, don Dámaso, cuando a éste, que estaba en una parroquia pequeña, lo llamaron para enviarlo a otra de mayor envergadura en Yecla. El salto es grande. «Me siento ahora como don Dámaso, pero me tranquiliza cuando pienso que esto es del Señor, que hacer su voluntad siempre da paz y marca el camino correcto». De nuevo y para el cierre los aplausos feroces, sentidos, ensordecedores, cálidos.
Afuera está el suelo mojado y corre un aire fresco y limpio. Después de tomar algo en el Salón Parroquial, la gente se va marchando a su casa. Don Miguel está en el pasillo, recibiendo presentaciones y dando el último adiós a sus cartageneros, que se marchan con los ojos enrojecidos. Para ellos es una despedida. Aquí se queda ahora el que fuera su párroco, don Miguel Conesa, en Bullas, un pueblo donde nieva. Ha venido del mar a la montaña. Como un peregrino, como un mensajero. «¡Qué hermosos son sobre los montes los pies del mensajero que anuncia la paz, que trae buenas nuevas!». (Isaías 52: 7-10).

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