JOSÉ ANTONIO MELGARES
Parece como si hubiera nacido para el trabajo al que siempre se dedicó y para el que vive vocacionalmente, no entendiéndose su existencia sin la indumentaria apropiada para el profesional de la restauración. Me refiero a Antonio Muñoz Robles, quien vino al mundo durante el otoño de 1951 en el seno del matrimonio integrado por Alfonso Muñoz de Paco (popular y cariñosamente conocido como el Chato) e Isabel Robles López, quienes habían establecido el domicilio familiar primero en La Puentecilla y, posteriormente en la C. Planchas.


Antonio es el mayor de los cuatro hijos del matrimonio, siguiéndole en la llegada al mundo Carmen, Cristóbal y Encarna. Su formación se inició en el colegio de las Monjas de la Consolación, donde compartió pupitre con su amigo de toda la vida Ricardo Nevado y, posteriormente en la escuela de D. Vicente donde recuerda compañeros como Rafael Campos y los hermanos José María y Antonio Porras Gómez.
Se incorporó a la vida laboral muy pronto en el Bar La Oficina con Rosendo Romera, teniendo que usar un cajón de madera para llegar a la barra donde comenzó fregando vasos. Allí coincidió, en los primeros años sesenta, con gente que también se abrió camino en el mundo de la restauración, como El Cañota (que se ocupaba de la barra), y Virgilio. Cobraba 150 pts. al mes y recuerda haber empleado su primer sueldo en la adquisición de crema Famos para curar las grietas y sabañones de sus manos, en un tiempo en que se carecía de agua caliente.
Entre sus primeros clientes recuerda a Mariano Garcia-Esteller Bañón, a quien diariamente servía el desayuno, y quien un día le prometió un duro si aprendía de memoria una larga cita literaria que a la mañana siguiente le recitó sin titubear.
En La Oficina permaneció por espacio de tiempo no superior a un año, pues Antonio López Moya lo fichó para El Patio Andaluz, donde ya comenzó a trabajar en la barra del mismo, coincidiendo con Ginés El Mata, José y un chico que los lunes venía de Cehegín a apoyar en el trabajo, por ser día de mercado. Del Patio Andaluz marchó al Círculo Mercantil requerido por Antonio El Gómez (quien luego abrió el recordado bar Las Vegas en la Gran Vía), coincidiendo allí con el Jodar y Manolo (cuñado del Gómez).
Atraído por una oferta laboral que le hizo Romualdo López Bustamante en la Fábrica del Chocolate, por la que percibiría 430 pts. mensuales, se marchó a aquella, ocupándose unos meses (a lo largo de 1968) de una máquina de refinado de chocolate. De aquella época recuerda a compañeros entrañables como el Peluso, Perico el Teniente, Domingo; el chofer de la furgoneta: Fernando el del Molino y Miguel Caravana entre otros.
Con dieciocho años marchó a Mallorca a trabajar en el Hotel Continental y, desde allí a Madrid donde, durante cinco meses se colocó en el restaurante La Fragua que abría sus puertas a la C. Serrano y donde cobraba 6. 500 pts. mensuales.
Interrumpió la vida laboral a causa del Servicio Militar que hizo en San Javier, en el Ejército del Aire, donde coincidió con su luego cuñado José María Porras y con Pedro (de la Renault ); y ya con los papeles bajo el brazo como entonces se decía de quienes habían cumplido sus obligaciones militares, obtuvo trabajo, en 1973, en restaurante murciano El Rincón de Pepe donde permaneció hasta 1986, cuando con colegas como Agustín Muñoz Cano y Mariano Carrasco López, montaron el restaurante El Rocío el la C. Batalla de Flores de la capital, hasta 1999 en que se atrevió, en solitario y con muy buenos resultados, a abrir su propio restaurante: Alborada, primero en la C. Lepanto y luego, desde 2008 hasta el día de hoy en la C. Andrés Baquero de Murcia.

En 1976 contrajo matrimonio con la caravaqueña Puri Sánchez Martínez, de la familia de los Pedreras, con quien trajo al mundo a sus dos hijos: Isabel y David, con quienes comparte el negocio familiar de restauración ya mencionado.
A pesar de su trayectoria profesional por las tierras de España, nunca decayó en su entusiasmo por Caravaca y los amigos de toda la vida. De niño formó parte de la sección infantil de la cábila de Los Rifeños, a la que pertenecía su padre, y en los últimos años sesenta se incorporó al grupo cristiano festero de los Caballeros de Navarra bajo el mando entonces de Francisco Sánchez Arias, en el seno del cual nació una peña caballista ocasional que vistió una yegua con el nombre de La Maja cuya indumentaria corrió a cargo de Jaime Talavera, que corrió en la Cuesta con Paco Retales, Pepe Máquinas, Martín y el propio Antonio.
Su pasión caballista le ocasionó un serio accidente (del que se siente orgulloso pues una herida caballista es una marca caravaqueña de la que sólo pueden presumir algunos) en 1991 cuando, junto al tercer pino de la Cuesta, y formando parte de la peña Gavilán, le alcanzó un caballo de Juan el Gamba, por culpa de un despiste. En la actualidad, aunque sólo tangencialmente, aporta su experiencia y participa en la retaguardia de la peña Mini Púa, en la que sus sobrinos le mantienen encendido el fervor caballista.
Recuerda su época de festero en activo, en el seno de la familia Navarra, donde como quien esto escribe, quienes tenemos pasado en ella nos sentimos no sólo unidos por simbólicas cadenas, sino por lazos profundos de sentimiento. Allí compartió filas y escuchó muchos aplausos, junto a los mencionados Paco Dimas, Pepe Máquinas y Paco Retales; y también junto al Pelargón, Pepito el Peluqueroy Pepe Muñoz Arabí, habiendo participado en su momento en el montaje y puesta en escena del espectáculo musical Fantasía de Colores que dirigió, para recaudar fondos con que financiar la salida del citado grupo cristiano, Antonio Medina.
Desde donde reside, por razones de oficio, mira a diario a Caravaca, donde mantiene casa abierta de fines de semana y temporadas vacacionales, en la C. de San Jorge, a la que piensa volver para pasar la vejez cuando su hijo David se haga cargo del negocio familiar. Entonces podrá compartir su tiempo con los amigos: Vicente Laborda, Salvador Pelargón, Antonio Ros y otros, viendo seguir ganando trofeos al Real Madrid y continuar cosechando triunfos en los ruedos al torero José Tomás; aunque por el momento, en el horizonte cercano de la vida, sólo contempla seguir trabajando, lo único que dice saber hacer desde que tiene uso de razón.