PASCUAL GARCÍA

Dice el emperador Adriano en alguna parte de la extraordinaria novela de Margarite Yourcenar que para llegar al espíritu es necesario pasar antes por el cuerpo; cuando leí esto me di cuenta de que Adriano, tal y como nos narra la genial novelista francesa, habita, por fortuna, un tiempo sin dioses, pues el antiguo politeísmo ya apenas tiene vigencia y el nuevo Dios cristiano todavía no ha llegado. Entonces pensé que solo en esa época podía formularse un juicio tan moderno como ése, tan exento de prejuicios platónicos que, en mi opinión harían demasiado daño a nuestro credo. Despreciar la carne como fuente de pecados y abrazar a la vez al inasible espíritu solo puede concebirMemorias de Adrianose si uno alberga alguna clase de trauma o pretende desasirse de los compromisos ígneos que la pasión impone como dulce arancel para los amantes. Reconozco que me gustó la frescura y la libertad en las que había nacido aquel aserto y así, he venido utilizándolo desde entonces.
Antes del espíritu, la carne, en efecto, y no necesariamente la perfección de un cuerpo que se ajuste a unas medidas convencionales con las que nunca he comulgado, sino el efecto misterioso de algún detalle físico: el mohín de una sonrisa diferente, los ojos rasgados en exceso, pequeños pero vivaces, acuosos, enormes y azules como el océano, el perfil de unos senos que intuimos generosos o menudos y elegantes, las manos chicas y la boca grande o sumisa u oferente, la nuca despejada y el cabello suelto sobre los hombros o muy corto.
Algo de todo esto nos sobresaltó a cada uno de nosotros cuando vimos por vez primera a la mujer de nuestra vida. Y ni siquiera fuimos conscientes de que no se trataba de una virtud física ni de un olor fragante con el que la relacionaríamos a partir de ese momento del mismo modo que encontraríamos una canción o una melodía que nos perteneciera a ambos en exclusiva.
Porque antes del amor, sentimos el escalofrío de esas secretas reacciones químicas, incontrolables, invisibles y concluyentes que se desatan cuando nuestros sentidos perciben el enigma de lo femenino, el numen recóndito de su sensualidad tan extraña y diferente a la nuestra. Y aún más, un determinado olor, un color preciso del cabello, un gesto único o un rostro original e inédito, que para el resto del género humano no solo pasan desapercibidos, sino que ni siquiera son valorados de una forma positiva, porque nadie contempla del modo más equivocado a una mujer que el hombre que está empezando a enamorarse de ella y nadie es menos objetivo, menos ecuánime y menos justo. De lo contrario los feos no tendríamos una oportunidad.
Antes del amor, de la certidumbre del fracaso inexorable, del olvido repetido, de la vulgar sensación de saciedad, todo es un tobogán dislocado y temerario por el que pasamos sin brida y sin freno un día y otro hasta que resulta insoportable y el propio cuerpo pone coto a tanto gusto.
Estamos ciegos, porque vamos de endorfina hasta arriba, y se nos cierra el estómago, nos arde la cabeza, nos bulle la barriga, nos palpita el corazón y las venas y un mareíllo sintomático nos sobreviene de vez en cuando.
Pero en esos días no hay nadie más feliz sobre la tierra que nosotros ni con mejor suerte ni más atractivos. Igual da nuestra posición económica, nuestra edad, nuestra formación o el color de nuestros ojos y de nuestra piel. Sabemos que hemos sido elegidos para ser felices y que esto no lo va a impedir nadie, aunque sospechemos que no será para siempre y que un día u otro desparecerán los efectos y, a cambio, quedarán los afectos, el amor verdadero o el cariño.
Pero que no se pierda nadie lo que hay antes.