Ya en la calle el nº 1034

Antes de olvidar, por María Martínez Valero

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Antes de olvidar, por María Martínez Valero
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María Martínez Valero

-No puedo más, esto es infernal. A sus once años el mundo todo es puro desencanto. – ¿Qué le pasa? -Los críos de ahora, que tienen lo que quieren y con nada se conforman…- ¡Desde luego…! – Se aburre enseguida, no habla y monta unas. Nada más que está con el teléfono y los videojuegos, eso es lo único que le gusta. -Anda que sí, estamos apañados. –Si es que los zagales de hoy…

A los lloros primigenios se les encuentra pronto consuelo efectivo. El teléfono paterno hace las veces de reposo en el supermercado, de somnífero a la noche y hasta para abrir boca en los más exquisitos. Del riesgo de derrumbe se ocupa un práctico soporte a la manera de atril, colocado en la barra del carricoche, accesible por un módico precio, euro arriba, euro abajo, en función de las funciones y la estética. Para los más atrevidos, sostener, gruñir y lamentar.

Más adelante es el lenguaje y con él, el chantaje: pórtate bien y te lo doy; podrás ver la vida entera. Y así transcurren paliativamente clips de inocentes canciones, dibujillos animados, perros, gatos y seres varios, comidas jugosas, plantas salvajes, escenas indescriptibles… ¡Mira cómo baila el cerdito mientras se tira por un tobogán a una piscina de bolas!… En fin, el mundo todo y más, a cachitos, veloz, plano y luminoso. La mirada de quien no se reconoce en el espejo aún, entregada a la representación de lo presentado; no puede distinguir las sombras de los objetos, encadenada.

En el encuentro con sus coetáneos se agrupan las criaturas los sábados y festivos para compartir batallas y pantallas mientras sus centinelas gustan del merecido acto social; recuerdos de batallas y también pantallas, cada vez más.

Quiero el juego, quiero (los primeros quince minutos de) la película, quiero el móvil-realidad…Toma, aquí está, pon tu atención, dame un respiro, siéntate, para. Y el frenetismo estático va arraigándose en su voluble mente en formación. El vicio se solidifica en su cabeza, alejando la curiosidad y sepultando lo creativo lejos de sus frentes, que para algo tiene ya la vida entera enfrente. ¿Cómo aprender a hacer? ¿Para qué?

Te portas mal, ergo, castigado sin móvil.

Antes de olvidar, por María Martínez Valero

Luego llega la Primera Comunión y con ella la play, la wii, la xbox…y por supuesto, ¡el propio teléfono! El verdadero acto comunal. Comunícate, vamos. Crea tu identidad digital, el desdoblamiento del yo actante del yo representado, cuando no se es todavía lo primero. Crea tu deseo sensual, obviando a Eros, pasando por encima del misterio cálido, directo a lo pornográfico. Crea un universo que te arrope con ideas prestadas, necesidades urgentes y materialismo feroz. Así serás creado.

¿Cómo juzgar su desencanto?, ¿cómo acusar a la víctima del crimen? No lo elige, no lo razona. ¡No puede! Si no eres capaz de medirte ni tú, dulce infante de experiencias solo mundanas. Las nuevas existencias están siendo abocadas a la adicción. Y que no me hablen de moderar, racionalizar, gestionar y bla bla bla. ¡Esta salvación requiere de extremos! Fuera lo tecnológico de la infancia; fuera lo tecnológico como base de progreso educativo; fuera lo tecnológico del valiosísimo tiempo de espera, agitación, enfado, euforia, descanso, observación, goce y demás estados vetados. Y sí, el agotamiento de los cuidadores; y sí, el poco tiempo de que se dispone; y sí, no es fácil. Pero se trata de los niños y niñas que están sufriendo un daño quién sabe si reparable.

¿Es la petición de una ley que prohíba los teléfonos hasta los dieciséis años la solución? Así lo sueñan esas más de 60.000 personas que han firmado en Change.org apoyando la plataforma Adolescencia libre de móviles que persigue frenar su tenencia hasta el fin de la Educación Secundaria Obligatoria. Sorprende conocer que la Región de Murcia se suma a partir de enero de 2024 a la resolución ya instaurada en otras comunidades de vetar el teléfono en horas lectivas, salvo requerimiento docente.

Esta fatalidad nos involucra a todas las generaciones. Los pequeños y púberes son vulnerables por su mente en formación, por ser su único mundo conocido, pero, ¿qué hay de los adultos? Privar del móvil a aquellos mientras estos seguimos hundiéndonos en el mismo embotamiento hipócrita no liberará. Es preciso comprometerse, partiendo desde lo íntimo para llegar a lo social. Desconectemos, limitemos el uso, digamos no a este sinsentido del ruido invadiendo todos los espacios. Ignorar el teléfono hoy es un acto de rebeldía. Por ello, resiste en el semáforo, aguanta en la sala de espera, camina admirando o pensando sin más, pon presencia en los momentos donde el tedio y el vicio te llaman al atracón de estímulos, no renuncies a las miradas de los otros, aunque sea supuestamente un momento.

Sergio Legaz, autor del valiosísimo ensayo divulgativo Sal de la máquina. Una guía para sobrevivir a la distopía de los smartphones (2017, Madrid) tiene claro el papel que nos toca desempeñar: “somos la última generación capaz de recordar, comparar e interpretar el antes y el después de la pequeña pantalla omnipresente. La responsabilidad es, por tanto, enorme. A nosotros y a nadie más nos corresponde la reflexión y la decisión sobre cuál de los dos mundos deseamos preservar y transmitir a cada nueva criatura que nace” (p.56).

Quizás el recuerdo todavía pueda salvarnos, antes de olvidar.

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