Pascual García/garcíapascual@hotmail.com

Eran años aquellos de penumbra, o al menos uno los recuerda de este modo, no sólo porque nos hallábamos saliendo de un especie de túnel siniestro en lo económico y en lo político, sino porque apenas había luz real en las calles y en las casas. La corriente eléctrica iba a 125 y, para colmo, la instalación tan endeble, que en cualquier momento se fundían los fusibles (los plomos, decíamos) y se iba la luz. Las calles se iluminaban con bombillas sucias de tiempo, que estaban sujetas a cables sospechosos y mugrientos. A veces se adornaban con un portalámparas, pero lo normal era que lucieran solitarias y cutres de las esquinas melladas donde se las había colocado, en torno de las cuales solía merodear alguna salamanquesa.

En las casas sucedía algo semejante. Las peras caían del techo y a su alrededor alguien había confeccionado con papel celofán una suerte de ornato, pero su intensidad en las largas noches del invierno era exigua, tanto que el fuego de la chimenea solía dar más viveza a los rostros sumidos en la monotonía de las trasnochadas que la propia electricidad. Tal vez por esto y por no gastar en exceso, las casas solían estar casi a oscuras, con el fuego prendido y el runrún de las conversaciones reiteradas

Mi madre compró dos portalámparas para el salón y para el dormitorio de matrimonio. Fue todo un acontecimiento porque en cada uno había al menos cinco pequeñas bombillas, de las cuales sólo quedaban encendidas de un modo habitual dos o tres. De manera que, conforme se iba fundiendo alguna, mi madre apretaba la que seguía sin uso.

Del cabecero de los dormitorios colgaba una llave a modo de pulsador, muy práctica, porque en cualquier momento de la noche, uno sólo tenía que extender una mano y localizar la llave o el cable y dar la luz. En ocasiones, estos viejos utensilios iban engalanados por una especie de puntilla, que tejían las mujeres de la casa para otorgarles una cierta prestancia femenina a este pequeño y útil instrumento. Tampoco el tamaño de las ventanas o de las puertas ayudaba mucho. Las casas debían tener aberturas controladas, porque la vista directa y fácil desde fuera era un signo de imprudencia por parte de los dueños. Las mujeres hacían sus tareas ajenas a la curiosidad malsana de los hombres o de las vecinas. Todo debía permanecer en secreto, encerrado, porque la exposición excesiva resultaba inmoral, ya fuese de la piel o de las ideas.

Era una España en tinieblas, recogida y recelosa, que despreciaba las luces de Europa y, en general, cualquier tipo de luces, pues era el negro, el luto, la sobriedad y el aburrimiento gris los colores que primaban en aquellos años.

En la casa de mi abuela Rosa había unas llaves a modo de manivela para prender la luz, pero no en todas las habitaciones había electricidad, sólo en las estrictamente precisas, aunque en verano esta semipenumbra lograba el beneficio de la frescura en las horas terribles de la siesta. Las casas estaban cerradas a cal y canto, los interiores oscuros, el aire detenido y sus moradores podían luchar contra la calina insufrible del exterior, como si se hallaran en una cueva húmeda, donde nunca hubiesen llegado los rayos del sol. Los muchachos simulábamos una siesta breve y con altercados, tendidos en un viejo colchón de lana, que mi abuela Rosa extendía en uno de los dormitorios de la casa, cuyo ventanuco estaba entornado buena parte de la jornada en los meses de julio y agosto. Conforme iba cayendo la tarde, nos íbamos animando, nos levantábamos decididos a reanudar los juegos o salíamos a la calle, donde ya cundían algunas sombras.

En invierno, sin embargo, el crepúsculo acudía muy pronto y la familia se guarecía junto a la estufa o alrededor de la chimenea, a veces con la diminuta pera encendida, que daba un tenue resplandor enfermizo, pero muchas veces era sólo la lumbre la que animaba las conversaciones al viejo estilo de los cortijos de la sierra, cuando la gente jugaba a las cartas junto al hogar y antes de las nueve ya estaba acostada a la espera del nuevo día.

De noche ocurrían las peores cosas, y cundía el miedo y la superstición en aquella atmósfera adormilada y gris. Sólo mi abuelo Pascual había sido capaz de despreciar todas estas monsergas, de cruzar la sierra a cualquier hora de la madrugada para anunciar la muerte de un hombre o había dormido bajo a un lentisco  y junto al rebaño que se le había encargado desde muy pequeño. El miedo había sido para él un territorio desconocido, un asunto que jamás le turbó el sueño.

Pero en aquellos días de mi infancia, Moratalla casi desaparecía en invierno a partir de las seis de la tarde y los muchachos acudíamos a las voces destempladas de nuestras madres que nos llamaban para la merienda. Después, todo era sombra e inquietud en las calles estrechas y empinadas del barrio, donde sólo habitaba la noche y un puñado de leyendas que los viejos contaban en voz baja.