GLORIA LÓPEZ

La historia de esta italiana está unida a los grandes planos de la historia del cine. Su pelo azabache, su voz ronca, sus ojos negros profundos de noches en vela que miran desafiante el papel que le dió la vida: la mujer latina, la puta, la amante, la esposa, la «Mamma». No hubo guión que Anna Magnani no bordase ni en el cine, ni en la vida real.
Nació en Roma un 7 de marzo de 1908. De padre desconocido, la madre la abandonó pronto al cuidado de la abuela, que también la tenía abandonada por las calle más pobres de Roma, donde aprendió a cantar en cabaret y clubes nocturnos. No conoció otra vida que la teatral ni más luces que las de los escenarios, así que se fue a recorrer el campo con pequeñas compañías de repertorio. Vittorio de Sica la encontró en esos caminos y la convirtió en Teresa Venardi (1941). Allí la vio Roberto Rossellini y decidió que sería la angustiosa italiana que correría tras un camión mientras la gestapo se lleva a su amado en Ciudad Abierta, (1945), quedando en la historia como uno de los mejores planos del cine italiano neorrealista de los años de la posguerra y la que la lanzó a la fama internacional.
Y de paso, a los brazos de Rossellini, que por aquellos entonces estaba casado con Marcela. Su relación fue tortuosa, apasionada, histérica, maravillosa y demasiado larga para ser un romance. Fue aparecer la Bergman y el maestro saltarse hasta los tribunales de EEUU para casarse con la sueca. A pesar que ambos estaban casados. Acabaron su relación cuando La Magnani le tiró por la cabeza un plato de spaguettis a Rossellini y le dijo: «Prométeme que no las vas a llevar a los mismos hoteles a los que me llevabas a mí».
A partir de entonces, no dejó de trabajar en el cine y la televisión, ganando un Oscar por su actuación en la versión cinematográfica «La rosa tatuada» (1955), una pieza que fue escrita para ella por Tennessee Williams, su fiel amigo desde que la conoció.
Pero la aventura americana no aportó mucho a su gloria, siendo un mito de la pantalla, la filmografía de la Magnani no es muy extensa, marcada por intensos fogonazos y ese talento que parecía nacer del bajo vientre. Destacan El Milagro, Infierno en la ciudad, Risotto de Gioia y especialmente Mamma Roma, en la que Pasolini exprimía esa presencia de prostituta ajada.
Se casó sólo una vez, con el director italiano Goffredo Alessandrini, y en lo pòco que duró el matrimonio tuvo tiempo de tener un hijo con otro, el galán del momento, el actor Massimo Serato. Un hijo deseadisimo que al poco de nacer enfermaría de la polio y que hizo que la vida de Anna se transformara en uno de sus mejores papeles: de mamma de Luca.
Siempre estuvo a su lado y dedicó el resto de su vida a cuidar de él. Eso la llevó a retirarse pronto y a pasear por las calles Roma como un monumento más de la ciudad eterna.
En 1973 murió de cáncer de páncreas, inconsolable en su lecho de muerte dejó a Luca al cuidado de Rosellini, que la acompañaba en sus últimas horas y la enterraría en su panteón familiar, nunca le había durado tanto el amor hacia una mujer.
Pasolini le escribiría: «Casi emblema, el grito de la Magnani en nosotros, bajo los mechones desordenadamente absolutos. Renueva en las desesperadas panorámicas, y en las ojeadas vivas y mudas se concentra el sentido de la tragedia. Es allí que se disuelve y mutila el presente y ensordece el canto de los aedos».