RUBÉN CASTILLO GALLEGO

Qué queda del amor, cuando su brillo se desdibuja, cuando sus colores se diluyen, cuando caduca su eternidad? ¿Tal vez ceniza, tal vez frustración, tal vez tristeza, tal vez traiciones, tal vez desengaño? Pascual García nos invita en su último poemario a contemplar de cerca los instantes agónicos de una experiencia amorosa, esa zona lánguida donde el fulgor y la nada se dan la mano.

Sin quizá haber hecho nada para merecer ese privilegio (tan sólo motivado por la sinceridad generosa del poeta) acompañamos al escritor y a su esposa a un viaje de aniversario que tiene por destino la capital del Sena. Y allí, entre besos dulces, copas de champán, paseos por los bulevares y visitas a museos, vamos recibiendo luces ambiguas y sospechas erizadas. Acaso porque toda felicidad esconde su recodo de insatisfacción; acaso porque escondemos siempre amarguras a las que difícilmente concedemos salida al exterior. “París nos ha ofrecido un armisticio / y hemos hecho las paces”, nos indica en la página 45. Pero muy poco después leeremos otros dos versos donde los verbos en pasado nos descubren el filo terrible del adiós: “Debo decirte que eras muy hermosa / y que yo estaba muy enamorado”. Y la línea con la que acaba el libro no puede ser más contundente, al hablar de “un último abrazo de despedida”.

Asistimos, pues, como lectores del poeta de Moratalla, al relato inequívoco de una clausura, al balance de un viaje que termina (o que quizá empieza) al abrir la puerta del hogar, cuando ya los platillos de la balanza se encuentran demasiado distantes y resulta imposible pensar en volver al equilibrio.

Belleza, sí. Poesía, también. Lágrimas, muchas.