GLORIA LÓPEZ

Me río yo de la Moss, que lo único que tiene original es la nariz por donde se esnifa lo que gana con el cuerpo de otras, cuando pienso en Anita Berber, la mujer más escandalosa de la Alemania de los años 20, la que representó como nadie la decadencia de Weimar, la diosa roja entre todas las diosas del Berlín de las orgías.La artista Anita Berber

Había nacido el 10 de junio de 1899 en Leipzig, en el seno de una familia de artistas, su padre era violinista y su madre cantante de cabaret. Sus padres se separaron cuando ella era muy pequeña y pasó a vivir con su abuela en Dresde la mayor parte del tiempo. Allí estudió danzas y destacaba ya entre todas las demás por su formas ( o mejor, por no tenerlas).

En 1919 se casó con el que le abría las puertas del armario, un marido rico y complaciente que la dejaba alegremente disfrutar del mundo, con hombres y mujeres. Todo lo que hacía iba más allá de la danza o las películas en que participaba, era audaz y no tenía tabúes con el sexo. Y todo eso lo reflejaba en el baile. En sus espectáculos, la gente aullaba ante ese despliegue de erotismo y libertad, incluidos desnudos integrales. Cada vez fueron más allá sus espectáculos trasgresores, diferentes y pronto se convirtió en el icono del Berlin de los años 20, lo más parecido a Sodoma del siglo XX. Para entonces ya había descubierto que no necesitaba un marido rico y complaciente sino muchos pobres y diferentes. Era una habitual de los ambientes gays y underground de Berlín, y sus amigos eran prostitutas, mafiosos, boxeadores… ¿Sus amantes? Más que el sultán de Brunei, una jovencísima Dietrich; el libertador gay Magnus Hirschfeld, Klaus Man y hasta el rey de Yugoslavia. ¿Vicios? Todos, pero fijos la cocaína y una extraña mezcla de coñac y morfina, que debía de tumbar a una mula. En una de esas orgías reconoció a su yo más salvaje en Sebastian Groste, un escritor y bailarín “underground” (eso que decimos cuando no sabemos catalogar a una persona) y con el que realizaría sus mejores trabajos. De sus mentes surgieron espectáculos como «Suicidio», «Morphium» o «Casa de locos». En 1923 publicaron un libro de poesía, dibujos y fotografías titulado «Danzas de vicio, horror y éxtasis», repleto experiencias personales… “underground” (por decir algo). Sus espectáculos fueron la esencia de la Alemania de los años 20. Coreografías sadomasoquistas con fuerza bisexual llevadas hasta el extremo, se convirtió en una Madonna de la danza, sus fans se golpeaban por entrar a sus espectáculos y su vida personal era más interesante aún que sus desnudos.

Entre tanto esfuerzo y tanta gira cogía de la droga la energía que ya le iba faltando a su joven cuerpo. A los 25 años, cuando se separó de Sebastian y se casó con un joven bailarín americano, su aspecto reflejaba la vida que había vivido doble, la de la noche y la del día, la de los escenarios y la de la calle, los hombres y las mujeres. Su vida y sus adicciones vinieron a pasarle factura en una gira desenfrenada por los cabarets de Oriente, tanto, que casi no le dio tiempo de volver a Berlín. Cuando llegó al hospital estaba ya casi muerta. Allí murió el 10 de noviembre de 1928.

Tenía 29 años, pero había vivido cien. Y es que las adicciones no son buenos compañeros de viaje, sino más bien tiranos que vienen a acompañarte de la mano hacia oscuros rincones, y a veces, directamente a la muerte.