ROCÍO OLMOS SÁNCHEZ/Concejal de IU-Verdes en el Ayuntamiento de Caravaca
Volvemos la vista atrás para situarnos en 1975, cuando el 22 de noviembre de tal año y tras la muerte de Franco, se reconoce a D. Juan Carlos I como rey de España otorgándole así la jefatura de Estado.
Pero desde entonces ha llovido mucrepública-españho y como decía al inicio de mis palabras, se trata precisamente de volver la vista atrás ya que esta célebre figura pertenece a eso, al pasado, hecho que se consolida tras la abdicación del mismo. Un pasado que muchos no queremos para el futuro. Y si no lo queremos para días venidores es porque, independientemente de los ideales de cada cual, la figura del rey se ha desvirtuado por méritos propios. En plena crisis española, cuando las manifestaciones y luchas en contra de los desahucios estaban a la orden del día, cuando se producía el desmoronamiento de los servicios públicos y cuando el paro crecía como la espuma mientras que las pensiones bajaban, nuestro querido rey se tomaba unas vacaciones cazando elefantes: por no hablar de la que montó su hija y su nuero o la falta de transparencia de la casa real. Sí, todo esto, parecía una broma de mal gusto.
El grueso de la cuestión se sitúa en la pregunta de qué es lo que nos espera ahora. Y no hay mejor respuesta que aquella que ofrezca la ciudadanía. Y es que, la insatisfacción profunda que los ciudadanos sienten hacia el sistema de democracia parlamentaria, viene dado por tratarnos como clientes políticos y no como ciudadanos activos y participativos, donde nuestra voz tiene poco que decir.
Por tanto, es hora de dar de nuevo la voz al pueblo, es hora de un proceso constituyente que conlleve la celebración de un referéndum y que se decida, si la monarquía en España se quedará como un apasionante tema histórico para enseñarles a nuestros hijos (una posibilidad que la fuerza de izquierdas apoya concienzudamente) o bien, seguirá siendo un acontecimiento actual. Cualquiera de las dos opciones serán válidas siempre y cuando se decida por el voto de todos.
¿O es que acaso los dirigentes tienen miedo de un cambio que les perjudique? No estaría mal que dejasen de mirar su ombligo y escuchar qué es lo que los ciudadanos quieren para su país.