Pascual García (pasgarcia62@gmail.com)

Uno de mis placeres dilectos es viajar por al campo de Moratalla y recalar en pequeñas aldeas, que todos conocemos y que nos ofrecen verdaderos regalos gastronómicos. Me ha pasado en Benizar, en El Chen y en El Mantas, me ha pasado en Férez, en Casa Zorrera y en Archivel, en Casa Pernías. En todos estos lugares he comido de lujo y a buen precio. Recientemente he estado en El Sabinar, donde encontré en su día un pequeño bar sin alardes ni comodidades, que llaman La Terraza, en el que comí por primera vez hace una década y donde encontré los productos más naturales, los elementales guisos moratalleros más suculentos y la cuenta final más ajustada de cuantas he pagado en mi vida. Se come bien y a un precio excelente, el paisaje es un regalo y las gentes, educadas y corteses. Así que he vuelto muchas veces, he llevado amigos de Murcia y volveré en muchas otras ocasiones.

Pero de lo que quiero escribir no es de gastronomía, sino de la escena que me encontré mientras paseaba por la pedanía tomando el sol y bajando la abundante comida. Crucé una esquina y allí estaban, sentados al sol, apoyados en la tapia de una casa, mientras combatían el frío de diciembre con la prestancia de antiguos caballeros rurales, que aprovechaban el tiempo y la holganza de su jubilación para contarse sus viejas historias y calentarse al sol tibio del invierno. Me dije entonces que aquella escena ya la había visto yo en innumerables ocasiones, aunque en los últimos  años me la había perdido. Las ciudades, por muy pequeñas que sean, no nos proveen del encanto que el ocio y la tranquilidad generan por doquier, y aquella estampa era una dádiva de la memoria que regresaba y se encarnaba en   unos ancianos tan reales como el azul purísima del cielo y las dentelladas inmisericordes de aquel vientecillo helado al que ellos se enfrentaban con las armas infalibles del sol vespertino y la conversación amena.

Fueron apenas unos pocos minutos pero no pude reprimir mi impertinencia de turista de medio pelo, y me acerqué a ellos para cruzar unas palabras de cortesía, preguntarles por el clima, por la vida en aquellas latitudes y aventuré además algún tópico antiguo y sobado. A todo me contestaron ellos con gusto y con presteza, porque daba la impresión de que estaban allí, sentados en un poyete contra una tapia encalada y cara al sol, para contestar las preguntas fútiles del primer indocumentado que se atreviese a acercarse a la aldea  a finales de otoño.

Les pedí permiso para hacerles una foto, aunque yo no soy un buen reportero porque relego la tecnología en estos casos y echo mano casi  siempre de mi memoria, más imperfecta en los detalles, pero única con las emociones. Les  di las gracias por todo y regresé al paseo por la aldea sin dejar de prestarles atención con el rabillo del ojo, pues lo que más curiosidad me causaba era el fluir de su existencia diaria, los pequeños menesteres en los que invertían sus abundantes horas, esa intrahistoria unamuniana de la que se compone la verdadera historia del mundo.

Parecían fijados en el lienzo blanco de la tapia, iluminados por las últimas luces de la tarde, conformes con su destino y sabios. El tiempo lo marcaban ellos, eran los dueños de sus días y de sus noches y poseían lo justo para vivir. Habían alcanzado la meta de una vejez provecta y digna   y estaban ya por encima del bien y del mal. Parece mentira pero por unos minutos sentí envidia de ellos.

Estoy convencido de que si regreso un día de estos al Sabinar, los hallaré en el mismo sitio y de la misma guisa, porque son eternos y ya nada pueden la muerte y los días contra ellos.