Ya en la calle el nº 1047

Anatomía de una envidia

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Lorem fistrum por la gloria de mi madre esse jarl aliqua llevame al sircoo. De la pradera ullamco qué dise usteer está la cosa muy malar.

Anatomía de una envidia
Anatomía de una envidia

Hoy, cuando regresaba a casa, me he cruzado con un hombre al que no le agrada saludarme. Tampoco le gusta verme. Me borraría de un plumazo, sin más, de la historia. Le ha mordido el áspide de la envidia, así lo corroboran quienes lo tratan de cerca. Porque otra cámara que es necesario ventilar sin tardanza es la troje de la envidia, ese trastorno que experimenta aquel que desea intensamente tener algo que posee otro. Más patético, si cabe, es el hecho de no aguantar la insoportable presencia del bien ajeno cuando lo ajeno no está inventariado, necesariamente, en términos de cosas materiales, sino en indicadores de valores y capacidades. La perversión se acentúa cuando el deseo de poseer lo que tiene otro, se convierte en la obsesión porque el otro tampoco lo tenga. Ante el auditorio que consigue reunir, el envidioso suele diseminar la idea de que el otro no merece los bienes que tiene. De esta actitud se derivan la mentira, la traición, la maquinación, la intriga, y hasta el oportunismo. Todo esto le pasa a ese hombre al que no le agrada saludarme. Es paupérrima su figura psíquica. Mantiene sin desempolvar la troje de sus emociones negativas más primarias; por eso, apenas se siente capaz de manifestar lo que siente. Es triste la ausencia de aprendizajes; aún más triste, en su caso, que ronda los sesenta. Debería saber que no hay tiempo que perder. El hombre al que no le gusta saludarme forma parte del grupo de personas que se empeñan en no superar nunca la adolescencia. Y así le va: enredado de continuo en la telaraña de los gorjeos pubescentes, aviniéndole sonrojos a cada instante, salpicado siempre de acné y pus en su insulsa intelectualidad, investido de rancia ideología que le hace creerse el más chéguevara de todos, cuando es cierto que su estulticia solo lo habilita para hacer el ridículo cada vez que se traviste de Gran dictador de Chaplin; eso sí, jamás tocado por el creativo humor del genio. Para colmo —yo no me escapo, me afecta su actitud y me compromete— el aterrizaje de la envidia en las relaciones también afecta al envidiado, pues le obliga a posicionarse en actitudes adecuadas so pena de entrar en la dimensión involutiva, esa que no cosecha los placeres del aprendizaje. Tanta pena tengo.

¡Pero qué tristeza invade al envidioso cuando interioriza la sensación de que el bien ajeno va, necesariamente, en perjuicio de él!: “Tristia de bono alteriusin quantum est diminutivum propiae gloriae et excellentiae” [La tristeza por el bien ajeno es en gran medida un diminutivo de la propia gloria y excelencia] (Juan Damasceno).

En los rincones de nuestro granero, en aquellos recovecos que almacenamos los asuntos que estorban a nuestro natural crecimiento, la troje de la envidia suele ser la más colmada, pero no de cosas, sino de vaciedad. Su contenido está rebosante de nadería, reducido a conceptos vanos. Surte por encima de sus paramentos una cascada de vacío, un desbordamiento de huecos sin relleno. Hay pocas cosas que observar en la troje de la envidia, principalmente porque no solamente está vacía de lo propio, sino que también alberga la dificultad para recibir y retener regalos de los otros. El que es generoso tiene lo suyo y lo que le ofrecen los demás. El que es envidioso, sin embargo, apenas es consciente de lo que él mismo tiene, pues está de continuo maquinando la comparación y el deseo de obtener lo que el otro posee, aunque sin intención de aportar esfuerzo alguno. Su egoísmo le fuerza a no disfrutar de lo suyo, y asimismo entra en la deriva de imposibilitarse siquiera el acceso a lo que tienen otros, pues desearía que esos bienes no existieran; y esto le limita incluso para reconocerlos. Mantener esta troje sin el aireado pertinente nos hace más viles y oscuros. Cuando el moho no es retirado con prontitud de las trojes de nuestra vida, llegan en tropel los fantasmas que solo evita la lluvia generosa, la lluvia que sonríe. Llevamos demasiados meses de sequía pertinaz. El granero está hermanado con que el cielo llore lágrimas. La única forma que tiene la lluvia de sonreír, es llorando.

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