PASCUAL GARCÍA

Por supuesto que los mejores amigos, los más cercanos y con los que uno ha compartido una mayor cantidad de vida son aquellos que hicimos en nuestra infancia y en la calle, los que nos ganamos a pulso tarde a tarde, balonazo a balonazo o mientras jugábamos al bote, al desentocao o al ajo; fueron todos ellos los que más cerca estuvieron de nosotros, pues nos montamos en sus espaldas para saltar al burro o luchamos cuerpo a cuerpo en guerras ficticias pero, a pesar de todo, violentas, o a la vaca, que llevaba cuernos de verdad en las manos y que si te pillaba, te embestía con furia y saña, aquellos amigos con los que fuimos creciendo año tras año y de los que no tuvimos más remedio que separarnos, pues el barrio no daba para muchos estudios, ni por el poderío económico de las familias ni por el interés escolar de los muchachos y las muchachas  que emulaban a sus padres y estaban deseando acabar la educación primaria, obtener un diploma básico y ponerse a trabajar en cualquier cosa, en ocasiones porque no se sentían preparados para ir más lejos, ni al instituto ni a la universidad. O porque, resultaba más atractivo  trabajar en lo que fuera, en faenas siempre duras y nada especializadas, pero que les permitirían manejar cierta cantidad de dinero para gastar los fines de semana y en las fiestas, de manera que yo me vi acabando la EGB con las miras puestas en el instituto de Caravaca donde seguiría estudiando BUP para acabar casi de una manera automática estudiando una carrera en Murcia, pues se me daban bien los libros y mis padres habían concebido el sueño de que sus hijos  estudiasen lo máximo posible para que, como había repetido tantas veces mi padre, nos defendiéramos bien en la vida.

El caso es que aquel principio del verano de mis trece años resultó un tanto agridulce y colmado de emociones insólitas, pues conforme iba terminando el último curso de la escuela se me avecinaban despedidas y encuentros, coincidencias y adioses que yo empezaba  a temerme definitivos; un puñado de amigos de la escuela nos veríamos otra vez en un aula de un instituto de Caravaca para empezar una nueva etapa lectiva, pero cuando regresara cada noche al barrio, porque el autobús solía venir pasadas las siete, ya era de noche y en el patio del Campanario no quedaba nadie. Yo subía cabizbajo y con sentimientos encontrados por el Callejón de la Iglesia, pasaba por delante de la tienda de la María del Ginés, saludaba a la Antoñica del Horno y más arriba, al Rogelio y a la , y cuando enfilaba la Calle Castellar ya veía la puerta de mi casa y a mi abuelo asomado esperándome con el fuego de la chimenea encendido; el Jesús del Caramelo me saludaba desde su balcón y el Emilio el Pintor y el Antonio del Pellejo desde el patio que daba a mi casa. Todo aquello era mi mundo y estaba poblado por mis amigos de la infancia: el Diego, el Joaquín, el Juan, los Carrascos, el Jacinto y el Pepe del Guitero, el José Rogelio y tantos otros que tomarían caminos diferentes al que yo había tomado, unos porque estudiarían otra cosa, otros porque entrarían a trabajar en las serradoras o en la huerta, el caso es que la asamblea improvisada de Las Torres o de la Calle Curato se iría disolviendo poco a poco, como si aquellas calles estrechas y empinadas de mi niñez empezasen a desaparecer con nuestra salida de la escuela, aunque todos imaginábamos que nuevas generaciones de muchachos y muchachas volverían a llenar aquellos espacios entrañables de nuestros primeros años, pero los amigos que habíamos hecho en ese tiempo no los olvidaríamos jamás.