PEDRO ALFONSO MOYA

Vivir en Granadilla, aunque sea por unos días, nos ha transportado a un mundo rural puro y verdadero, anterior a la revolución tecnológica que lo ha cambiado todo. Hoy día es un pueblo abandonado, desde que en 1964 sus últimos habitantes tuvieron que abandonar sus hogares y comenzar una nueva vida en otro lugar, debido a que la construcción de un embalse les arrebató sus tierras y su sustento.

Alumnos de 1º de Bachillerato del IES San Juan de la Cruz visitan Granadilla en Cáceres

Alumnos de 1º de Bachillerato del IES San Juan de la Cruz visitan Granadilla en Cáceres

Este embargo los obligó a marcharse, transportaban sus enseres en viejos carros tirados por bueyes formando una procesión de atronador silencio, roto únicamente por el martilleo incesante de las ruedas sobre las piedras del camino. Eran almas desgarradas que dejaban atrás algo más que sus casas, su identidad, sus raíces, su vida.

Lejos queda ya el esplendor del que gozó la villa durante el reinado de Alfonso IX, cuando tenía voto en las cortes de Castilla y era capital de un señorío que comprendía 18 municipios. Desde la construcción del embalse, Granadilla cae en el olvido y permanece aletargada, hasta que en 1984 se pone en marcha una idea pionera en España: el Programa de Recuperación y Utilización Educativa de Pueblos Abandonados, que pretende un acercamiento a la vida rural de los jóvenes que, en su mayoría, viven en el mundo urbano.

Es así como, 34 años después de su puesta en marcha, un grupo de alumnos y profesores del IES San Juan de la Cruz decidimos participar en esta experiencia para conocer una forma de vida diferente a la nuestra. Para ello, un compañero y yo, realizamos un proyecto titulado “Volando contra el olvido”, que por fortuna fue seleccionado por los miembros de la organización.

En él se planteaban diversas actividades relacionadas con el mundo de las aves: la construcción de comederos y cajas-nido, la realización de un itinerario medioambiental para identificar diversas especies y la elaboración de un póster en el que se muestran las aves más características del lugar. El pasado 22 de octubre, nuestra expedición, cargada de emoción y expectación, cruzaba por primera vez la muralla de origen árabe que rodea la ciudad de Granadilla. A pesar de la ilusión, desconocíamos el mundo que íbamos a descubrir y, sobre todo, la huella imborrable que dejaría en nuestros corazones. La primera sensación que tuvimos al llegar es que el tiempo se había detenido, que Granadilla había evolucionado de forma independiente a las directrices que marcan la tecnología y el progreso y que entrábamos en una burbuja que viajaba al margen del paso del tiempo, un autentico oasis rural que resistía los envites de la vida moderna.

Rápidamente nos convertimos en habitantes de Granadilla, en sucesores de aquellos que, años atrás, tuvieron que abandonar forzosamente sus plazas y calles. Mientras estuviéramos allí, seríamos ciudadanos del pueblo, y haríamos pueblo. Desde el primer momento entendimos nuestro papel: éramos los responsables de que Granadilla siguiera respirando, de mantenerla con vida, de cuidar de ella, de rescatarla del olvido. Cada día, varios grupos de alumnos de los tres centros escolares participantes (Málaga, Cáceres y Caravaca de la cruz) se encargaban de llevar a cabo todas las labores y oficios que durante siglos se desarrollaron por el entorno: trabajos de agricultura, ganadería, albañilería o carpintería, acompañados de talleres artesanales de cestería, alfarería o apicultura. En este ambiente de trabajo y diversión, el estrés del mundo moderno desapareció por completo y habíamos encontrado un verdadero remanso de paz que nos devolvía a nuestros orígenes. Poco a poco y sin apenas darnos cuenta, la atmosfera del lugar fue invadiendo nuestro interior forjando unos vínculos emocionales con Granadilla que nos uniría a ella para siempre.

Pasada una semana, Granadilla había enraizado en nuestro corazón, la savia de su esencia corría por nuestras venas. Sería difícil despedirse de esta tierra. Pero el final llegó y con él, la vuelta a la realidad. Se acababa este efímero sueño rural, de nuevo los habitantes de Granadilla debían abandonar sus hogares. Y así fue. Entre lágrimas dejábamos atrás una forma de vivir mucho más auténtica, pero marchábamos con el convencimiento de que nuestro paso por Granadilla no había sido en vano, pues habíamos contribuido a mantener con vida una parte de la historia de España y de nuestra cultura popular, de nuestras costumbres y tradiciones, pilares fundamentales sobre los que se sustenta nuestro carácter como nación. Ese sentimiento es el que debemos seguir protegiendo y transmitiendo de generación en generación para no perder nuestra identidad como país.