JOSÉ ANTONIO MELGARES/CRONISTA OFICIAL DE LA REGIÓN DE MURCIA

Entre quienes nunca pasaron desapercibidos para la sociedad de su tiempo, e incluso fueron referente durante una larga época coincidente con los años de su vida, hay que mencionar a Alfonso López Carrasco, popular y cariñosamente conocido como
Alfonso “El Caillo”, cuyo sobrenombre le viene del antiguo negocio familiar de lanas en el que se ocupó en su niñez y adolescencia. Cuentan que su abuelo siempre llevaba pegados a la ropa “caillos” de las lanas vírgenes que traían los campesinos al almacén, tras el esquilado de las ovejas.

Alfonso el Caillo con la familia

Alfonso el Caillo con la familia

Alfonso vino al mundo en la casa familiar de La Glorieta, donde  vivieron sus abuelos y sus padres, en 1921. Fue el mayor de los cuatro hermanos (junto a Cruz, Pedro y Esperanza) que nacieron del matrimonio integrado por Alfonso López Navarro y la calasparreña Esperanza Carrasco Granados y, desde muy niño simultaneó su formación en el colegio de los PP. Carmelitas Descalzos con el acarreo de la lana en bruto que los ganaderos del campo dejaban en su casa, corriendo de su cuenta ayudar al empleado “El Zala”, a conducirla al almacén en la carretera de Murcia, donde se fabricaban edredones, mantas y otros tejidos de dicho material.

No se aburrió en su niñez pues a las tareas mencionadas hay que sumar la ayuda a su padre en el surtidor de distribución de petróleo (el recordado “gas”), para uso doméstico, facilitado a los clientes por litros, mediante aparato distribuidor manual situado en la planta baja de la casa familiar de La Glorieta.

En 1939, con 18 años, se enroló voluntariamente en el cuerpo de ejército denominado “la División Azul” que, al mando del general Agustín Muñoz Grandes participó en apoyo a los alemanes en la Segunda Guerra Mundial. Junto a él partieron desde Caravaca Miguel Sánchez-Guerrero “el Michi”, Pepe, “el Cocas”, Antonio Guerrero Martínez y Felipe Marín Fuentes entre otros, siendo este último el único que no regresó de las estepas rusas donde combatieron, y donde Alfonso hubo de ser hospitalizado por congelación de sus pies.

Al regresar de la División Azul montó con su padre el surtidor de gasolina que, durante años vino funcionando en la Cruz de los Caídos, frente al colegio de Los Frailes y que los mayores aún recordamos. Con el tiempo, aquel surtidor se trasladó al interior del “Garaje Reinón” (en la carretera de Murcia), ampliado como dispensador de petróleo y asociándose para ello en el negocio con Antonio Reinón Tobajas.

Posteriormente trabajó como ordenanza en la Hermandad de Labradores y en el Instituto Nacional de Previsión (cuando se ubicaba en la C. del Colegio), pasando después como celador, al ambulatorio de la Seguridad Social en su primera ubicación local en los bajos de la Compañía. Su última ocupación laboral fue en las “urgencias” del Centro de Salud (en sus sucesivas sedes de La Puente Molino, Avda. de Almería y C. Junquico donde se encuentra actualmente).

Su envidiable actividad vital le permitió simultanear el trabajo vinculado a la sanidad con la gerencia de la administración de la Lotería Nacional cuya dueña, Resurrección López Ruiz (viuda de excombatiente) le confió, teniendo como empleada en la misma a su esposa.

Contrajo matrimonio el 19 de marzo de 1949 con Julia Álvarez Reinón, hija del popular Pepe Canillas, estableciendo el domicilio familiar provisionalmente en la Pl.  del Arco, sobre la sombrerería de Lorenzo Gómez hasta que, terminada la construcción de las denominadas “Casas Baratas”, en el Camino del Huerto, el matrimonio fijó allí su residencia, donde nacieron sus tres hijos: Alfonso, Esperanza y Pepe.

Polifacético y con gran capacidad para trabajo, fue miembro de la cofradía pasional de “los Azules” y fundador de la del Cristo de los Voluntarios (la popular Procesión del Silencio de la Semana Santa Caravaqueña), junto al resto de los compañeros que le acompañaron a la División Azul, tras la promesa colectiva a Dios si salían vivos de aquella locura de juventud. La cofradía comenzó su andadura en la iglesia del Carmen, con una imagen de poca calidad artística que adquirieron entre los fundadores, siendo hermano mayor de la misma hasta los últimos años de su vida. Le siguieron al frente de dicha cofradía Marcos Chacón, Francisco González Bastida, Alberto Ledesma González y Mariano García-Esteller Guerrero, quien es hermano mayor de la misma en la actualidad. Como anécdota recordaré que, gracias al celo y entusiasmo de Alfonso, nunca dejó de salir la Procesión del Silencio en la noche del Jueves Santo caravaqueño, incluso en los años en que solamente salió a la calle dicho cortejo procesional.

Siempre leal a su ideología política, fue falangista militante y, como tal, organizador anual de los actos del 20 de noviembre, fecha en que, durante los años de la dictadura del general Franco se conmemoraba el “Día del Dolor”, en que se recordaba la muerte, en Alicante, de José Antonio Primo de Rivera (fundador de la Falange).

Junto al resto de “Los Doce de la Fama”, fue el más importante promotor de la reconversión de las Fiestas de la Cruz, en 1959, tras prometerse a sí mismo dignificarlas, después de asistir en Villena, con su esposa, a las que en la ciudad alicantina se celebran. Con aquellos DOCE fundó la cabila Abul Khatar, primera, como se sabe, del actual Bando Moro.

A Alfonso, “el Caillo, se le recuerda siempre con prisas, de un lada para otro por las calles de la ciudad, al encuentro con alguna de sus diversas actividades. Entre ellas consiguió para la cofradía del Silencio la propiedad de la ermita de la Reja (sin dueño ni responsable secularmente). Fue Secretario de la Comisión de Festejos con el hermano mayor Juan Aznar Sánchez. Presidente del Bando Moro, cargo en el que sucedió al juez Francisco Martínez Muñoz. Promotor de hermanos mayores de la Cofradía de la Stma. Cruz, en cuyos cabildos anuales siempre se pronunció valientemente a favor de la dignidad y solemnidad del culto a la Patrona. Aficionado al fútbol, aunque sin apasionamiento y seguidor del Atlético de Bilbao, siempre presumió de haber permanecido, durante 16 horas, en la cola para pasar ante los restos mortales del general Franco, y haber asistido a su entierro en el Valle de los Caídos el 23 de noviembre de 1975.

Amigo de hacer favores “arregló los papeles” para que muchos cobraran la pensión de jubilación, y lo dio todo por las Fiestas de la Cruz, prestando incluso a su hijo Alfonso para que ostentase el cargo de Rey Moro en las mismas.

Simpático, bromista, generoso, amigo y defensor de sus amigos. Leal a una ideología política a la que nunca traicionó, vio transcurrir el acontecer caravaqueño desde la terraza de su casa durante sus últimos tiempos, falleciendo, con 86 años, en las vísperas inmediatas de las Fiestas de la Cruz de 2007, tras la degradación física general sobrevenida tras una caída que le dañó seriamente el fémur. Antes, nunca se le conoció enfermedad ni dolencia física alguna que impidiera su frenética actividad vital.

Quizás algún día la Ciudad, y el mundo de la Fiesta, se decidan a saldar la deuda de gratitud moralmente contraída con el hombre que más hizo por la configuración festera actual, aportando con su ejemplo y entrega lo mejor de si mismo en la consecución desinteresada de algo que nos hace diferentes entre las tierras y gentes de Murcia y España.