RAÚL SÁNCHEZ PÉREZ/Cirujano Cardiaco pediátrico y Cardiopatías Congénitas. Pediatra. 

En Caravaca, mi pueblo, hay un día muy especial. Se trata del 2 de mayo. Es el día de la celebración de “Los Caballos del Vino”. Los que somos de allí, cuando no estamos o no podemos acudir a la fiesta, la nostalgia y la emoción nos invade, y lo normal es que asome alguna lagrima, ahí lo dejo. Pues eso, hace unos años, un 2 de mayo al caer la tarde, cuando alguna amiga de mi madre aparecía por el castillo, era la señal inequívoca de que Los Caballos del Vino habían terminado y pronto empezaba la procesión. Mis hermanos, algún amigo y yo, comenzamos el descenso hacía el pueblo por las cuestas que dan acceso al castillo.

Raúl Sánchez Pérez

Raúl Sánchez Pérez

Bajábamos por la parte de atrás, por la calle Ceyt Abuceit. Al llegar a la esquina de la calle Soledad con la calle Aurora, justo donde hay un árbol, de manera espontánea, como el niño que no quiere que se le acabe el último trozo de tarta, nos tumbamos en el suelo, viendo el atardecer y el vuelo de los vencejos que pintaban un cielo precioso de primavera. A nuestro lado, estaba sentado en la esquina un hombre desconocido. Sin preguntarle, pero con ganas de oírle, comenzó a contarnos parte de su vida. De mozo tuvo que ir a buscarse la vida a Barcelona. Allí, no había ni un solo día en que antes de dormir soñaba que subía al castillo de su pueblo y bajaba por las mismas calles que nosotros habíamos recorrido hasta la Plaza del Arco. Ahora, ya jubilado, se había vuelto a su pueblo, a sus raíces, para no tener que soñar todos los días con sus calles, sino recorrerlas despierto, con su propio pie.

La historia me emocionó. Así los años que siguieron, hemos hecho la misma rutina de aquél día. Cuando acaban Los Caballos del Vino, bajamos del castillo, nos tumbamos en esa esquina y recordamos la historia de aquel hombre. Y yo, en Madrid, donde tuve que emigrar para buscarme la vida, cuando tengo momentos difíciles, me acuerdo de esta historia. Pienso en ese cielo de primavera de mi pueblo y respiro, largo y profundo. Sonrió con nostalgia y me duermo en mis raíces.

Me piden que diga mi opinión de estos días, días donde el 2 de mayo más insólito y quizás más pasional de los últimos años está próximo, y me llegan un montón de reflexiones y sensaciones que os voy a contar.

Empezaré por la emoción del principio de este mal sueño, que parece que empezó hace mucho tiempo, pero solo fue hace unas semanas. Emociones fuertes, desde el inicio, porque ya el 10 de Marzo, en el Hospital La Paz, donde trabajo, notábamos que algo extraño estaba sucediendo. Estaba operando, a la que iba a ser la última paciente. Ese día, en quirófano, se acercó mi amigo Martin, anestesista, y me dijo:

“Raúl, acabo de ver a un paciente de 40 años con coronavirus, se está poniendo cada vez más malito y están pensando los compañeros de intensivos en intubarlo”.

Yo le pregunté de manera natural, o mejor dicho casi afirmando:

“ Martin, ¿es un paciente oncológico? ¿O con alguna enfermedad grave de base, verdad?”.

A lo que él me respondió, con cierto enfado,

“¡qué no Raúl, qué no! Sin ninguna patología de base, como tú y como yo, y además en la urgencias hay más pacientes similares que están empezando a ponerse malitos”.

Ese fue mi momento en el que empecé a pensar que, desde el punto de vista sanitario, no se trataba de una enfermedad más. Esta era desconocida. No respeta nada, ni a nadie.

Esa tarde, cuando terminé en el quirófano, empecé a llamar a la gente que tengo más cerca para informarles de lo que estaba viendo. No disponía de muchas certezas, solo de algunas intuiciones.

Por desgracia no iba mal encaminado. Llamé a mis hermanos, les aconsejé que no visitaran a nuestros padres, y que intentaran limitar sus relaciones. No se imaginan ¡Lo que me costó convencer a mi madre, esa tarde, para que no fuera a misa!

Dentro de mi gente, no podía olvidar a mi pueblo, y sin dudarlo, llame a sus responsables políticos, por si les ayudaba saber lo que estaba pasando en la zona 0 de esta lucha desconocida. Les dije que estábamos ante una enfermedad desconocida; que no se trataba de una simple infección. Que quizá podría ayudar darse cuenta de ello cuanto antes y que la gente pudiera hacer “clic” (clic es mi forma de decir que abriéramos los ojos, nuestra vida había cambiado ya) incluso recuerdo alguna conversación ya ese día intuyendo que las fiestas este año serían de otra manera. Como en todo lo que se refiere a este virus, certezas pocas, por no decir ninguna y solo nos quedaba movernos en el terreno de la intuiciones y de las hipótesis, como todavía seguimos.

Durante esos primeros días, en Madrid, y en concreto en el Hospital, sabíamos que había que parar el país, a pesar de las graves consecuencias económicas, culturales, sociales y personales que esta decisión conlleva. Imaginábamos que no era una decisión fácil ante semejantes consecuencias, donde se necesitaba una justificación muy potente y sobre todo, definir bien cómo y cuándo…

Para entender mejor mis sentimientos, como cirujano, os voy a contar un secreto de quirófano, una regla no escrita, que al menos a mi me ayuda  a situarme.

Lo que está ocurriendo, social y sanitariamente, es como cuando estamos operando del corazón y se produce un accidente. Cuando, por ejemplo, se produce alguna rotura del corazón o de algún vaso importante como la aorta, la hemorragia es brutal. En ese momento, nadie del equipo grita, ni recrimina, ni sale corriendo. Sin perder tiempo, nos ponemos a reparar el roto para que la sangre no inunde el campo quirúrgico. Todos intentamos luchar para salvar la vida del paciente, con las menores secuelas posibles. Y, cuando pasan los días de un accidente y todo vuelve a la calma, es el momento de hacer una reflexión ¿pudimos haber hecho algo distinto?, ¿qué hemos aprendido para futuras operaciones?

Esta situación es tan dramática y trágica que, ni un alcalde, ni un presidente de una comunidad, ni un presidente del gobierno, ni cualquiera que tenga una responsabilidad en la gestión están pensando en otra cosa distinta que no sea como solucionar la hemorragia, atender a los enfermos y afrontar la pandemia. Intuyo que su pensamiento está dedicado por completo a como salvar la vida al paciente, con las menores secuelas posibles.

Desde mi trabajo como médico, estos días, en el Hospital de La Paz, he visto a dos directores médicos, dejándose la piel, por transformarlo en un Hospital de Guerra. Las camas de UCI se multiplicaron, hasta tener casi 200. Los pacientes hospitalizados superaban el millar. Todo el equipo de dirección, con todo el personal sanitario, donde incluyo de manera importante la limpieza (hace un tiempo los sacamos como trabajadores públicos), consiguieron, aún siguen y seguimos, afrontar la batalla, no sin pérdidas, algunas irrecuperables que en tiempos ordinarios no tenían que haber perdido la vida.

Cuando esta situación pase, que pasará, tendremos ocasión de reflexionar y ver que podíamos haber hecho distinto. No me refiero a lo inmediato, sino si pudimos haber hecho algo diferente los últimos 15 años. Cuando hagamos el ejercicio de revisar nuestro corazón, evitando que el odio contamine nuestra razón, nos daremos cuenta, intuyo, no tengo certezas, que todos hemos sido víctimas y que en algún nivel, todos tenemos algo de responsabilidad.

Y ¿quién soy yo para deciros esto? La verdad es que nadie especial. Simplemente me tocó estar, porque el destino lo quiso así, en el hospital que probablemente ha sido uno de los focos más grandes de sufrimiento y de curación de esta pandemia en nuestro país.

Un 20 de Marzo, viernes, a última hora, me llamó mi jefe y me dijo que el hospital pedía ayuda, y necesitaba médicos para apoyar en las plantas, que de manera vertiginosa se iban creando de COVID. Me dijo, con cierta lógica, que al ser el más joven del equipo tenía que comenzar yo. Me pidió que me incorporase al equipo de la 6º planta. Me sentí como cuando en una guerra te alistan para ir al frente. Uno no lo debe buscar, ni se elige, la vida te lo pone, sin más.

Y así sin buscarlo, me tocó vivir la semana más negra de esta pandemia. La más dura, porque el problema que tiene esta infección es que todavía y, sobre todo al principio, no sabíamos contra lo que luchábamos. Hemos disparado con todas las armas médicas que tenemos y aun así, hay un punto que desconocemos de la virulencia de la infección, que cuando se desencadena, hace que la situación sea irreversible, y el paciente, independientemente de la edad, se nos vaya.

Lo más duro de mi experiencia como médico de COVID, es ver como morían pacientes en soledad. Estos pacientes, en otro tiempo, sin un hospital al límite, hubieran tenido más oportunidades.

Por otro lado, lo mejor dentro del hospital, y con ello intento quedarme, son mis compañeros, nuestros sanitarios, absolutamente todos los estamentos, celadores, limpieza, mantenimiento, técnicos de rayos, enfermería, personal médico, directores.., sin ellos, sin su actitud, el drama hubiera sido muchísimo mayor. Se sostiene firmemente mi ideal que hay que seguir luchando por esta Sanidad Pública tan golpeada en los últimos años.

Otro aspecto positivo, es que son muchos los líderes que hemos descubierto con esta crisis. No me refiero a los líderes que nos bombardean en las redes sociales. Me refiero a esas personas anónimas, silenciosas, que de manera discreta, han mantenido su barco amarrado en el puerto a pesar del temporal, y que han intentado luchar con lo desconocido lo mejor que han podido. No ha sido fácil, muchos barcos, muchas familias, muchas instituciones están siendo duramente castigadas.

Un reflejo de este liderazgo para mí, volviendo al Hospital, al que apenas “he salido”, es una de las directoras médicas, justo el día en que los ingresos empezaban a disminuir y las altas aumentaban, fue el día en que por primera vez amanecía la esperanza. Ese día, la directora médica empezó con fiebre, el mensaje que le mandé al acabar la jornada decía así: “la infección te obligo a huir del campo de batalla, pero no sin antes haber dado la oportunidad de salvar muchas vidas…”

Aun siendo consciente de lo que me ha tocado vivir, me invade la intuición de que dejarme llevar en este momento agudo por la marea del odio, que desde las redes sociales y los medios de comunicación, no me ayuda, me condiciona la vida en negativo y creo que no es constructivo.

Entiendo y comprendo, yo lo hago con este escrito, que haya que sacar la rabia, el enfado. Necesitamos momentos de gritar y de llorar… pero dejarse llevar por el odio, que seguro aumentará, nos puede llevar a una fractura social. No ayudará a solucionar problemas. Quizá, en un nivel personal, familiar y social nos hará enfermar. Incluso de manera más enérgica me atrevería a decir a quienes en estos tiempos les toque gestionar y liderar, que son tiempos de remar, de ir juntos con el otro, de buscarnos, como paisanos, como ciudadanos, como seres humanos.

Con esta afirmación no quiero quitar gravedad a esta situación, pues la muerte está ahí. Muchas familias y personas tendremos que gestionar el duelo amputado que nos robaron. Pero tras solucionar la hemorragia, ya casi lo estamos consiguiendo, necesitaremos curar y distanciarnos de la herida, que todos la tendremos en mayor o menor medida. Así, podremos desprendernos del odio para poder construir una sociedad nueva, y minimizar las secuelas que esta situación producirá en nuestro paciente que yace tumbado en la mesa de quirófano.

La sensación que he ido teniendo durante este tiempo de confinamiento, similar a otros compañeros sanitarios, es que en el Hospital, la realidad llegaba unos días antes. Igual que cuando vemos la película días antes de estrenarla. Ya se adelantó mi amigo Martin: – “¡esto es otra cosa Raúl, no es una simple gripe!”, con sus palabras me anticipaba el drama, ahora tengo la misma sensación en sentido inverso.

En este momento que escribo esta entrevista desde el Hospital, hoy, a 16 de Abril, la situación está controlada, el hospital poco a poco vuelve a su normalidad. Todavía tardará alguna semana más, pero ya se ha cerrado la 6ª planta, porque no es necesaria. La esperanza, poco a poco, va venciendo al miedo. En unos días anunciarán el deshielo.

Ahora toca darle al botón de poner en marcha al país, la situación de confinamiento debe de darse el tiempo justo, porque si se prolonga demasiado también nos hace enfermar, pero tampoco ahora será fácil decidir cuándo y cuánto. Ahora, aquí en el hospital se respira de otra manera, mejor dicho, ya se respira.

Veo el futuro de forma optimista. No por ello ahorro realidad. He visto la muerte con mis propios ojos. Tendremos que poner la confianza en el centro. Existe muchos profesionales investigando, con abundantes recursos, en todo el mundo para luchar contra la pandemia. En las próximas semanas sabremos mucho más del mecanismo de actuación y de contagio. Probablemente combatirlo será más fácil. Sabremos definir mejor a lo que nos enfrentamos, y eso derivara en más instrumentos, métodos y tratamientos, para poder protegernos.

Incluso, me atrevo a decir que más allá de lo médico, son muchas las herramientas de sanación que hemos aprendido y experimentado en estos días. Herramientas, que cambiarán nuestra forma de trabajar, sin tantos desplazamientos estériles y que inspiradas en la confianza ayudarán a sanar nuestra madre tierra. Esto no significa que renunciaremos a la presencia, sino que ésta estará más valorada, más familiar, más útil, más de verdad y los abrazos sin duda tendrán un calor distinto…

Y sin más, acabo como empecé, con las pocas certezas de este escrito, anhelando estar dentro de poco, tumbado al atardecer, viendo como los vencejos pintan el cielo del dos de Mayo en Caravaca, donde sueño despierto…