Pedro Antonio Martínez Robles
El pasado domingo, mientras escuchaba la barahúnda en la ermita del Ecce Homo con motivo de la celebración del regreso de la imagen a su morada, tras los oficios de Semana Santa, me vino a la cabeza el recuerdo de aquellas verbenas populares que empezaron a organizarse en los barrios de Calasparra, allá por la década de los 70.

Era en aquel tiempo el comodín del ayuntamiento Juan de Mariano, sobre cuyo nombre ha ido el tiempo, poderoso siempre e indiferente a toda cuita, hacinando su olvido. Yo era entonces un adolescente y me tocó vivir, con el entusiasmo propio de la edad, la efervescencia de aquellos acontecimientos, acrecentada por mi participación en su alumbramiento. Bajo las diligencias de Juan de Mariano y sin otro motivo que el de buscar una diversión que creíamos asegurada, desde una comisión formada por un puñado de adolescentes pusimos en marcha aquella rueda que consistía en celebrar una verbena en cada barrio en los sábados previos a la madrugada del 30 de julio, día de la Gran Verbena en el barrio de Los Santos, único evento de este género festivo que sobrevive en Calasparra y condenado también a una extinción no muy lejana si no cambia sus modos. Aunque se me ocurre que, tal vez para que esta verbena tenga su reconocido espacio en la pequeña historia de nuestro pueblo, debe ocurrirle lo que a las otras, que tuvieron el esplendor del relámpago, que es de súbita belleza y olvido rápido, pues todo aquello que desaparece tras una larga y abúlica agonía difícilmente es recordado con nostalgia, y es, seguramente, este sentimiento el mejor modo de recordar las cosas con la debida emoción. Pero como no quiero parecer catastrofista ni pecar de agorero, me mostraré partidario de la lucha por mantener viva la Gran Verbena del día de nuestros santos patronos, el 30 de julio, y aun de escarbar en las cenizas de las defenestradas verbenas de los barrios para ver si queda al menos un ascua con la que avivar el fuego de otros tiempos. Eso sí, insuflándoles un nuevo aliento que las revitalice y las aparte de esa inercia que las conduce hacia un apagamiento inevitable, triste y sin memoria.