Pascual García (pasgarcia62@gmail.com)

A mi padre le molestaba el sonido del viento en el invierno contra las esquinas de la casa y las tejas, aquel airazo le ponía de los nervios cada temporada. Recuerdo que cuando dormíamos sonaba el ulular constante, el zumbido melódico y los alaridos de aquella inclemencia climatológica. El Castillo siempre fue un barrio ventoso; no obstante, volábamos las cometas con suma facilidad desde el borde de aquellos terraplenes, y toda la música de los cielos se reunía en aquellas alturas desde donde era posible ver la sierra, la huerta entera y las estribaciones de Calasparra.

Pero yo he retenido esa melodía inquietante del viento a todas horas a la que mi padre era tan reacio y tan sensible. Por consejo suyo evitábamos andar por las calles aquellos días, pegados a las fachadas de las casas, pues podían caernos algunas tejas o partes desmembradas de las paredes en mal estado, por lo que era aconsejable caminar por el centro de la calle y dejarse empujar por el viento, correr callejón abajo y romper la barrera de ese aire violento y empecinado que fue una de las constantes de mi infancia.

Las Torres del Castillo eran como la cima de una colina alta, desprotegidas, al albur de todas las corrientes y allí soplaba el viento en cualquier estación del año, y más que soplar o ulular, lo que el viento hacía por la noche, sobre todo en invierno, era gemir, dejar en la oscuridad la nota umbría de una quejumbre que iba empapando nuestra vida de entonces y que a mi padre le afectaba, desde luego, de una manera particular.

Estas notas naturales junto a los sones aflamencados de las radios de la calle fueron la banda sonora de aquellos días de finales de los sesenta y de los setenta. Es verdad que hace cuatro décadas que salí de allí y que a buen seguro la música de las radios ya será otra, pero el viento no ha podido desaparecer, porque siempre he creído que nacía justo en aquellas calles, que era propio de aquellos callejones y de aquellos patios, donde por entonces no solían faltar las parras y las macetas, verdes y aromáticas, que fastidiaron, en parte, lo reconozco, los juegos de aquellos días, porque no podíamos golpear la   poeta con demasiado fuerza ni corretear sin rumbo y sin tino ni ejercer nuestra sacrosanta libertad de muchachos de barrio que pasarían a la historia como criaturas privilegiadas porque habían jugado en las calles todos los días de su niñez.

Pero bueno, a lo que iba, el viento seguía soplando de día y de noche, hiciéramos nosotros lo que hiciéramos, porque no era una criatura doméstica y estaba muy lejos de ser un fenómeno sensato o prudente. Recuerdo que mi padre y mi abuelo juraban en arameo, aunque no conocían ni por asomo los rudimentos de esta lengua, cuando arreciaba el fuelle arisco e impetuoso de aquel airazo que parecía más una venganza, una especie de plaga bíblica contra las calles humildes y las gentes menesterosas de aquellos pagos pobres y castigados por la naturaleza.

Aunque por esos años yo no había oído hablar todavía de las grandes ciudades como Madrid o Barcelona, ya sabía que en aquellos lugares no podía campar una fuerza tan tremenda como la de los airazos cimarrones, desquiciados e iracundos que castigaban sin piedad mis calles de siempre, porque la calle Castellar y Las Torres estaban fuera de la civilización, era un territorio levítico, pertenecían a la frontera entre la naturaleza misma   y el mundo corriente de los hombres y de las mujeres, una especie de tierra de nadie gobernada por una ley caótica e imprevisible, pero de una belleza inusual que nunca olvidaremos los que vivimos allí.

En ninguna otra parte he escuchado la sinfonía del viento, que nunca olvidaré, como en aquellas calles de mi origen.