Pascual García

Parece mentira que hayamos olvidado lo distinto que era el mundo hace apenas cuarenta años. En mi calle, por ejemplo, no había agua corriente. En el portal de mi casa habían construido una pila de cemento, que mi abuela y mi madre llenaban con el agua de la fuente del Cañico cada día, como llenaban asimismo todas las tinajas para beber y los cubos y demás receptáculos útiles. Teníamos, eso sí, una taza de váter y el alcantarillado. La vida era, desde luego, diferente, más cercana a la que habían llevado nuestros padres y nuestros abuelos en los cortijos de la sierra, más natural si cabe, pero también más incómoda.

Un día se propagó la noticia por el barrio de que iban a instalar el agua corriente. El Ayuntamiento daba el material: la arena, el cemento y los útiles de fontanería, y los vecinos, incluido mi padre, realizarían la labor de albañiles guiados por el maestro de obras del municipio y un fontanero.

Muy pronto comenzaron a picar en el antiguo empedrado sobre el que los muchachos veníamos jugando desde siempre a la bola, al aro, al zompo y a tantos otros juegos en los que intervenía la tierra y el barro. Abrieron una enorme zanja con grandes picos y sacaron la tierra y las piedras con palas y capazos de esparto y levantaron toda la calle desde la casa de La Juana La Larga hasta la puerta del Castillo. Era reconfortante ver a los hombres colaborando en la tarea de construir algo bueno para el barrio, por una vez unidos sin rencillas, sabedores del progreso que suponía tener un grifo de agua en cada casa y una cisterna en el retrete. Fueron días de alborozo y de entendimiento. Por la noche era preciso andar con precaución pues todo estaba patas arriba. Como un paisaje después de una batalla.

Luego, una mañana llegaron los fontaneros y fueron empalmando las cañerías hasta conectar cada casa con la tubería principal, que ocupó la zanja abierta y que muy pronto volvieron a cerrar, no sólo con la tierra y las piedras que habían sacado, sino además con cemento, que los hombres mezclaban y amasaban con sus propias azadas y que cargaban en capazos de goma o en carretillas. Los muchachos ayudábamos en la medida de nuestras posibilidades en aquel ambiente revuelto, bullanguero y excepcional. La calle era otra y todos sentíamos que se nos estaba otorgando un privilegio, aunque fuéramos nosotros, nuestros padres, quienes hacíamos la mayor parte del trabajo. Esto no tenía importancia. Estábamos acostumbrados a ganarnos todo con nuestro propio esfuerzo y la instalación del agua corriente en la calle Castellar suponía una fiesta, la celebración de una etapa nueva, que inauguraba la modernidad en un barrio donde la pobreza había impreso su huella desde muy antiguo.

Pero lo mejor vino más tarde, cuando todo estuvo acabado, las calles encementadas y nuevas y en cada casa, un grifo o varios por donde salía agua a todas horas cada vez que girábamos la manivela. El agua era potable y durante algunas semanas o meses nos sentimos sobrecogidos por aquel milagro del que nosotros mismos nos habíamos provisto. Ya no iban las mujeres a la fuente del Cañico, cargadas con dos cántaros y dos cubos para llenarlos, cada mañana. Yo miraba la pila de cemento rebosante como un mar oscuro y transparente e imaginaba océanos ignotos.

Hoy, tal vez, esto que cuento suene, por fortuna, inverosímil, pero hubo otra época en que las mujeres debían ir al río para hacer la colada. Las sábanas, la ropa usada de su familia, los manteles y las servilletas eran transportados a cuestas cada cierto tiempo a un paraje del río para lavarlos a mano, con frío o con calor, a primera hora de la mañana, en grupo, empecinadas en la saludable costumbre de aliviar al mundo de tanta inmundicia y de tanta mugre, y a su familia de la cochambre, la miseria y la suciedad, dignas y valerosas como un ejército pacífico.

El agua corriente nos llegó a todos por sorpresa al barrio del Castillo, casi sin pedirlo, en la forma de una fiesta, como un adelanto más que conocíamos por el cine y del que ya disfrutaban casi todos menos nosotros, aislados en lo más alto de un pueblo aislado, más cerca del cielo y más lejos de un progreso que le costaba emprender el camino de los callejones de la Iglesia hacia el Patio Campanario hasta desembocar en las Torres o en mi calle. No éramos mejores ni peores que los que vivían en otros sitios, si acaso más pobres, más necesitados, pero en Moratalla, como en tantos pueblos, hubo desde antiguo un clasismo feroz y los barrios y las calles competían entre sí con su propia fama, su desprestigio o su nombradía.

Mis abuelos me contaban que hubo un tiempo en que resultaban difíciles los noviazgos entre muchachos y muchachas de barrios enfrentados hasta el punto de organizarse reyertas en las que salían a relucir las armas blancas y se blandían las garrotas con no poca alegría. A Algún joven le costó una paliza mediana su querencia amorosa.

Ya pasó felizmente esa época. El agua, fría o caliente, corre por tuberías de plomo y de cobre hasta los grifos, las cisternas y las alcachofas de las duchas, también en la calle Castellar, en la calle Curato y en todo el Castillo. Ahora recuerdo a mi madre, que se levantaba muy temprano, cargada con los dos cántaros y los dos cubos, camino de la fuente del Cañico, donde tendría que hacer cola y esperar a que le tocara para proveerse del agua con la que llenaría las tinajas y la pila de la casa para beber y para lavarnos. Tendría que ir varias veces hasta completar todas las vasijas con esa agua fría y cristalina, de sabor extraordinario que con tanta facilidad mana ahora cada vez que abro un grifo de la casa donde nací.