Afeitarse

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PASCUAL GARCAÍA

El bigote y el vello púbico me afloraron muy pronto, quizás porque he sido siempre muy moreno y porque mi desarrollo y mi madurez fueron tempranos, algo normal entre las sociedades rurales y los niveles sociales bajos.  En mi época éramos hombres y mujeres prematuros, sobre todo los pobres, aunque había en general un culto a la seriedad y al mundo de los adultos que hoy se ha mudado por el extremo contrario. Aquellos pelillos abundantes bajo la nariz aparecieron antes de que me marchara al instituto, pero no decidí afeitármelos hasta que mi padre, en un acto casi ritual de iniciación a la hombría, me instó a que me los quitara uno de aquellos primeros años en los que fui a la vendimia con mi familia a Francia. Al principio era solo una sombra sobre la boca, después la sombra se fue definiendo y los pelos acabaron alargándose hasta constituir un mostacho en toda regla, si bien todavía tierno y precoz, como el bigotito tímido de un niño que aún no ha tomado cuerpo del todo.

Recuerdo que en el instituto de Caravaca uno de los profesores hizo alguna broma al respecto el primer año, pero yo portaba resignado aquella clara señal de virilidad con estoicismo y paciencia. Era aún un proyecto de bigote, que alguna vez se haría realidad del mismo modo que yo era un proyecto de hombre, un adolescente con un  mundo interior convulso e intenso y un cuerpo hecho al trabajo duro de la huerta. Mi cabeza y mi sensibilidad andaban en otra cosa, porque los libros y la ficción ya me habían infectado con su veneno inefable desde muy crío.

En el patio de la campaña donde nos alojábamos aquel año un puñado de vendimiadores dispuestos a ganarse el duro jornal del invierno había una alberca, una de aquellas bombas de agua galas con un mango de hierro que agitabas para que el agua saliera por el grifo y llenara la pila, un agua fría y cristalina de un sabor puro con la que los hombres y las mujeres cocinaban y de la que todos nos surtíamos para beber. No necesito añadir que aquel mundo era tosco y primario, que éramos inmigrantes en un país extraño y nuestra única misión consistía en acabar la temporada, cobrar y regresar a casa.

Recuerdo la alberca y la fuente, porque fue allí donde mi padre me convenció para que me limpiara al fin aquella primicia de bigote, aunque él ya sabía que en adelante tendría que sumarme a la condena diaria de buena parte de los hombres, al aseo cotidiano de rasurar con esmero y cuidado las mejillas, el bigote y el cuello.

Lo hice todo con un espejo portátil y casi de pie, aunque fui consciente mientras lo hacía de que no iba encontrar un sitio más apropiado para ese cambio trascendental de la infancia a la juventud. Acepté de golpe que si era un hombre para el trabajo, y venía demostrándolo algunos años atrás, también lo era para afeitarme, para alejar cualquier   signo de mi niñez. Aquella especie de rito tenía para mí una fuerza plástica inevitable, una energía mítica evidente; mientras cortaba con cuidado y suavidad los restos de la maleza vellosa, del bozo iniciático, y pasaba y repasaba mi maquinilla, en realidad la que mi padre me había dejado, después de enjabonar la brocha y con ella toda mi cara, iba pensando que todo aquello sucedía por primera vez, como si se abriera en aquel instante una puerta al futuro donde me aguardaba el hombre que yo sería muy pronto.

Nunca he usado maquinillas eléctricas. Ha pasado el tiempo y mi barba se ha espesado, los pelos se han endurecido y yo me he hecho definitivamente un hombre. Es posible que parte de mi inocencia me la dejara en aquella alberca francesa y aún resida allí.

 

 

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