PEDRO ANTONIO HURTADO GARCÍA

Esta semana, no debería ser la nuestra una página para escribir sobre Leonard Cohen, sino un libro como los muchos que él publicó, ya que cualquier espacio diferente se queda extraordinariamente escaso para glosar la vida, obra, creatividad, composiciones, actuaciones, viajes, países visitados, discos grabados, canciones populares, poesía, costumbres, preferencias y sensibilidad de este hombre de voz tenebrosa, de susurro delicado y timbre depresivo, de un compositor singular, diferente, imaginativo, cercano siempre a la realidad social, identificado con el amor en su más amplia dimensión, juglar por encima de cantante y deseoso de libertad siempre.

Música convertida en auténtica nostalgia

Hemos perdido a un artista de los de verdad, de los que sienten y hacen sentir, de los que luchan por hacer poesía de la realidad más inmediata y consiguen versos ejemplares con una especial forma de pronunciarlos, acompañados por insuperable música de fondo. Así, con esos parámetros, poquito a poco, pero incesantemente, se ha construído la amplia y muy identificada obra de quien la pasada semana abandonó una vida que, poco antes, había manifestado que no tenía previsto dejar, por lo menos, hasta haber alcanzado los 120 años de existencia en ella. Pero… ¡¡¡le fallaron los cálculos!!!, lamentablemente, a este hombre que convierte en privilegio escucharle en otoño, cuando el tiempo cambia, la imagen ambiental se hace más plomiza y sus canciones se cuelan apropiadas en ese clima nostálgico, corto de luz, escaso de horas diurnas, pero repleto de sentimientos, sensaciones y recuerdos, como los que nos ha traído siempre la inconfundible voz de este profesional que se hacía acompañar por su inseparable sombrero y que nos ha regalado discos de estudio o en directo que siempre nos han encandilado con su clara pronunciación, propia para estudiantes de la lengua de Shakespeare, y su prosa poética profunda o su poesía de fuerte calado. No obstante, la utilización de esa broma profética vino precedida de “estoy preparado para morir”, en el transcurso de una entrevista con el director de “The New Yorker”. Luego, restando importancia al comentario, señaló “me pongo dramático de vez en cuando”, apostillando lo de “espero que podamos hacer esto otra vez, ya que me propongo vivir 120 años”, registrando, así, su última sonrisa esbozada en público.

Número uno en exigencia

Leonard Norman Cohen (21-09-1934, MontrealQuebecCanadá/07-11-2016, Los ÁngelesCaliforniaEstados Unidos) se convirtió en el músico incansable que lanzaba discos, únicamente, cuando entendía que las canciones que los integraban, su mensaje, su melodía y su trabajo global estaban tan perfeccionados que le permitían la licencia de poder compartirlos con su legión mundial de seguidores, porque era exigente como nadie y, con él mismo, el primero. Por eso, quizás, su discografía oficial no es excesivamente amplia, pero sí extraordinariamente insuperable, estudiada, medida, arreglada, diseñada y perfectamente concebida, ya que el canadiense se adentró con sus canciones en la religión, la sexualidad, las relaciones personales, humanas y de pareja, la política, el aislamiento o la falsedad, entre otros de los críticos e importantes temas que abarca su dilatada trayectoria compositiva en la que ha llegado a ser considerado como el mejor del mundo. Y, como si hablamos de premios, reconocimientos (Príncipe de Asturias de las Letras, entre ellos) y las numerosas distinciones que ha recibido, nos perderíamos en el consumo de espacio, vamos a decir que son múltiples y a continuar con otros aspectos de su trayectoria.

Canciones para la historia

Su fallecimiento se produjo, como ya se ha señalado, el lunes de la pasada semana, a los 82 años de edad, pero su entorno más próximo no dio a conocer el óbito hasta las primeras horas del viernes, horario europeo, lo que era la noche del jueves en el reloj americano y, además, han pedido la mayor intimidad para sus exequias, aunque bien es cierto que las causas de su muerte todavía no se han hecho públicas, pese a que, en las últimas fechas, era manifiesta su descarada debilidad física, pero su voz continuaba sin mermas en su condición. Nada más conocer el fallecimiento, el pasado viernes, nos dispusimos a redactar esta crónica, pero, al ponerle el punto final, escucharíamos a Cohen, un deleite incomparable e interminable, así como una necesidad imperiosa para “convencernos” de que su voz está ahí, que sus canciones siguen siéndolo y que el hombre se ha marchado, pero el ídolo, el mito, el músico, el cantante y el juglar no podrán arrebatársenos nunca por la inmortalización tecnológica de la que disfrutamos actualmente. Dispuestos a escuchar, en primer lugar, “Hallelujah”, legendario y emblemático himno de la música popular, ampliamente versionado, que Cohen borda con sentimiento y con su ronca voz. “Suzanne” y todas las canciones que integran su álbum de debut titulado “Songs of Leonard Cohen”, totalmente recomendable, “Dance me to the end of love”, “Take this waltz”, “Bird on the wire”, “Everybody knows”, “I´m your man”, “First we take Manhattan”, “Sisters of mercy” o “So long Marianne” son auténticas obras de arte que pasarán, seguro, a la historia de la música moderna. Su discografía es mucho más completa, dejándonos en el tintero numerosos temas que, igualmente, brillan en su voz. Y no olvidemos su último disco, presentado hace poco más de un mes, cuyo título es “You want it darker”, ya que contiene unas canciones extraordinariamente exquisitas que siguen la línea histórica del juglar.

Compaginando música y literatura

Leonard Cohen debutó con 33 años y era el más “extraño” de los intérpretes de su época al proceder del mundo de la literatura, donde había participado activamente con cuatro libros de poemas y dos novelas, publicando el primero de ellos a los 22 años, tarea que alternó con el mundo de la música a lo largo de su trayectoria. Pero muy pronto fue uno más en el mundillo de los cantautores prestigiosos, sumándose a los Joni Mitchell, Neil Young o Tim Buckley, todos ellos de primera línea y enorme prestigio mundial.

Arruinado por su contable y ex-amante

Nieto de rabino, coleccionista de amantes y padre de Lorca, nombre que otorgó a una de sus hijas por el amor que sentía hacia la poesía del dramaturgo español, Federico García Lorca. Sobre él, comentó el flamante Premio Nobel de Literatura que “Si no fuese Bob Dylan, me gustaría ser Leonard Cohen”. Es conocida su coincidencia con la rockera Janis Joplin en el “Chelsea Hotel”, cuando “corríamos tras el dinero y la carne”, señaló Cohen, quien cometió el atrevimiento de narrarlo en una canción, entre ternura y flema, con su “me dijiste que preferías hombres guapos, pero que, por mí, harías una excepción”. Fue, luego, Rebeca de Mornay la que entró en su vida cuando Cohen ya era mayorcito y, así, un interminable etcétera que no le llevó al escarmiento hasta que su contable y, por añadidura, ex-amante de otro tiempo, le arruinó usurpándole casi nueve millones de dólares, lo que ocasionó que, a sus 74 años y después de haberse ausentado de la música durante los últimos 15, se viera obligado a encaramarse, nuevamente y con la misma ilusión del primer día, a los escenarios del mundo para recuperar una economía que, inesperada y sorpresivamente, había quedado expoliada, lo que realizó sin perder su elegancia, su temple, su creatividad, su tesón y fortaleciendo más, si cabe, su impecable profesionalidad para practicar, como siempre, el folk, folk rock, spoken word, rock, pop rock y hasta el jazz más sobrio y solemne. Descanse en paz un artista irrepetible y único: Leonard Cohen. Buenos días.

Pedro Antonio Hurt