Jesús Rodríguez Sánchez

“Asociación Descubriendo Moratalla”

No son de ahora las actividades de ocio en el medio natural, al contrario, algunas se vienen practicando desde siglos atrás, en especial, la caza, los paseos a pie o a caballo e incluso la escalada y probablemente otros que ni me vienen a la memoria. Excepto la primera, que a veces también era impulsada por la necesidad de alimentarse, las demás eran minoritarias y practicadas generalmente por la alta sociedad y la nobleza.

Vía de escalada

Vía de escalada

Afortunadamente esto ha cambiado bastante y sobretodo a partir de finales del siglo pasado, el “consumo” como lugar de esparcimiento de la naturaleza se ha generalizado, se ha popularizado y se ha extendido prácticamente a todas las capas sociales, si acaso, lo de cazar para complementar una dieta escasa en proteínas animales, ha pasado a la historia.

En la actualidad, los sábados y domingos, en cada pueblo o ciudad, no es raro ver a varios grupos de gentes muy bien equipadas con vestimentas de lo más colorido y técnico; las colas de deportistas han alcanzado cumbres emblemáticas como el Monte Perdido, el Mont Blanc o el mismísimo Everest; la concentración de deportistas en algunas cumbres supera con frecuencia el centenar, las columnas de personas que charlan animadamente por cualquier paraje de lo más apartado, ya son algo habitual en determinados lugares especialmente atractivos. En ocasiones estos grupos se cruzan con otros que recorren el campo a lomos de vehículos que quizás, no deberían surcar esos apartados parajes.

Del uso al abuso, hay sólo un paso y los ejemplos de casos concretos que me vienen a la mente, sin apenas esforzarme son muchos y algunos porque han provocado cierta polémica en algunos ámbitos:

  • Retirada de carteles que prohibían la escalada en lugares y fechas en que se podía perjudicar a las aves nidificantes, especialmente rapaces escasas, (Parque regional Calblanque, Monte de las Cenizas y Peña del Águila ).
  • Escalada en Paredes del Rincón de las Cuevas de Benizar con especies de plantas endémicas y muy escasas.
  • Regulación de la práctica del ciclismo en la modalidad de descenso en el Parque Natural de El Valle, término municipal de Murcia, después de que muchísimos amantes de esta agresiva modalidad ciclista de la Comunidad Valenciana, utilizaran este área protegida al no poder practicarla en su comunidad donde tiene fuertes restricciones.
  • Motos de enduro y kuads que recorren cauces, alguno de los cuales constituyen auténticos paraísos naturales (Arroyo Blanco en t.m. de Moratalla).
  • Excursiones a pie desde El Calar de la Santa que suben a Villafuerte por los barrancos en los que crece el rarísimo y amenazado Narciso de Villafuerte.
  • Grupos de vehículos todo-terreno que incluso, proceden de otras comunidades autónomas, patrocinadas por un ayuntamiento, pero que convierten cientos de kilómetros de caminos y cauces en pistas para probar sus preparadísimos y equipadísimos vehículos.
  • Destrucción del suelo en laderas de fuerte pendiente donde crecen especies de plantas rupícolas poco llamativas pero importantes desde el punto de vista medioambiental (ladera norte o “embudo” de La Sagra, provincia de Granada)

 

Hay lugares donde la regulación de las actividades deportivas y de ocio empieza ya a ser un hecho y se han colocado carteles para evitar que la gente transite por determinados lugares, laderas de los cortados en el Parque Natural de las Hoces del Río Riaza, franja de protección en torno a la Laguna de Gallocanta, en general, carteles que indican que nadie debe salirse de los senderos habilitados para evitar daños a la fauna, a la flora o a ambos. Hay también lugares que se han designado como “Reservas Integrales”, lugares que sólo pueden ser visitados en condiciones especialmente controladas, y esto cada vez, parece que va a ser más necesario visto que las “ansias” de los deportistas los lleva a buscar lugares “perdidos”, por rutas cada vez más espectaculares y con general desconocimiento de las condiciones ambientales del lugar recorrido. Estos grupos, que cada vez son más grandes y, por tanto, su “invasión” del espacio se alarga más tiempo, pueden llegar incluso a provocar importantes daños a algunas especies que en momentos puntuales son especialmente sensibles a la presencia de molestias en sus zonas de reproducción.

En mi pasado artículo “EL BARRANCO DE HONDARES: Excesiva presión”, hacía mención a un simple ejemplo paradigmático de todo lo que he expuesto anteriormente, y además por ser un espacio natural protegido con las figuras de ZEC y ZEPA de la Red Natura 2000, un lugar que reúne en muy poco espacio buena parte de los hábitats que se dan en el interior de la Región de Murcia, arroyo y charcas de montaña, pastizales, bosques de pinos rodenos y encinas, roquedos, matorrales de alta montaña en fin, una joya que se ha hecho muy popular, que atrae a demasiada gente en mi opinión, demasiados vehículos y con puntos de alta concentración de personas como es la Poza del Somogil, donde basuras y colillas especialmente, ensucian un espacio que la gente visita precisamente por estar bien conservado.

En el título de este artículo colocaba a la caza entre paréntesis, lógicamente no es porque esta actividad sea inocua con el medio ambiente, que evidentemente no lo es; año tras año se producen envenenamientos en linderos de cotos de caza (casualmente) y se abaten miles de animales de especies no cinegéticas con disparos y trampas para el llamado “control de depredadores”. No profundizaré en un tema que daría para un debate interminable y probablemente, sin conclusiones válidas para las distintas opiniones. Pero ésta es también una actividad de ocio que tiene importantes repercusiones ambientales y de uso de la naturaleza que muy a menudo, entra en conflicto con otros usuarios que también tienen en la naturaleza su lugar de esparcimiento.

 

Es en este punto, donde recuerdo los “Manuales de buenas prácticas…” que se han editado para actividades tales como la propia caza, la agricultura, la ganadería, etc. Quizás algo así sería conveniente llegar a editar con el fin de que al menos por desconocimiento y falta de prudencia, las actividades de ocio en el medio natural, no lleguen a convertirse en una amenaza y los practicantes, generalmente amantes de la naturaleza, en involuntarios “Atilas”.