Francisco Fernández García(Archivo Municipal de Caravaca de la Cruz)

En diversas ocasiones se ha hablado y escrito que durante la baja edad media Caravaca estaba situada en la frontera oriental con el reino nazarita de Granada, circunstancia que influenció en cierta medida su desarrollo y temperamento. La frontera no era como en la actualidad una línea que delimitaba dos territorios, sino una más o menos extensa franja de tierra de nadie señalada por una serie de fortalezas bastante alejadas una de otras en algunos casos, donde a menudo se producían incursiones armadas por parte de ambos bandos en busca de botín. Caravaca era una plaza fronteriza de cierta importancia por lo que era fundamental mantenerla bien fortificada y atendida con un contingente de soldados suficiente para repeler las agresiones y evitar las escaramuzas; sin embargo esto no siempre se cumplió por lo que la inseguridad y el peligro eran prácticamente constantes. Las villas fortificadas de la frontera desempeñaban un importante papel, ya que eran las encargadas de soportar el primer ataque del enemigo y también de vigilar e informar a la retaguardia de todos los movimientos que se observaran en el territorio despoblado que suponía la frontera entre los reinos cristianos y musulmanes.

Como reflejo de estas circunstancias vamos a acercarnos en esta ocasión a los hechos sucedidos en la primavera de 1410. A principios de abril de este año el Concejo de Murcia tuvo noticia de que en Baza se estaba reuniendo un importante contingente de soldados granadinos con la intención de atacar Caravaca y Lorca. Sabedores de que la «frontera estaua desenparada, syn gente alguna, e que no estaua bien para seruiçio del rey», el día 3 de abril cursaron una carta al rey solicitando el envió de soldados y estar en condiciones de hacer frente a cualquier ataque pudiera producirse. Dos días mas tarde se reunía nuevamente el concejo murciano para señalar las condiciones del pago de los 150 ballesteros que habían de enviarse por espacio de 15 días para reforzar la frontera, 100 a Lorca y 50 a Caravaca; en esta sesión se dio noticia de que el Infante don Fernando de Antequera, que ostentaba la corregencia del reino por la minoría del futuro Juan II, había dirigido una misiva al comendador de Caravaca Pedro López Fajardo, ordenándole que hiciera todos los preparativos necesarios para defender la villa ya que «auia sabido de çierto que muy grant gente de moros, asi de cauallo commo de pie, estauan juntos en Baça para fazer mal e daño a la dicha villa de Carauaca», por lo que le ordenaba que se preparara para defenderla. Mediada la reunión se presentó un vecino de Mula que les hizo entrega de una carta con información de los últimos sucesos ocurridos en su población, a donde había llegado Juan de Úbeda, adalid del rey, con una cabalgada «de quatro moros e de quatro azemilas e de vn cauallo”. Tras ser interrogados, los prisioneros declararon que “que vn Infante moro, ermano del rey de Granada, estaua con quatro mill de cauallo e veynte mill omnes de pie, lançeros e ballesteros, en Baza» con el propósito de atacar el territorio murciano. El plan consistía en dividir por la mitad el numeroso ejército estableciendo dos formaciones cada una con 2.000 caballeros y 10.000 infantes. Una para atacar Lorca, Orihuela y territorios del reino de Aragón y otra dirigida contra Caravaca, Moratalla, Mula, Cieza, Hellín, Jumilla,  Chinchilla y Albacete.

Alarmados por estas noticias y «entendiendo que aquella mala gente venia a las dichas villas de Lorca e de Moratalla e Carauaca, que las dichas villas que resçibirian muy grand daño e podrian se perder» ordenaron el inmediato envió de los referidos 150 ballesteros repartidos de la siguiente manera: 100 a Lorca, 30 a Caravaca y 20 a Moratalla señalándoles como salario a cada uno de ellos «por quinze dias, a siete maravedis e medio, de dos blancas el maravedi». Dada la gravedad de la situación, el lunes 7 de abril volvieron a reunirse disponiendo el inmediato envío por carta de toda la información recogida al Infante don Fernando, contratando para ello «vn omne de pie que lieue las dichas cartas».  A la semana siguiente, el lunes 14, tuvo lugar una nueva sesión del concejo murciano en la que se presentó una carta del alcayde de Caravaca dando cuenta de los últimos movimientos de las tropas granadinas, que contradecían la información que barajan hasta entonces ya que el ataque se había producido por una zona mas occidental de la frontera, pues el «hermano del rey de Granada con dos mill e quinientos de cauallo e veynte mill omnes de pie que auian fecho entrada a Segura de la Sierra e a su vall e que auian quemado a Xenabe e a otros lugares del dicho vall e que auian muerto pieça de omnes e mugeres e canturas».

Tras analizar los nuevos acontecimientos decidieron prorrogar por 6 días más la estancia de los 50 ballesteros enviados a Caravaca para evitar algún posible sobresalto que, por lo que sabemos, no llegó a suceder. La incertidumbre y el peligro dejaron paso a la paz, pues las tropas granadinas tras su reseñada incursión por tierras jienenses, se retiraron al interior del reino nazarí sin atentar contra el territorio murciano, iniciándose en toda la frontera un periodo de paz que finaliza en 1430, cuando Juan II dio inicio a una campaña militar culminada al año siguiente con la victoria de la Higueruela. Sin embargo los hechos narrados no sirven para conocer como era la vida en los territorios fronterizos, sus avatares, peligros y la inseguridad en que diariamente se veían obligados a vivir.